Mi Amigo el Monstruo. “Hay amigos que solo viven en la infancia… y para siempre en elUna historia de fantasia para niños 

Nadie cree en monstruos… hasta que uno aparece debajo de tu cama.

Todo comenzó una noche cualquiera, cuando un gruñido apagado me despertó. No fue una pesadilla. Lo oí claramente: gruñido… rasguño… silencio. Me levanté con el corazón galopando y, contra toda lógica, me asomé debajo de la cama.

Ahí estaba: dos ojos amarillos, enormes y tristes, mirándome como si yo fuera el monstruo.

—¿Tú… vives ahí? —pregunté.

Asintió. Su pelaje era azul y desordenado, como si hubiera dormido siglos entre telarañas y pelusas. Tenía cuernos pequeños, como ramas torcidas, y una voz que sonaba como el crujido de hojas secas en otoño.

—Me llamo Urk —dijo—. No vine a asustarte… sólo me escondo aquí. Los míos ya no existen. Hace tiempo, los niños creían en nosotros. Pero ahora... ya no.

No supe qué decir. ¿Qué haces cuando un monstruo triste se muda debajo de tu cama?

Lo dejé quedarse. Y pronto se convirtió en mi amigo secreto.

Me contaba historias de su mundo: cuevas que cantaban con la lluvia, bosques que crecían en espiral, árboles que susurraban cuentos antiguos. Decía que su hogar estaba más allá de las nubes, en un lugar al que sólo se podía llegar soñando despierto.

A cambio, le enseñé lo que sabía: a sumar, leer libros, dibujar, y jugar ajedrez. Urk adoraba el ajedrez. Siempre perdía, pero se reía como si ganar fuera aburrido. También le encantaban las linternas, el olor del chocolate caliente y las canciones que inventábamos juntos con palabras sin sentido que solo nosotros entendíamos.

A veces, se escondía todo el día y salía en la noche con hojas secas pegadas al pelo. Decía que soñaba despierto durante horas, explorando recuerdos que ya nadie visitaba.

Los días se volvieron semanas, y las semanas, meses. Urk comenzó a encogerse.

—¿Estás bien? —le pregunté una noche.

—Cuanto más creces tú, menos espacio tengo en este mundo —me explicó—. La infancia es la puerta, ¿sabes? Y la puerta se está cerrando.

No lo entendí… hasta que fue demasiado tarde.

La última noche que lo vi, me dejó un dibujo en mi cuaderno: un tablero de ajedrez y dos figuras —una era él, la otra yo. “Para que no olvides jugar”, decía con letras torcidas y dulces.

Lloré. Mucho.

Pasaron los años. Me hice grande. Llené mi cuarto de otras cosas: libros, pósters, tareas, horarios. Cosas serias. Cosas ruidosas. Pero cada vez que el mundo me dolía, buscaba bajo la cama… por si acaso.

Nunca estuvo.

Hasta que anoche, mi hija de seis años me despertó, con los ojos muy abiertos y la voz temblando.

—Papá… hay algo debajo de mi cama.

Corrí. Me arrodillé, preparado para enfrentar lo que fuera.

Dos ojos amarillos, enormes y ahora contentos, me miraban desde la sombra.

Urk.

No dije nada. Solo asentí. Y me alejé despacito, con el corazón encogido y sonriente.

Mi hija tiene un nuevo amigo. El mismo que yo. Ahora le toca a ella escuchar historias de cuevas cantantes, monstruos buenos y sueños que se comen las pesadillas.

Yo solo vigilo desde la puerta, sabiendo que, mientras exista un niño que crea, Urk jamás desaparecerá.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.