Hay algo que nunca le he contado a nadie, porque sé que no me creerían. Pero hoy, después de tantos años, sentí la necesidad de escribirlo. Tal vez porque ya no soy un niño, y tal vez porque no quiero que se borre de mi memoria. Porque lo que viví con Umbro fue real. Y fue importante.
Todo empezó cuando tenía siete años y me mudé con mi mamá a una vieja casa cerca del bosque. Mi papá ya no vivía con nosotros, y mamá decía que necesitábamos un nuevo comienzo. La casa era grande, fría y crujía por las noches. Tenía un sótano oscuro que mi madre evitaba y que yo no debía pisar, según sus reglas. Pero ya sabes cómo somos los niños: lo prohibido siempre es lo más interesante.
La primera noche escuché un ruido extraño. Algo como pasos lentos, suaves, y una especie de susurro que venía de abajo. Mamá dijo que eran solo las tuberías. Pero no lo eran.
A la tercera noche, bajé. Llevaba una linterna y una espada de juguete, por si acaso. El aire del sótano era húmedo y olía a tierra mojada. Busqué entre las sombras, temblando un poco. Y entonces lo vi.
Unos ojos grandes y redondos, que brillaban en la oscuridad. Una figura enorme, con piel azul oscura como la noche y un cuerpo cubierto de pelaje suave. Yo debería haber gritado, pero no lo hice.
—Hola —dije, temblando.
—¿Tú puedes verme? —me respondió, con voz ronca, como si no hablara desde hacía mucho.
Así conocí a Umbro. Me explicó que no todos los niños podían verlo, solo aquellos que se sentían solos. Era un monstruo, sí, pero no uno de los malos. Era un guardián, un amigo.
Desde ese día, bajaba todas las tardes al sótano para estar con él. Jugábamos, conversábamos, a veces nos quedábamos en silencio mirando la luz que entraba por las rendijas. Umbro era fuerte, pero muy tierno. Podía cambiar de forma un poco, para parecer más divertido. Y cuando yo tenía miedo o pesadillas, él subía a mi cuarto sin que nadie lo viera y las espantaba con su gruñido suave.
Me hacía sentir protegido. Escuchado. Y por primera vez desde que papá se fue, no me sentía tan solo.
Pero el tiempo pasó. Cumplí diez años. Cambié de escuela, hice nuevos amigos, empecé a jugar más videojuegos y a ver menos el sótano. Empecé a crecer. Y, sin darme cuenta, dejé de bajar.
Una tarde, recordé a Umbro y corrí al sótano. Ya no estaba. Grité su nombre, revisé cada rincón. Nada. Solo silencio. Pensé que se había ido enojado. Me sentí horrible.
Entonces vi algo en su rincón favorito: una piedra azul brillante, como un pedazo de su piel. La tomé y lloré.
Desde entonces, la guardo conmigo. Ya han pasado años. Tengo dieciséis. A veces dudo de si todo fue real. Pero cuando aprieto esa piedra en la palma, siento un calorcito extraño. Como si alguien todavía cuidara de mí.
A veces sueño con él. A veces, cuando estoy solo y triste, me parece oír su voz, o su risa lejana. Sé que sigue ahí. Tal vez esperando a otro niño que necesite un amigo monstruo.
Porque Umbro no era un monstruo cualquiera. Era mi amigo. Y eso... eso nunca se olvida.

¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.