El Juicio del Monstruo: Cuando King Kong Subió al Estrado y Nintendo lo Derribó Spoilers

Cuando mi infancia fue invadida por un simio gigante

Tenía ocho años, un tazón de cereal en la mano y el control rectangular de la Nintendo NES en la otra. Había estado intentando durante semanas pasar los niveles de Donkey Kong, frustrado pero fascinado por ese gorila gruñón que lanzaba barriles desde una construcción minimalista. Esa misma noche, mi papá puso en la tele una película antigua en blanco y negro: un gorila gigantesco trepaba un edificio, rugía al cielo, y caía dramáticamente entre disparos. “Eso es King Kong”, dijo. Y en mi cabeza infantil, una pregunta apareció: ¿eran el mismo simio?

Años más tarde, descubriría que esa confusión mía fue el centro de una de las batallas legales más insólitas del mundo del entretenimiento. Una donde King Kong, la bestia trágica y cinematográfica, fue enfrentada por Donkey Kong, el píxel saltarín de Nintendo. Y en el estrado, no solo se debatía un copyright: se discutía quién era el verdadero rey de la cultura popular.


King Kong: el monstruo que no deja de renacer

Desde su debut en King Kong (1933), el gorila ha sido más que un monstruo. Es un reflejo emocional de nuestra relación con el poder, la belleza y el miedo a lo desconocido. Esa primera versión, dirigida por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, fue revolucionaria, tanto técnica como simbólicamente. Kong era salvaje, sí, pero también tierno, incomprendido. Una criatura fuera de su mundo, víctima del ego humano.

El mito continuó:

King Kong vs. Godzilla (1962), un choque de titanes antes de que existiera el "universo cinematográfico".

King Kong (1976), con Jessica Lange y Jeff Bridges, nos dio una versión más romántica y moderna.

King Kong Lives (1986), una secuela olvidada, pero sintomática del deseo de revivir al ícono.

King Kong (2005), de Peter Jackson, fue la más emocional, profunda y técnicamente impresionante.

Kong: Skull Island (2017) y Godzilla vs. Kong (2021), lo colocaron en una narrativa de universo compartido.

Godzilla x Kong: The New Empire (2024), ya lo posiciona como leyenda comercial de nuestro tiempo.

Pero incluso con todas esas encarnaciones, Universal quiso una vez más reclamar su trono. En 1982, llevaron a juicio a Nintendo. ¿La acusación? Que Donkey Kong era una copia no autorizada de su simio estrella.


El juicio: ¿a quién le pertenece una criatura mítica?

Universal Pictures demandó a Nintendo asegurando que Donkey Kong era una copia del King Kong original. En esa época, Nintendo era un recién llegado en América, todavía frágil. La lógica de Universal era simple: ellos tenían los derechos sobre King Kong, y Nintendo se había aprovechado de su fama para vender videojuegos.

Pero cometieron un error crucial: no tenían derechos exclusivos sobre King Kong. Y es aquí donde aparece el verdadero héroe de esta historia: John Kirby, abogado de Nintendo.

Kirby argumentó que Universal ya había declarado en un juicio anterior que King Kong pertenecía al dominio público, lo que les quitaba toda base para demandar. El juez coincidió: no solo desestimó la demanda, sino que expuso la hipocresía de Universal. El veredicto fue claro: Donkey Kong no era King Kong, y el monstruo no tenía dueño.

Como agradecimiento, Nintendo creó un nuevo personaje: Kirby, el globo rosa que absorbe a sus enemigos. Un homenaje a un abogado que salvó a una empresa y, de paso, derrotó a un mito corporativo.


King Kong en el diván: el monstruo como símbolo

Desde el punto de vista psicológico, King Kong ha sido interpretado como símbolo del “otro”: el extranjero, lo reprimido, lo salvaje que llevamos dentro. En cada versión cinematográfica se le ve acorralado, traído a la civilización, convertido en espectáculo... y finalmente destruido.

Universal intentó hacer lo mismo en la vida real. No con redes ni aviones, sino con abogados. Capturar al mito, ponerle precio, y eliminar a quien intentara recrearlo en otra forma.

Nintendo, irónicamente, actuó más como los niños que juegan con sus miedos: tomó a ese monstruo y lo convirtió en algo lúdico. Donkey Kong no es una amenaza, es un reto. No aterroriza, sino que entretiene. En cierto modo, Nintendo humanizó al gorila, mientras Universal lo quería explotar.


Las múltiples vidas de Kong: cine, cultura y poder

Cada película de King Kong nos dice algo distinto sobre la época en que fue hecha:

En 1933, era el miedo a lo desconocido y la fantasía colonial.

En 1976, el petróleo y la explotación empresarial.

En 2005, la nostalgia y la melancolía del artista perdido.

En 2017 y más allá, la fuerza militar y la guerra por los recursos.

Y en ese intermedio, en 1982, tuvimos un juicio que nos recordó que los mitos no pertenecen a las corporaciones, sino a la cultura colectiva.


El monstruo más humano de todos

Hoy, cuando veo a Donkey Kong lanzando barriles o a King Kong rugiendo en pantalla IMAX, no puedo evitar sonreír. Ambos gorilas viven, aunque de formas distintas. Uno es juguetón, el otro trágico. Uno es pixel, el otro poema visual.

Y ambos, a su manera, sobrevivieron al intento de ser domesticados por la industria.

Porque al final, el juicio de King Kong no fue solo legal. Fue simbólico. Fue el momento en que decidimos que ningún monstruo es propiedad de una empresa, y que los mitos, como los sueños, son de todos.

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