Capítulo I — El primer destello
Todas las noches, cuando el reloj marcaba exactamente las 11:11, una tenue luz brotaba desde debajo de mi cama. No era el reflejo de la luna, ni el brillo del cargador olvidado de un viejo celular. Era más tibia. Más viva.
Al principio creí que era mi imaginación. Tenía diez años, y como cualquier niña con mucha imaginación y poca compañía, pasaba más tiempo hablando con sombras que con personas. Pero esa luz… esa luz no era una sombra.
Una noche, el silencio era tan profundo que me dolían los oídos. Me asomé con cuidado y, en lugar de polvo o calcetines perdidos, vi un resplandor azul verdoso. Flotaba. Y me miraba.
Entonces, apareció: tenía ojos redondos como tapas de frascos, una piel casi líquida que ondulaba con cada movimiento, y un aura que no daba miedo… daba calma.
—Hola, Luna —dijo con una voz que parecía una canción muy vieja.
Capítulo II — Lux
Tardé semanas en creer que era real. Lo observaba cada noche. Se escondía durante el día, y solo salía cuando el mundo dormía. No caminaba, flotaba. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, decía cosas que los adultos jamás podrían entender.
Le pregunté su nombre. Él dudó. Luego dijo que su verdadero nombre no podía pronunciarlo ninguna lengua humana.
—Pero puedes llamarme Lux —me dijo, y la luz a su alrededor titiló como una risa.
Lux me explicó que no era un monstruo cualquiera. Él venía de un mundo que vivía entre las rendijas del miedo y la fe. Un lugar donde iban las cosas que los niños dejaban de imaginar. Su misión no era asustar, sino proteger.
—¿Protegerme de qué? —le pregunté.
—De los verdaderos monstruos. Aquellos que no se ven, pero se sienten en el pecho.
Capítulo III — Los que acechan
Con Lux aprendí que hay muchos tipos de monstruos. Están los que se esconden debajo de la cama… y los que viven dentro de uno mismo.
Los primeros se ven: colmillos, ojos, sombras. Los segundos, no. Son el miedo a no ser suficiente. El vacío que se forma cuando nadie te escucha. La tristeza silenciosa que se instala sin invitación.
—Ellos se alimentan de lo que no dices —me explicó Lux mientras flotaba a mi lado—. Yo los mantengo lejos. Pero tú también debes aprender a combatirlos.
Esa noche tuve mi primera pesadilla real. Una figura oscura me susurraba cosas horribles al oído. Me decía que estaba sola. Que nadie me quería. Que no importaba.
Desperté empapada en sudor.
Y allí estaba Lux, sentado en mi escritorio, rodeado de luz.
—Estoy aquí —dijo—. Siempre que creas en mí, podré volver.
Capítulo IV — El mundo de abajo
Una noche, Lux me pidió que cerrara los ojos y respirara hondo. Sentí que la cama desaparecía, que el suelo se abría, y que caía sin caer. Cuando abrí los ojos, estaba en otro lugar.
Era un mundo azul oscuro, lleno de criaturas que brillaban como estrellas en movimiento. Había túneles de nubes, casas hechas de sueños rotos, y jardines donde florecían recuerdos olvidados.
—Este es mi hogar —dijo Lux—. Aquí viven los guardianes de la infancia.
Cada uno protegía a un niño. Pero muchos guardianes estaban apagados. Oxidados por el olvido. El lugar se sentía hermoso… pero triste.
—¿Qué les pasó?
—Sus niños crecieron… y dejaron de creer.
Capítulo V — El precio de crecer
Con el paso de los años, vi menos a Lux.
Ya no aparecía todas las noches. Solo venía cuando lo necesitaba mucho: después de una pelea con mis padres, cuando me sentía sola en el colegio, o cuando lloraba sin razón.
—Estás creciendo —me dijo una vez, con melancolía—. Eso me apaga poco a poco.
—¿Te irás?
—No. No mientras recuerdes que existo.
Pero yo sabía que era inevitable. Tenía deberes, redes sociales, una vida llena de “cosas importantes”. Y una noche, simplemente… no vino.
Lo esperé con los ojos abiertos hasta que amaneció. Pero su luz no apareció.
Capítulo VI — El último brillo
Pasaron semanas. Y luego meses. La lámpara de estrella volvió a titilar como antes, pero ya no la necesitaba. Ya no revisaba debajo de la cama.
Una parte de mí creyó que Lux nunca existió. Que era fruto de la soledad, de la fantasía. Pero otra parte, una parte muy profunda, lo seguía esperando.
Hasta que una noche de tormenta, cuando el viento golpeaba la ventana y el miedo regresaba al pecho, vi un pequeño sobre bajo mi almohada.
Lo abrí con manos temblorosas.
Dentro, había una nota escrita con una tinta que brillaba como su luz:
“Cuando alguien más te necesite, me volverás a ver.”
Capítulo VII — El niño del 5C
Años después, ya adulta, me mudé sola a un pequeño apartamento. Escribía cuentos para niños, intentando conservar algo de magia en un mundo que parecía haberla olvidado.
Una noche, escuché llorar a través de la pared. Un llanto suave, de niño. Alguien en el 5C lloraba en la oscuridad.
Al día siguiente, dejé un libro en la puerta del vecino. Era una historia sobre un monstruo de luz que vivía debajo de la cama.
No firmé con mi nombre. Solo escribí:
“Para cuando sientas miedo. Él también te cuida.”
Esa noche, por primera vez en muchos años, vi un destello verdoso desde debajo de mi cama.
No dije nada. Solo sonreí.
Capítulo VIII — Mi amigo el monstruo
A veces me preguntan por qué escribo sobre cosas tan raras. Por qué insisto en hablar de monstruos, de luces, de cosas que “no existen”.
Y siempre respondo lo mismo:
—Porque existen… mientras alguien las recuerde.
Lux no era una alucinación. Fue, y sigue siendo, mi guardián. Él me enseñó que los monstruos verdaderos no siempre tienen colmillos, y que los amigos pueden aparecer en los lugares más oscuros… justo cuando más los necesitas.
Y si alguna vez, a las 11:11 de la noche, ves una luz debajo de tu cama…
No corras.
Tal vez, él ha venido por ti.


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