La humedad se había instalado en mis huesos. O quizás era el dolor, ese compañero fiel que llevaba meses royéndome las articulaciones como un perro hambriento con un hueso viejo. La ventana del pequeño apartamento mostraba un cielo de plomo, eternamente crepuscular, como si el sol hubiera renunciado a esta parte de la ciudad. O a mí. Los frascos de pastillas sobre la mesa de centro formaban un paisaje desolador de promesas incumplidas: analgésicos que ya no tocaban el fondo del dolor, antidepresivos que solo dejaban un vacío más pesado, más denso. El silencio era tan absoluto que podía oír el crujido del edificio, los suspiros de las tuberías… y el zumbido sordo dentro de mi propio cráneo.
La idea, esa sombra pegajosa que había estado acariciando cada noche con más insistencia, volvía a susurrar. ¿Para qué más?
Fue en uno de esos momentos, cuando la luz del día se desvanecía sin entusiasmo y las sombras en el rincón junto a la puerta del armario parecían volverse más espesas, más intencionadas, cuando lo noté por primera vez. No un ruido, no una forma. Una presencia. Fría, densa, como si el aire en ese rincón se hubiera solidificado en algo apenas respirable. Un escalofrío me recorrió la columna, pero no fue solo por el frío. Fue por el peso de una mirada que no veía.
Lo llamé "el monstruo" en mi cabeza, por falta de un nombre mejor. No era un bicho de película, con garras y colmillos visibles. Era una anomalía en la penumbra. Una mancha de oscuridad que no seguía las reglas de la luz, que respiraba con una lentitud glacial. A veces, si miraba de reojo, casi podía distinguir una textura: viscosa, como alquitrán frío, o el lomo húmedo de algo que habita en las profundidades donde nunca llega el sol. Y olía. Un olor tenue al principio, como tierra húmeda y podrida bajo piedras viejas, y algo más… metálico, como sangre seca olvidada en un rincón.
Al principio, el miedo fue agudo, un puñal de hielo en el estómago. Me encogía en el sofá, fingiendo leer, sudando frío, sintiendo cómo esa cosa en el rincón observaba cada uno de mis temblores. Pero algo extraño sucedió. En medio del terror, en medio del dolor constante y la nube gris que ahogaba mis pensamientos, su presencia… no era del todo repulsiva. Era diferente. No me exigía sonrisas, no me preguntaba cómo estaba con esa voz falsamente preocupada que ya no soportaba. Simplemente estaba. Como yo. Atrapado en ese rincón mugriento, en esa existencia gris.
Empecé a hablarle. Susurrando al principio, para no parecer más loco de lo que probablemente ya estaba. Le contaba de los pinchazos en las rodillas al levantarme, del sabor a ceniza que tenía la comida ahora, de lo insoportablemente vacío que se sentía el mundo. La oscuridad en el rincón parecía vibrar levemente, como si absorbiera mis palabras. Una noche, en un arrebato de desesperación que rayaba en la histeria, grité:
—¿Lo ves? ¡Es esto! ¡Nada más que esto!
El frío se intensificó bruscamente, como si una puerta al invierno se hubiera abierto en mi salón, y desde la negrura surgió un sonido. No un gruñido, no un silbido. Era un crujido húmedo, como huesos moviéndose bajo piel podrida, seguido de un susurro rasposo, imposiblemente bajo, que parecía formarse dentro de mi propio oído:
—Ssssí... conozco... el vacío...
Mi sangre se heló. No era una voz humana. Era la voz del abismo, del pozo sin fondo. Pero en lugar de paralizarme del todo, una extraña sensación de... reconocimiento... me inundó. Él también sabía. El terror no desapareció, se transformó. Se mezcló con una morbosa fascinación, con un atisbo de conexión perversa. Ya no solo hablaba; esperaba sus respuestas. Susurros guturales que rara vez formaban palabras completas, pero que transmitían una comprensión escalofriante de mi desesperanza.
—El dolor... es un ancla... —susurró otra noche, cuando las pastillas no hacían efecto y las lágrimas silenciosas quemaban mis mejillas—. Te ata... a este... lugar...
Mi entorno se fue corrompiendo. No de golpe, sino con la lentitud insidiosa de la podredumbre. La luz de la lámpara de pie parecía más débil, amarillenta, incapaz de disipar las sombras que ahora se arrastraban más lejos de su rincón, como tentáculos de tinta. El olor a tierra húmeda y metal rancio se impregnó en los muebles, en las cortinas. Encontré pequeños charcos de un líquido oscuro, espeso como melaza, cerca de donde él se agazapaba. Los limpiaba con un trapo que luego quemaba en el fregadero, las manos temblando, pero sin llamar a nadie. ¿Quién me creería? Además, en algún lugar retorcido de mi mente, esa corrupción física se sentía como un reflejo honesto de mi interior. La falsa pulcritud me daba asco.
La comida perdió su sabor por completo, volviéndose ceniza y cartón. Empecé a dejar platos con restos cerca del rincón. Por la mañana, estaban limpios, relucientes, como lamidos por algo con una lengua áspera y fría. Una vez dejé un trozo de carne cruda. Desapareció sin dejar rastro, salvo un brillo viscoso en el plato. El monstruo se alimentaba. Y yo lo permitía. Era un pacto silencioso, enfermizo. Él consumía mis sobras, mi desecho físico, y yo... yo consumía su oscura compañía, su comprensión alienígena de mi sufrimiento.
Una madrugada, el dolor fue una bestia viva que me desgarró por dentro. Jadeaba, retorciéndome en el sofá, las lágrimas eran ardientes ríos de sal. La idea de acabar con todo volvió, más fuerte, más tentadora que nunca. Un sollozo desgarrado escapó de mis labios.
—No puedo más...
La oscuridad en el rincón se agitó. No se expandió, se condensó. El frío se hizo cortante, doloroso. Una figura apenas más densa que las sombras circundantes pareció erguirse. No tenía ojos, pero sentí su mirada fija, pesada como plomo, clavada en mí. El susurro surgió, no en mi oído esta vez, sino directamente en mi mente, una voz de piedras que se arrastran en lo profundo:
—El dolor... puede... cesar.
Tragué saliva, el corazón golpeándome las costillas como un pájaro aterrorizado.
—¿Cómo? —Mi voz era un hilillo de aire.
La figura oscura pareció inclinarse ligeramente hacia adelante. El olor a descomposición y hierro viejo se volvió sofocante.
—Ofrezco... compañía... verdadera. Sin... dolor. Sin... sol. Solo... quietud. Para... siempre.
Hubo una pausa, un vacío cargado de una intención antigua e incomprensible.
—Ven... al rincón.
No era una invitación. Era una propuesta. La solución definitiva, envuelta en la voz de la pesadilla. La quietud eterna. El fin del sufrimiento. Lo que había estado anhelando en mis momentos más negros. Pero ahora, ofrecido por eso, por esa presencia que había corrompido mi espacio, mi aire, mi paz ya fracturada... el terror regresó, puro y primitivo. ¿Era la muerte lo que ofrecía? ¿O algo peor? ¿Una existencia paralela en esa oscuridad fría y consciente?
Me quedé inmóvil, paralizado no solo por el miedo, sino por el peso abrumador de la elección. La desesperación que me había llevado a aceptar su presencia ahora se retorcía ante la magnitud de lo que proponía. El rincón parecía más profundo que nunca, un umbral a un lugar del que no había regreso. El monstruo no se movió. Solo esperaba, su silueta apenas perceptible vibrando con una paciencia infinita y terrible. La luz de la lámpara parpadeó débilmente, amenazando con apagarse y dejarme completamente a solas con la oscuridad y su oferta. El aire era hielo en mis pulmones. El silencio, ahora, era un grito.
¿Aceptaría la quietud que ofrecía el abismo?
La respuesta, helada y temblorosa, se gestaba en lo más profundo de mi devastación, mientras la sombra respiraba a mi lado, esperando.


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