El monstruo que me enseñó a no rendirme💙 

No todos los monstruos vienen a asustarte. Algunos aparecen justo cuando más los necesitas, para enseñarte a ser fuerte, a cuidar… y a no rendirte. Esta es la historia de cómo conocí al mío.

No todos los monstruos existen para asustarnos. Algunos llegan justo en el momento en que más los necesitamos. Vienen a enseñarnos, a acompañarnos, a sostenernos cuando sentimos que estamos por caer. Mi historia comienza con uno de esos monstruos, y una película que, sin buscarlo, me salvó la vida.

Tenía 9 años cuando mi madre enfermó gravemente. En casa ya no se oía su risa en la cocina ni su voz suave al despertarme por las mañanas. Mi padre trabajaba sin descanso para pagar los tratamientos, así que pasaba la mayor parte del día solo, entre tareas escolares y una televisión que servía como única compañía.

Una noche cualquiera, mientras buscaba algo para distraerme, apareció una película animada que no conocía: Monsters, Inc.. Sin pensarlo, me acomodé con una cobija y dejé que la historia me llevara. En pantalla, dos monstruos enormes y extravagantes aparecieron: Mike y Sulley. Uno hablaba sin parar, el otro era enorme, cubierto de pelo azul, con cuernos amenazantes… pero lo que más me llamó la atención fueron sus ojos. Grandes. Expresivos. Buenos.

Lo que comenzó como una película divertida se transformó, sin que me diera cuenta, en un espejo de lo que necesitaba. Sulley, ese monstruo que en teoría debía ser aterrador, se convirtió en el protector de una niña humana. Desobedeció órdenes, se enfrentó a su propio sistema, y lo arriesgó todo para cuidar de alguien que no conocía. No lo hizo por recompensa. Lo hizo por amor.

Esa noche soñé que Sulley estaba en mi cuarto. No hablaba. Solo se sentaba a mi lado. Me envolvía con una manta y se quedaba allí, conmigo, en silencio. Y por primera vez en semanas, dormí profundamente. Me sentí seguro. Acompañado. Entendido.

Desde entonces, cada vez que el miedo me visitaba —cuando veía a mi madre acostada entre máquinas, cuando escuchaba a mi padre llorar sin saber que lo oía— pensaba en Sulley. Me preguntaba qué haría él si estuviera en mi lugar. Y siempre llegaba la misma respuesta: no rendirse. Seguir adelante. No porque fuera fácil, sino porque valía la pena.

El tiempo pasó. Mi madre mejoró. Mi padre volvió a sonreír. Y yo crecí, como todos los niños lo hacen. Pero Sulley se quedó. No solo como personaje de película, sino como símbolo. En mi escritorio, entre cuadernos y recuerdos, hay una figura pequeña de peluche azul. Vieja, gastada, pero intacta en significado. Cada vez que la miro, recuerdo quién fui… y quién decidí ser.

Porque los verdaderos monstruos no siempre están bajo la cama. A veces aparecen en una pantalla, cuando más lo necesitas, para enseñarte que incluso en tus peores momentos, puedes elegir la bondad, la fuerza, la ternura. Y sobre todo, la esperanza.

Yo tenía 9 años cuando conocí al monstruo que me enseñó a no rendirme. Hoy tengo 28, y aunque el mundo sigue siendo complicado, ya no le temo tanto. Porque sé que dentro de mí sigue viviendo ese monstruo enorme y bueno… recordándome que no estoy solo.💙

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