La historia sin fin: cuando la Nada también me alcanzó 

Había olvidado cómo era tener miedo de verdad.

No el miedo común. No el de perder un trabajo o llegar tarde a una reunión. Me refiero al otro... ese que ni siquiera podés nombrar sin que algo —no sé— se te encoja por dentro. Ese que te agarra cuando te mirás al espejo y no reconocés la mirada. El mismo que acechaba a Bastián cuando abría el libro prohibido, ahí, en ese desván lleno de polvo donde empezaban todos los mundos secretos.

Yo tenía 33 cuando todo se vino abajo. Una separación después de diez años no es solo... una ruptura. Es más. Es una especie de amputación sin anestesia, sin previo aviso, o por lo menos, sin avisos que yo notara. Habíamos construido una vida juntos —no era perfecta— pero era mi vida. Mía. De golpe, terminé con mi ropa en bolsas negras, durmiendo en el sillón de un amigo, vivía a pocas cuadras, aún tenía la esperanza de que el azar actuara su magia, y aparezca el arrepentimiento. La casa olía a humedad... y a consuelo barato. Empecé a adelgazar. Dejé de comer. Todo lo hacía en piloto automático. Y trataba de convencerme de que era una etapa. De esas partes lentas en las películas que uno soporta porque sabe —o cree— que algo va a pasar.

Pero no pasaba nada.

Entonces me fui. Como Atreyu, pensé que si corría lo suficientemente lejos, el dolor no me iba a alcanzar. Vendí cosas. Cambié de carrera. Me subí a un avión. Caminé por calles extranjeras con nombres que no sabía pronunciar bien. Empecé a estudiar el idioma. Conocí gente. Probé platos raros. Me saqué fotos que... parecían felices. Pero la Nada —esa Nada— ya se estaba comiendo partes de mí. Yo no lo sabía del todo. O no quería saberlo.

Y como suele pasar cuando estás roto, te cruzás con personas que también lo están. Me enamoré de alguien que parecía sostenerme. Y quizás lo hacía. Pero... al mismo tiempo cavaba, con una calma elegante, la fosa donde me iba enterrando más y más. Me aislé. Me repetí que era normal estar así. Que era lógico no querer escribir, ni leer, ni sentir nada. Nada. Literalmente, eso: nada.

Hasta que, una tarde cualquiera —lluviosa, obvio— puse La Historia sin Fin. No sé por qué. Capaz por costumbre. O por nostalgia. O por accidente. Tal vez habrá sido cuando escuché su musica en ‘esa serie’. No importa. La puse.

De chico me encantaba. Falkor, el dragón de la suerte; el lobo Gmork; la Emperatriz Infantil. Era mágica. Una aventura. Pero esa vez... fue otra cosa. Esa vez vi lo que había estado ignorando.

La Nada no era un monstruo. No tenía forma. Era... el vacío total. El momento en que dejás de encontrarle sentido a todo. Cuando se te viene abajo lo que sos, y no sabés qué hacer con eso. Como Fantasía. Porque cuando ya no te contás historias, cuando dejás de ser el protagonista de tu vida, empezás —de verdad— a desaparecer.

Y ahí estaba yo. Mirando la pantalla. Viendo a Bastián huir, como yo. A Atreyu fracasar, como yo también. Y Gmork, diciendo eso que me atravesó como un rayo: “La gente que ha perdido la esperanza es fácil de controlar.”

Me vi.

Y lloré. Pero de verdad. Como hacía... no sé cuántos años no lloraba. No fue tristeza. Fue revelación. Como si algo encajara. Como si alguien —yo— por fin entendiera.

Dejé la relación. Pedí ayuda. Me metí —emocionalmente, sí— en mi propio desván. Con miedo. Con vergüenza. Con la espalda doblada de tanto fingir. Pero también con una hoja en blanco.

Y empecé a escribir mi historia otra vez.

No igual que antes. No con príncipes ni dragones ni finales garantizados. Con lo que hay. Con días grises, terapias, silencios incómodos, avances lentos... y palabras que no sabía que me hacían falta: límite, autoestima, presente.

Fantasía no se destruyó del todo. Siempre —siempre— queda un grano de arena.

Y con eso... uno puede empezar a construir de nuevo.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 6
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.