Mi amigo el Monstruo de la Laguna Negra 

Tenía entre ocho y diez años, aunque el recuerdo exacto se ha desdibujado parcialmente con el tiempo. Era aquella maravillosa etapa de la infancia, donde casi todo generaba alegría y en el que las creencias más ingenuas nos marcaban de tal manera que aún hoy, con cierta gracia, las evocamos.

Creía fielmente en la existencia de “Superman” y su habilidad de volar, en las destrezas ninjas de los “Agentes Fantasmas”, el arte de desaparición del “Pequeño Samurái”, las increíbles hazañas de “Meteoro y su Max 5”, la fuerza y la velocidad del “Octavo Hombre”, por tan solo nombrar. ¡Como me gustaría volver a vivir aquellos días!, sin preocupaciones ni problemas, simplemente disfrutando la inocencia de la niñez.

También recuerdo un monstruo que me causaba mucho miedo y con frecuencia era un asiduo visitante de mis pesadillas. Bendito monstruo, el más aterrador de todos, aunque despertaba en mí una curiosa admiración: el “Monstruo de la Laguna Negra”.

A pesar de ser una película en blanco y negro, me parecía increíblemente real. El traje del monstruo, aún hoy, sigue pareciéndome genial, muy lejos de otros engendros y robots de la época, que aunque aceptables en su momento hoy nos resultan risibles y hasta ridículos. El monstruo de la Laguna Negra, en cambio, conserva aún su realismo, basta ver la película nuevamente para notar la naturalidad de sus movimientos, el detalle de sus branquias y la imponente estructura de su cuerpo.

Por otro lado, la laguna misma generaba cierta inquietud, quizás por su nombre o por el hecho de que el agua, al ser en blanco y negro, lucía oscura y misteriosa. Sentía una ansiedad real cuando veía a los buzos sumergirse en el agua o cuando la bella dama que acompañaba a aquellos científicos, nadaba despreocupadamente por aquellas aguas sombrías, sin dudas, creía que todos estaban locos al hacerlo. Lo cierto es que después de ver aquella aterradora película, el miedo me impedía dormir, pero lejos de ser una molestia era más la satisfacción que sentía por haber visto aquella espeluznante obra cinematográfica. Los ojos profundos como cavernas del monstruo, parecían atravesar la oscuridad de mi habitación incluso cuando aún estaba despierto. Sus garras alargadas, filosas y puntiagudas que se deslizaban bajo la superficie del agua con una elegancia inquietante, me hacía pensar que era el dueño absoluto de la laguna negra. Cada noche su silueta, aparecía en mi mente con sus escamas mojadas que reflejaban el brillo espectral de la luz de la luna y, sin embargo, había en él algo que me fascinaba, como si la criatura no solo generaba miedo sino cierta atracción.

Años después, ya en la adultez, volví a verla y aunque ya no provocó el mismo impacto, me transportó de inmediato a aquellos años y despertó en mí aquellas emociones infantiles que tanto atesoro.

Hoy, ya en mi senectud, sigo valorando la película como una de las mejores de la historia y profundamente sigo apreciando aquel monstruo que alguna vez me robó el sueño, pero que, terminó convirtiéndose en uno de mis mejores amigos.

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