Cuando vi Un monstruo viene a verme por primera vez, creí que era una película de fantasía. Un niño, un árbol gigante que cobra vida, historias dentro de historias. Pensé que sería una fábula más, con moralejas bonitas para consolar a los que pasan por momentos difíciles. Pero me equivoqué. Esta no es una historia fácil, ni cómoda. Es una película que no te da respuestas, sino que te obliga a hacer preguntas. Y solo después de verla por segunda, tercera o incluso cuarta vez, te das cuenta: el monstruo no vino a salvar a Conor… vino a enfrentarlo consigo mismo.
La historia se centra en Conor, un niño de 12 años que cuida a su madre enferma de cáncer. Vive una vida silenciosa, contenida, llena de rutinas que pretenden ocultar lo inevitable. Cada noche, a las 12:07, un monstruo hecho de raíces y ramas una figura tan temible como familiar aparece frente a su ventana. Pero no para asustarlo. Llega con una promesa: contarle tres historias, y luego escuchar una verdad. La verdad de Conor.
Cuando era más joven, vi esta película sin comprenderla del todo. Me pareció triste, sí, pero también extraña. No entendía por qué las historias del monstruo eran contradictorias, por qué no ofrecía soluciones claras, ni por qué Conor reaccionaba con tanta rabia. Fue solo con los años, cuando la vida me enfrentó a mis propios duelos no necesariamente la muerte, pero sí la pérdida, la frustración, la soledad que comencé a entender.
Todos cargamos con un monstruo. No uno hecho de corteza y hojas, sino de emociones reprimidas, de pensamientos que evitamos, de verdades que no nos atrevemos a decir en voz alta. Como Conor, a veces sentimos que debemos ser fuertes todo el tiempo. Que llorar es fallar, que admitir miedo es rendirse. Pero Un monstruo viene a verme rompe con esa idea. Nos dice que ser valiente no es resistir a toda costa, sino aceptar cuando ya no podemos más. Que hay una forma de sanar que comienza con la confesión más difícil: "Estoy sufriendo y no sé cómo seguir".
Conor no es un héroe convencional. No lucha con espadas ni salva el mundo. Pero pelea la batalla más dura que existe: la de aceptar que no puede cambiar el destino de su madre, que el amor no siempre salva, que el dolor forma parte de la vida. Y su monstruo no es su enemigo, sino su guía. Una figura dura, pero compasiva. Exigente, pero presente. Un símbolo de ese rincón del alma donde enterramos lo que más nos duele.
Lo que más me impactó, al crecer y volver a ver la película, fue darme cuenta de que el monstruo no desaparece al final. Porque el dolor no desaparece. No se borra con palabras bonitas, ni con finales felices. Pero sí se transforma. En memoria, en resiliencia, en la capacidad de mirar atrás sin rompernos. Y eso también es parte de crecer.
En mi propia vida, he tenido noches de 12:07. Momentos donde todo parece colapsar y donde la única voz que escucho es la del miedo. Y a veces, he deseado tener un monstruo que me cuente historias, que me enseñe a sobrevivir a lo que no entiendo. Pero tal vez, esa criatura simbólica ya está en todos nosotros. Tal vez cada persona tiene su propio monstruo, su propio proceso de duelo, su propio camino hacia la verdad que más teme.
Un monstruo viene a verme no es una historia para entretener. Es una historia para despertar. Nos recuerda que ser humano no es ser invulnerable. Que está bien gritar, romper cosas, llorar en silencio. Que no somos débiles por necesitar consuelo. Que a veces no hay villanos, ni héroes, ni finales felices. Solo personas intentando vivir con lo que les tocó.
Hoy, cada vez que pienso en esa película, siento que el monstruo también vino a verme. No con historias mágicas, sino con verdades incómodas. Con la certeza de que crecer duele. Pero que también libera.
Porque al final, el monstruo no era el problema. El verdadero temor era mirarse al espejo y aceptar lo que uno siente.
Y a veces, la única forma de sanar… es dejando entrar al monstruo.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.