"El señor de las moscas": una película que entendí al crecer 

Hay películas que pasan por nuestra vida sin dejar huella, y otras que se quedan suspendidas en la memoria, esperando el momento adecuado para revelarse por completo. El señor de las moscas fue, para mí, una de esas películas que vi de niño sin entender del todo, y que solo cobró verdadero sentido cuando crecí. La vi por primera vez como quien observa una historia ajena, sin entender la magnitud de lo que se estaba contando. Me parecía una aventura extraña, inquietante, con niños salvajes en una isla desierta. Nada más. Pero con el paso del tiempo, esa historia regresó a mi mente, y al revisitarla con una mirada adulta, comprendí que no se trataba simplemente de niños jugando a sobrevivir: era una radiografía inquietante del alma humana.

La premisa parece sencilla: un grupo de niños queda varado en una isla tras un accidente aéreo. Sin adultos que los guíen, comienzan organizándose bajo cierta lógica democrática. Ralph, uno de los mayores, es elegido como líder, mientras que Piggy, el más racional pero también el más marginado, aporta ideas basadas en la lógica y la cooperación. Pero pronto la tensión aparece: Jack, carismático y dominante, cuestiona la autoridad, y poco a poco construye su propio grupo basado en la caza, la fuerza y el miedo.

De niño, todo esto me parecía un simple conflicto entre amigos. No entendía por qué se volvían tan violentos, ni por qué un personaje como Piggy —el más sensato de todos— terminaba tan trágicamente. Al crecer, entendí que la isla era una metáfora de la sociedad humana y que esos niños, lejos de ser excepcionales, simplemente mostraban lo que somos cuando se desvanecen las estructuras que nos contienen.

La verdadera potencia de El señor de las moscas es su capacidad de mostrar que la civilización es, en realidad, una delgada capa. Que bajo las reglas, los uniformes, la educación, hay impulsos primitivos que, en condiciones extremas, pueden aflorar con facilidad. La película no sugiere que los niños se volvieron salvajes por necesidad, sino que descubrieron —o liberaron— una parte de sí mismos que ya existía en lo más profundo. Esa parte oscura que todos, en mayor o menor medida, llevamos dentro.

Lo más perturbador es cómo el miedo se convierte en el motor principal del caos. La figura de “la bestia”, ese ser que los niños temen pero que nunca ven, representa el terror a lo desconocido, al dolor, a la muerte, y también el deseo de tener algo a lo que culpar. Al crecer, entendí que esa bestia no vive en la selva, ni en las sombras, sino en ellos. En nosotros. Es la proyección de los miedos individuales convertidos en monstruos colectivos. Jack aprovecha esa emoción para manipular, para crear enemigos, para imponer su voluntad. Y en ese proceso, la civilización colapsa.

Me impactó, al revisitar la película siendo adulto, ver cómo los valores se derrumban con tanta facilidad. Cómo se normaliza la violencia, cómo la razón es ignorada, cómo la justicia se convierte en venganza. Cómo, cuando no hay consecuencias ni estructura, el ser humano —incluso en su forma más joven— puede actuar con una crueldad espeluznante.

Hoy veo El señor de las moscas como una advertencia y como un espejo. Me hace pensar en cuántas veces, incluso en la vida cotidiana, se repiten esos mismos patrones: la exclusión del diferente, el abuso del poder, la necesidad de crear enemigos para unir a un grupo. Veo a Piggy cada vez que alguien con ideas es ridiculizado por no encajar en el molde. Veo a Jack en los discursos que promueven la división, en los líderes que alimentan el miedo para reforzar su autoridad. Y veo a Ralph en todos aquellos que intentan mantener el orden, aun cuando el mundo parece inclinarse hacia el caos.

Entender esta película fue entender algo sobre mí, sobre los demás, sobre el mundo. Fue aceptar que no hay monstruos afuera si no los llevamos dentro. Y que la línea entre la civilización y la barbarie no está trazada con piedra, sino con arena, frágil, fácil de borrar. Que lo que define a una sociedad no es su prosperidad o su orden aparente, sino cómo reacciona cuando esas estructuras desaparecen.

El señor de las moscas no es una película para niños, aunque esté protagonizada por ellos. Es una película sobre lo humano, sobre lo que somos cuando nadie nos mira, cuando no hay leyes ni consecuencias. Es una historia que, como muchas verdades importantes, solo se entiende cuando se ha vivido lo suficiente para ver sus reflejos en la realidad.

Y por eso, hoy agradezco no haberla entendido antes. Porque algunas historias están hechas para crecer con uno. Y cuando finalmente florecen en la conciencia, lo hacen con una intensidad que transforma.

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