Thor: Ragnarok": el dios del trueno aprendió a reírse de sí mismo, y ganó 

"Thor: Ragnarok": el dios del trueno aprendió a reírse de sí mismo, y ganó

Cuando pienso en Thor: Ragnarok, lo primero que me viene a la mente no es un martillo, ni una batalla épica, ni siquiera los dioses. Lo primero que recuerdo… es que me hizo reír. Y mucho.

Después de dos entregas anteriores que se tomaban a sí mismas con demasiada seriedad, la tercera película del dios del trueno da un giro radical y arriesgado: cambia la tragedia nórdica por una comedia galáctica llena de color, ritmo y absurdos deliciosos. ¿El resultado? Una de las películas más refrescantes y memorables del Universo Cinematográfico de Marvel.

Taika Waititi, el director, llegó como un cometa al mundo de los superhéroes. Con un enfoque irreverente, casi punk, rompió el molde al que estábamos acostumbrados. Ya no vemos a Thor como ese príncipe solemne, sino como un tipo fuerte, sí, pero también torpe, sarcástico, y sorprendentemente humano. Chris Hemsworth abraza esta nueva versión con una naturalidad envidiable, demostrando que su talento para la comedia había estado escondido tras capas de cuero asgardiano.

Pero más allá de Hemsworth, Ragnarok es un desfile de personajes que aportan a la locura controlada del guion. Tessa Thompson brilla como Valkyrie, una guerrera con actitud de sobra y cicatrices emocionales que no necesita ser salvada por nadie. Jeff Goldblum, en su salsa, nos da al Gran Maestro: un villano estrafalario, divertido, y absolutamente hipnótico. Y por supuesto, tenemos a Hela, interpretada con ferocidad por Cate Blanchett, que se convierte en la primera gran villana femenina del MCU.

Visualmente, la película es un carnaval psicodélico. Los escenarios, las naves, el diseño de vestuario… todo parece sacado de una portada de disco de los años 70. Es imposible no pensar en cómics clásicos como los de Jack Kirby al ver el estilo explosivo y saturado que llena la pantalla.

Y sí, la comedia está por todas partes. Hay chistes, burlas, situaciones absurdas y un ritmo que no da tregua. Pero lo más interesante es que, entre tanta carcajada, Thor: Ragnarok también habla del cambio, la pérdida, y la necesidad de reinventarse. Porque sí, el humor es su motor… pero el fondo tiene corazón.

¿Es perfecta? No. Algunos dirán que el exceso de bromas diluye la seriedad del conflicto, que ciertos personajes merecían más profundidad o que el tono liviano resta impacto emocional. Y tienen razón… en parte. Pero creo que es precisamente esa ligereza lo que permite que la película se sienta tan viva.

En un universo donde todo parece estar conectado, medido y planificado al milímetro, Thor: Ragnarok es un acto de libertad creativa. Una película que no tiene miedo de reírse de sí misma, ni de nosotros. Y en ese atrevimiento, encuentra su fuerza.

Para mí, fue como ver al dios del trueno bajar del pedestal… y hacer un chiste sobre su propio martillo. Y en vez de decepcionarme, me encantó.

Y lo más importante: me recordó que a veces, el mejor superpoder no es volar ni lanzar rayos… sino reírse cuando todo parece venirse abajo. Porque reír, en el fondo, también es una forma de resistir.

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