Donde aún viven los monstruos 

No se como llegue ahi otra vez.

No habia viento, ni olas, ni cielo. Solo esa cama espesa que recordaba de cuando era chica, justo antes de que aparecieran ellos. Camine entre los arboles torcidos por el tiempo, y cada paso parecía hundirme un poco mas en algo que no podia ver, pero si sentir.

Un perfume a tierra mojada y pan recien horneado me abrazo como una manta vieja.

Y entonces lo vi. Carol

Estaba sentado, solo, como una montaña dormida. Tenia la cabeza gacha y los brazos caidos, como si se hubiese cansado de sostener el mundo. Me acerque sin hacer ruido, aunque sabia que ya me habia sentido.

Volviste tarde —dijo, sin mirarme.

Me quedé en silencio. Porque sí, volví. Pero tarde.

—No sabía si todavía estabas acá —le dije.
—Siempre estuve. Pero ya no venís a jugar. Ya no gritás. Ni llorás. Ni destruis cosas solo para después pedir perdón.

Me sonrió de costado, aunque había tristeza en su mirada de botón gastado. Me senté a su lado, como cuando tenía ocho años y el mundo era demasiado grande, y necesitaba un monstruo para contenerlo.

—Me hice grande, Carol —le dije.

—Yo también. Pero no me gustó.

—¿Te acordás cuando querías construir una fortaleza que nadie pudiera derribar? —me preguntó, arrancando una rama del suelo como si fuera una astilla en su pata.
—Sí… y vos la destruias para que aprendiera que no existía tal cosa.

Carol asintió.
—Porque lo importante no era la fortaleza. Era que vos te animaras a construir, aunque supieras que iba a caer. ¿Y ahora? ¿Hace cuánto que no hacés nada con tus manos?

Me callé. Sentí el nudo en la garganta que tanto me entrené para disimular en reuniones, en cenas, en abrazos apurados. Porque cuando uno crece, se vuelve experto en no sentir.

—Estoy cansada, Carol. Todo el tiempo tengo que estar bien. Ser útil. Ser fuerte. Ya no me dejan llorar sin motivo.

—Yo sí —dijo él, y se acercó un poco más—. Acá todavía se puede. Acá todavía sos esa chica que se enojaba con el mundo y no sabía por qué.

Me miró con ternura, como si supiera todo de mí.

—Te olvidaste de vos. Y eso me duele a mí también, ¿sabés? Porque cuando vos te olvidas de tu monstruo, él se empieza a deshacer.

Lo miré. Y por primera vez en mucho tiempo, lloré. No por tristeza. Por alivio.

Carol me abrazó como abrazan los monstruos: fuerte, sin miedo a romper.

—¿Y si me quedo un rato? —pregunté.

—Quedate lo que necesites —dijo—. Acá todavía jugamos. Acá todavía sos.

El cielo se empezó a teñir de un violeta suave. No era el fin del día.

Era otra cosa. Una pausa. Un recuerdo que decide quedarse a vivir adentro.

Cuando desperté, estaba en mi cama, con las sábanas enredadas y la almohada húmeda.

Pero en la palma de mi mano, cerrada como un secreto, tenía una ramita.
Y olía a pan recién horneado.

Pienso que a veces, para seguir adelante, hay que volver a abrazar al monstruo que alguna vez fuimos.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 1
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.