La jaula de oro: “un sueño, que absorve el alma”
2013 Diego quemada- Diez.
- Hace unos dos años, mi hermano me invitó a ver *La jaula de oro*. Le dije: “No, gracias”, porque el título no me resonaba. Me sonaba frío, sin alma. No me llamaba la atención.
Hasta que, hace un mes, hicimos una maratón de películas en casa. Para cerrar la noche, él volvió a insistir en verla. Por no ser “aguafiestas”, accedí: “Bueno, estamos viendo de todo un poco… vamos a verla”. Empecé con pereza, sin muchas ganas. Alguien incluso me advirtió: “No la veas, es fea”. Y se fue. Pero yo me quedé. Aburrida, pero me quedé.
Apenas pasaron tres minutos y me di cuenta de que se trataba de migrantes. Entonces comprendí por qué aquella persona había dicho que era "fea": porque muestra una realidad que muchos prefieren no ver. Porque duele. Porque confronta. En ese momento me conecté con la historia… porque mi sobrina también emprendió ese mismo camino.
Terminé llorando. Mi sobrina y sobrimo tenían apenas 23 y 20 años cuando decidieron irse a Estados Unidos con un bebé en brazos. Fue una noticia terrible para nosotros, pero ya era una decisión tomada. Tener un ser querido migrante es una experiencia desgarradora. No saber nada. No saber si están bien. Y luego escuchar, decir:
“ abuela, estamos bien ya pasamos lo más difícil” es volver a respirar, con una gran nudo en la garganta de quien escucha el aliento de la vida.
Porque el que sufre más, es quien espera, mientras el relój incierto en su tick tack anuncia el tiempo de lo eterno.
Poco a poco, relatan historias tan duras que rompen el alma.
Una de las que más nos impactó fue cuando, en su camino, sintieron un olor fétido muy fuerte. Al buscar de dónde venía, encontraron un camping en buen estado. Decidieron usarlo. Pero al abrirlo, descubrieron que el mal olor no era por animales muertos —como suele pasar—, sino porque había una niña de apenas tres años en estado de descomposición. Mi sobrina abrazó a su hija y lloró desconsoladamente. Me dijo: “Me arrepentí una y mil veces de haberme ido, pero ya no podía volver. Tenía que seguir”.
Ver *La jaula de oro* en el contexto actual de Estados Unidos es aún más doloroso. Las humillaciones, el trato delincuencial, las condiciones inhumanas en las que viven, el miedo constante. Ver a personas escondiéndose, huyendo, sintiéndose afortunadas solo por no ser atrapadas ese día… es desgarrador. Es inhumano.
Ver a tu familia pasar necesidades, vivir en la sombra, solo por perseguir el famoso “sueño americano”, duele. El sistema solo se preocupa por la estética del país, no por la humanidad. No le interesa la resiliencia, ni la equidad, ni los derechos humanos. Solo sus poderes políticos.
Para ellos, los migrantes son delincuentes, sin reconocer que la economía del país se sostiene en gran parte gracias a ellos: quienes hacen el trabajo más duro, más sucio, más invisible. La población vulnerable es exiliada, silenciada, pisoteada. No hay oportunidades. No hay dignidad.
Creo que, si existieran acuerdos verdaderos y voluntad política real, nuestras gentes podrían migrar con la frente en alto. No piden lujos. Solo respeto. Solo humanidad.
No se sabe si es mas duro verlos morir en el intento o verlos morir en vida por un sueño americano pues es una muerte silenciosa: perdia de identidad, de propósito, de salud emocional, su gente, su barrio; al descubrir que la realidad es otra.
Quiza no muera su cuerpo, pero si su alma.


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