Cuando era niña, odiaba los espejos.
No porque me asustaran, sino porque siempre sentí que… algo me miraba desde el otro lado. Algo que no era yo. Bueno.no exactamente.
A los cinco años, descubrí que mi reflejo tenía su propia vida. Parpadeaba cuando yo no lo hacía. Sonreía con los labios cerrados cuando yo lloraba. Me decía cosas moviendo la boca sin emitir sonido.
Al principio me asusté. Luego, aprendí a observarlo con atención. Y un día, me animé a responderle.
No hablábamos con palabras. Jugábamos con gestos, dibujos, mensajes escritos en vapor sobre el cristal. Supe que se llamaba Nyvhan, que significa alma invertida. Tenía cuernos, cabello lrgo y colorido, piel azulada, ojos enormes y brillantes… pero su sonrisa era más cálida que la de cualquier humano que conociera. Genuina, transparente.
Cada noche, cuando los adultos dormían, encendía mi linterna y hablábamos a través del espejo. Nyvhan me contaba sobre su mundo: un lugar invertido donde las emociones se veían como colores flotantes, donde los monstruos no eran malos sino guardianes, donde el miedo no existía porque nadie estaba solo. Me decía que yo había nacido “con el corazón espejo”, y que eso me permitía verlo.
Yo le contaba mis cosas también: cómo me molestaban en la escuela, lo sola que me sentía cuando mamá se iba a trabajar, cómo a veces quería desaparecer. Y él me escuchaba. Me decía que no era débil por llorar, que sentir mucho era un superpoder.
Así crecimos juntos. Pero como en toda historia mágica, llegó el momento en que el cristal empezó a cambiar. Nyvhan se veía más borroso. Su voz se escuchaba lejana, como si viniera de debajo del agua. Me dijo que su mundo se estaba cerrando… que yo estaba “olvidando” la puerta.
“¿Qué puerta?”, pregunté.
“La de imaginar”, me respondió. “La de creer”.
Intenté mantenerlo conmigo. Dormía con un espejo bajo la almohada, dibujaba en los cristales, me negaba a mirar a otro lado. Pero poco a poco, las cosas cambiaron. La secundaria. El teléfono. Las redes. Las obligaciones. Dejé de mirar. Dejé de buscar.
Hasta anoche.
Encontré mi viejo espejo guardado en una caja polvorienta, mientras ordenaba el ático. Al tocarlo, algo tembló en mi interior. Fue como si el cristal respirara. Lo limpié con la manga de mi suéter, y me vi reflejada… pero no era sólo yo.
Nyvhan estaba ahí.
Más grande, más sabio, con los mismos ojos brillantes de siempre. No dijo nada. Solo levantó una mano, igual que yo.
Y sonrió.
Lloré como aquella niña de hace años, pero ya no por miedo, ni por tristeza. Lloré porque había vuelto a encontrar esa parte de mí que creía perdida.
Nyvhan sigue ahí, esperándome cada noche. No para llevarme a su mundo, sino para recordarme que el mío también puede ser mágico si vuelvo a mirar con el corazón abierto.
Que en cada rincón de mi mundo existe magia, colores hermosos. Que mi vida ha pesar de ser gris, hay pequeños destellos de luz que me guiarán al camino indicado y me recordarán siempre lo que fui.
Y así entendí que mi mejor amigo… siempre fue una parte de mí.
Mi reflejo.
Mi monstruo.
Mi esperanza.

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