DE BRAZIL A DETROIT: 3 películas que predijeron el futuro 

Es difícil presentar una selección curada entre tantos títulos que, de un modo u otro, acertaron al predecir nuestro presente. Algunas de esas visiones ya se han cristalizado en la vida cotidiana; otras permanecen en estado de latencia. Pero como el arte imita a la vida, las advertencias están ahí: solo hay que saber escucharlas y leer el espíritu de la época, tal como lo hicieron estas obras.

No hablamos aquí de utopías ni distopías. A pesar de que algunas realidades planteadas por estas películas son tangibles, recién estamos empezando a experimentar sus consecuencias de manera masiva. No conocemos todavía el desenlace. Por eso decidí acuñar el término prosotopía, del griego πρός (hacia) y τόπος (lugar).

La prosotopía es un campo de batalla semántico, un terreno en disputa donde se juega el sentido de lo posible. Es la potencialidad misma: lo que aún no es, pero podría ser y, al mismo tiempo, ya está siendo. Tal vez recuerde al Noch-nicht-Sein (“aún-no-ser”) de Ernst Bloch, aunque despojado de su dimensión esperanzadora. La prosotopía no promete redención: es incertidumbre activa.

Es en ese campo donde se inscriben las siguientes historias, que son y no son al mismo tiempo: realidad palpable y advertencia latente.

SOYLENT GREEN Y LA NECROPOLÍTICA

Quizás más conocida por sus parodias en series como Los Simpson o Futurama, Soylent Green (1973) es la última entrega de una trilogía de ciencia ficción protagonizada por Charlton Heston. En ella, el detective Robert Thorn investiga un crimen en un mundo al borde del colapso. Periferias marginales, hacinamiento, calentamiento global, suicidio asistido, y una élite que concentra la riqueza mientras desprecia al resto. Parece un resumen de noticias actual, pero este mundo fue imaginado hace más de cincuenta años.

En esta distopía, el poder ha cruzado un umbral sin retorno: decide incluso qué hacer con los cuerpos de quienes ya no tienen valor para el sistema, cosa que Thorn descubrirá con horror, tarde o temprano. En Soylent Green, el gobierno no protege la vida, sino que la regula en función de su utilidad económica. El ser humano deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en materia prima. Así se administra la muerte, y ese concepto ya existe en nuestra actualidad: se llama necropolítica.

Acuñado por el filósofo camerunés Achille Mbembe, el término define el uso del poder político para decidir quién puede vivir y quién debe morir, o vivir en condiciones tan degradadas que son formas de muerte en vida. En sus palabras:

“La expresión última de la soberanía reside, en gran medida, en el poder y la capacidad de dictar quién puede vivir y quién debe morir. Matar o dejar vivir constituye los límites de la soberanía, sus principales atributos.”

Esto ya no es solo ciencia ficción. Lo vimos durante la pandemia de COVID-19 y lo vemos hoy con la crisis del fentanilo que azota EE.UU. También los incendios zombi, la deforestación y las temperaturas extremas son el pan de cada día. La lógica que Soylent Green denunciaba ya no es un futuro temido: es una prosotopía en marcha, donde la política no solo moldea nuestra vida, sino que también, por acción u omisión, gestiona nuestra muerte.

BRAZIL Y LA JAULA DE HIERRO

Un re-telling de la obra de Orwell pero en clave Monty Python. Terry Gilliam nos presenta una distopía tecnocrática donde todo está permeado por una burocracia inhumana. Este concepto ya había sido advertido por sociólogos como Max Weber, quien desarrolló el término stahlhartes Gehäuse, literalmente “envoltorio de acero duro”, que nos llegó traducido como “jaula de hierro”: la razón instrumental cristalizada, ese proceso en el cual el pensamiento, la organización y las acciones humanas se estructuran crecientemente en función de medios eficientes, previsibles y calculables para alcanzar fines específicos, desplazando todo lo que da sentido a la existencia.

En Economía y sociedad, Weber habla de una “dominación de la impersonalidad formalista”, donde el funcionario actúa sine ira et studio, sin odio y sin pasión… sin “amor” y sin “entusiasmo”. La burocracia racional impide al sujeto verse como persona: es un engranaje más, eficiente, intercambiable, alienado en la lógica del sistema. Si a eso le sumamos paranoia, vigilancia mutua y ausencia total de privacidad, el resultado es un escenario foucaultiano-weberiano perturbadoramente actual. Es exactamente lo que vive Sam, el protagonista de esta cinta, aunque llevado al absurdo como solo puede hacerlo Gilliam.

El filósofo Michel Foucault describió esta vigilancia generalizada como un panóptico: una estructura de control donde los individuos, conscientes de que pueden estar siendo observados en cualquier momento (pero sin saber cuándo), terminan autocensurándose y disciplinándose a sí mismos, internalizando así el poder sin necesidad de una supervisión constante. Esta dinámica se ve claramente en la película, donde la sociedad imaginada por Gilliam se convierte en una prisión invisible: la privacidad se desvanece y el poder está en todas partes.

En Brazil no hay colores políticos definidos. La pesadilla liberal de un Estado omnipresente convive con el culto a la imagen, el consumismo y la obsesión por el estatus, todos ellos elementos también señalados por Weber como síntomas del desencantamiento del mundo moderno. En este contexto, el único escape para Sam es la fantasía, cosa que también lo termina alienando. No sé a ustedes, pero a mí todo esto me suena inquietantemente familiar: cámaras de seguridad, trámites interminables, cultura de la cancelación, FOMO, celulares y redes que registran todo lo que hacemos y crean algoritmos personalizados, entretenimiento vacío… Quizás Gilliam quiso hacer una broma que hoy ya no hace tanta gracia.

ROBOCOP Y EL TECNOFEUDALISMO

Cerramos con otra cinta icónica, no solo del cine de los ochenta, sino del séptimo arte en general, resucitada en estos años en forma de meme: RoboCop, para quien escribe, quizás una de las mejores críticas al capitalismo jamás filmadas. Si bien aún no hemos alcanzado la tecnología propuesta por esta obra, sí es una de las que con mayor precisión ha anticipado y leído el espíritu de nuestra época.

En los últimos años, el concepto de tecno-feudalismo ha ido tomando fuerza. Esta teoría plantea que la economía digital actual no representa una evolución del capitalismo, sino una regresión hacia una nueva forma de feudalismo, donde el poder ya no reside exclusivamente en los Estados ni en los capitalistas tradicionales, sino en las grandes plataformas tecnológicas y las corporaciones que las controlan. La tragedia de Alex Murphy se anticipó a esto con lujo de detalles.

En la cinta de 1987, la ciudad de Detroit está intervenida por la OCP (Omni Consumer Products), una megacorporación tecnológica que administra desde la policía hasta la salud. Como argentino, este punto lo resiento de manera especial, ya que los últimos años de la historia de mi país están atravesados por este fenómeno neoliberal que hoy, tristemente, se está volviendo a repetir.

En cuanto a Murphy, su cuerpo se convierte en propiedad privada. Su carne es un soporte biotecnológico privatizado y, al formar parte de la fuerza policial, pasa a ser propiedad de OCP. Hoy también vemos esta instrumentalización, quizás no tan extrema, pero sí sutil: nuestra información, conducta y cuerpo pueden ser utilizados como fuente de valor. Cada vez que aceptamos la leyenda de “términos y condiciones”, estamos dando permiso para que se utilicen. Criticamos a quienes entregan sus datos biométricos a cambio de dinero, pero nosotros lo hicimos hace tiempo.

Para finalizar, me es imposible no mencionar el caso del policía robot que ya prestó juramento en la India. El tecno-feudalismo propone justamente eso: no atacar la raíz de los problemas sociales, sino solucionarlos con gadgets. Hoy, además, hablamos de computadoras conectadas a células cerebrales. El transhumanismo comienza a salir de los libros de ciencia ficción y a cristalizarse como una realidad. De nuevo, prosotopía: no sabemos dónde decantará todo esto. Lo que sí puedo afirmar es que RoboCop es el sueño húmedo de la derecha globalista más rancia, un sueño que está comenzando a volverse realidad.

EN RESUMEN…

Estas cintas no son ejercicios de futurología, como tirar un dardo a ciegas y ver qué sale. Son radiografías de un presente que es y no es a la vez, escritas por mentes que supieron leer el Zeitgeist. Cada una, a su manera, es un grito de advertencia y una cristalización inminente. No hay redención ni moraleja: hay vaticinio y diagnóstico. Prosotopía, eso que no es y está siendo al mismo tiempo.
Solo queda por ver qué ramificación toma nuestra línea temporal, ya que ese horizonte cada vez está más cerca… y, de algún modo, ya está acá.

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