Cuando era niño, todos decían que los monstruos no existían.
Pero yo sabía que sí.
Porque cada noche, al caer la luna, uno venía a visitarme.
No salía del armario ni de debajo de la cama como en los cuentos típicos. No. Él se formaba lentamente, en la sombra que proyectaba mi lámpara nocturna en la pared. Su cuerpo parecía humo espeso y brillante, y sus ojos… ah, sus ojos eran como faroles encendidos en una tormenta: cálidos, grandes y tristes.
La primera vez que lo vi, no grité.
Tampoco corrí.
Solo lo miré, con los ojos muy abiertos y el corazón latiendo rápido.
Él me miró de vuelta y, con voz suave, dijo:
—Hola, Pedro. No temas. No vine a asustarte. Vine porque me llamaste.
—¿Yo te llamé?
—Con tus pensamientos… con tu soledad… con ese deseo de que alguien te entienda.
Desde entonces, el monstruo —al que más tarde llamé Luzco— se convirtió en mi mejor amigo.
Me visitaba cada noche, y juntos recorríamos mundos secretos dentro de los sueños.
Saltábamos entre nubes de caramelo, nos deslizábamos por toboganes de estrellas, y nos escondíamos en cuevas donde los recuerdos dormidos se arremolinaban como luciérnagas.
Luzco me enseñó cosas que ningún adulto se atrevía a decirme:
Que está bien tener miedo, pero no dejar que el miedo nos guíe.
Que la tristeza no es enemiga, sino una señal de que algo necesita ser sanado.
Que el mundo está lleno de personas con corazones invisibles, y que saber ver con el alma es más importante que ver con los ojos.
Yo le contaba mis problemas de la escuela, de cómo a veces sentía que no encajaba, que era raro.
Y él reía, con esa risa espesa y lenta como el viento entre las ramas, y me decía:
—Los que parecen raros en tu mundo… son los más sabios en el mío.
Una noche, sin embargo, Luzco llegó triste. Sus ojos brillaban menos.
—Debo irme por un tiempo, Pedro.
—¿Por qué? —pregunté, con un nudo en la garganta.
—Porque estás creciendo. Y los humanos, cuando crecen, dejan de creer.
Le prometí que nunca lo olvidaría.
Y él me abrazó. Su cuerpo olía a tierra húmeda y hojas viejas.
—Entonces nos volveremos a encontrar. Cuando cierres los ojos… y recuerdes cómo mirar con el corazón.
Pasaron los años. La vida me llenó de responsabilidades, relojes, metas. Dejé de mirar las sombras.
A veces, sentía que algo me observaba desde la esquina de la habitación.
Pero nunca tuve miedo. Porque sabía que, en algún rincón, Luzco seguía allí.
Y anoche, después de mucho tiempo, soñé con él.
Estábamos sentados en una colina, bajo un cielo púrpura lleno de constelaciones desconocidas.
Él me miró y preguntó:
—¿Aún crees en mí?
Yo asentí, con los ojos llenos de lágrimas.
—Siempre lo hice. Solo me distraje un poco.
Luzco sonrió.
—Entonces aún eres mi amigo. Y eso es todo lo que necesito para existir.
Nunca dejaras de existir si vives en mi, y en mis pensamientos
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FIN

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