De niña vi El Rey León y lo entendí como una película de animales. Hoy, como mamá de dos pequeños y pastora junto a mi esposo, veo que era sobre mí: sobre identidad, presión, y recordar quién soy cuando me siento más débil. Esta no es la historia de Simba. Es la mía.
Cuando era niña, vi El Rey León muchas veces. Me gustaban las canciones, los animales, las aventuras. Lloré cuando murió Mufasa, me reí con Timón y Pumba, y sentí emoción cuando Simba recupera su trono. Pero para mí, en ese entonces, era solo eso: una historia animada con un final feliz.
No fue hasta años después, siendo esposa, madre de dos niños pequeños y sirviendo junto a mi esposo como pastores, que entendí verdaderamente lo que esta película significaba. De adulta, la volví a ver con mis hijos. Ellos estaban fascinados con los animales y la música. Pero yo, en silencio, estaba enfrentando una película completamente diferente.
Ya no era solo la historia de Simba. Era la mía.
Hoy vivo días de mucho amor, pero también de mucha demanda. Tengo dos pequeños que me necesitan en todo momento, y una iglesia que también lo hace. A veces tengo que apagar una calentura en casa y luego preparar una enseñanza para el domingo. Hay días en los que el cansancio físico se mezcla con el peso de la responsabilidad espiritual. No solo soy mamá. También soy pastora, consejera, líder, esposa, hija… y humana.
Y en medio de todo eso, vienen las preguntas:
"¿Estoy haciéndolo bien?"
"¿Estoy fallando como madre?"
"¿Estoy cumpliendo con el llamado o solo sobreviviendo?"
Y entonces me acordé de Simba.
Simba huyó porque no creía poder ocupar el lugar que le correspondía. La culpa lo consumía. Se escondió en un estilo de vida sin propósito, en el famoso Hakuna Matata. Lo veía de niña y pensaba que era gracioso. Lo veo hoy y entiendo que era evasión. Era miedo. Era exactamente lo que yo también sentí alguna vez.
Yo también quise huir —no de mis hijos, no de mi fe— sino de la presión. De las expectativas que otras personas (y yo misma) tenía sobre mí. Quise escapar de esa sensación de que debía tener siempre la palabra justa, el consejo perfecto, la sonrisa lista. Quise descansar… pero sin culpa.
Y en esa escena, cuando Simba ve a su padre en el cielo y escucha “Has olvidado quién eres, y por eso me has olvidado a mí”, sentí que Dios también me estaba hablando.
Me recordó que Él me escogió sabiendo que iba a ser madre y ministra al mismo tiempo. Que mi fragilidad no es debilidad, sino puerta a su gracia. Que mis hijos no estorban mi llamado; lo profundizan. Que cada noche sin dormir, cada oración susurrada entre pañales, también es adoración.
El Rey León me enseñó que no tengo que sentirme lista para responder al llamado. Que no se trata de perfección, sino de identidad. Y que incluso si dudo, incluso si me canso, Él sigue viendo en mí lo que a veces yo olvido.
Hoy, cuando abrazo a mis hijos, recuerdo esa escena de Mufasa diciendo: “Recuerda quién eres.” Y lo aplico también a ellos. Porque no solo soy madre. No solo soy pastora. Soy hija de un Rey. Y eso basta para seguir avanzando.
El Rey León no era para niños. Era para mujeres como yo, que viven entre pañales y púlpitos, dudas y devocionales. Y que, aun temblando, deciden quedarse.

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