(Aunque en realidad… era un T. Rex. recuerda esto es ficcion)
Cuando el silencio de la noche se instala como un manto de terciopelo, yo me escapo por la ventana con el corazón latiendo en plena aventura. Bajo la luz pálida de la luna, recorro el jardín cubierto de sombras danzantes, aferrado a mi linterna y a la promesa de un encuentro mágico.
Allí, junto al viejo rosal marchito, aparece él: un monstruo tan colosal que sus pisadas hacen temblar las hojas secas. Sus ojos ardientes parecen faroles antiguos que iluminan un mundo secreto. Al principio, mi pecho se encoge de miedo… pero en su mirada descubro algo más profundo: una chispa de ternura.
–¿Te asustas? –pregunta, con voz de bronce y eco de volcanes.
–Un poco… –confieso, mientras mi mano busca la suya.
Y entonces lo sé. Ese “monstruo” no es un ser cruel ni un fanático de los miedos. Es mi amigo Rexor, un T. Rex nacido en los albores del tiempo, exiliado entre nuestros sueños para compartir su fuerza y sabiduría.
Rexor no llegó en un parque temático ni en un experimento de ciencia loca. Surgió de mis lágrimas, cuando los niños del barrio se burlaron de mi cuaderno de dibujos. Su rugido creció como un tambor de guerra, y de pronto estaba a mi lado, ofrecíendome consuelo con su enorme garra.
Cada noche, juntos, exploramos paisajes olvidados:
Corremos por praderas donde el rocío brilla como diamantes rotos.
Saltamos entre rocas antiguas que guardan runas de un mundo perdido.
Escuchamos a los búhos susurrar secretos de la eternidad.
Y en cada rincón del bosque misterioso, él me habla de su tiempo: montañas convertidas en ceniza, ríos de lava que eran venas de la Tierra, cielos poblados de criaturas con alas membranosas. Yo le cuento de mis sueños: construir una casa inmensa de libros, inventar historias que despierten mil corazones.
A veces, cuando el viento se transforma en melodía, entonamos juntos un canto prehistórico. Sus notas retumban en mi pecho como una invitación a la valentía:
«El coraje no es la ausencia de miedo,
sino la fuerza de mirar al universo
y atreverse a soñar más allá de las estrellas.»
Una tarde, mientras la luna asomaba su lunares plateados, Rexor y yo cruzamos un prado en flor. Fue entonces cuando sentí un temblor en su espalda: el portal que lo había traído de su tiempo comenzaba a cerrarse. Su mirada se tiñó de nostalgia.
–Lucas –susurró–, pronto volveré al pasado, pero te dejaré algo.
De su garra, extrajo una piedra luminosa, como un pequeño sol encerrado en cuarzo.
–Esto es un fragmento de mi mundo. Cuando lo sostengas, cerrarás los ojos y escucharás mi rugido –dijo él.
Nos abrazamos. Su cabeza colosal me cobijó con un calor ancestral. Su despedida fue un arco de estrellas que se deshizo en la brisa.
Hoy conservo su regalo en el bolsillo de mi corazón. Cada vez que el cielo nocturno me parece extraño o la soledad se asoma, cierro los ojos, aprieto la piedra, y vuelvo a sentir su latido: el rugido suave y firme de mi amigo el monstruo.
Y aunque digan que los monstruos no existen, yo sé la verdad: los monstruos más poderosos son los que guardan ternura, los que custodian sueños, los que regresan cuando más los necesitas.
Mi amigo el monstruo sí existe. Solo que es más prehistórico que aterrador, y más luminoso que el mismo sol.


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