Encuentro con el monstruo: una crítica emocional a Tiburón de Steven Spielberg 

Tenía ocho años cuando vi por primera vez Tiburón. Fue una noche de verano, la tele encendida y esa música —dos notas, repetidas, que parecían salir desde el fondo mismo del miedo— me marcó para siempre. Desde entonces, el mar dejó de ser una invitación para convertirse en una amenaza. Sabía que en Argentina no había tiburones como ese, pero ¿cómo explicarle eso al cuerpo cuando tiembla?

Si hoy me encontrara con el tiburón de Spielberg cara a cara, no sería solo un encuentro con una criatura marina. Sería una confrontación con uno de mis primeros traumas cinematográficos. Ese monstruo no es solo un animal. Es la encarnación del miedo irracional, del pánico que crece cuando no podemos ver con claridad lo que se esconde bajo la superficie. Es la metáfora perfecta de nuestros terrores más primitivos.

Spielberg no necesitó mostrarlo demasiado. Con insinuaciones, sombras y esa banda sonora, creó una tensión que no se evaporó con los créditos finales. Tiburón fue mi primer encuentro con el poder del cine: cómo una historia puede colarse en la mente y alterar la relación que tenés con el mundo real. Y eso, en definitiva, es lo que convierte a una película en un clásico.

Después de años viendo documentales sobre tiburones, entendí que ellos no buscan atacarnos, que suelen tener más miedo que nosotros. Pero Tiburón no habla de animales reales. Habla del miedo como fenómeno social, del monstruo que inventamos cuando necesitamos un enemigo. Si hoy me lo cruzara, quizás no nadaría para escapar. Quizás me quedaría quieta, mirándolo, reconociéndome. Porque ese tiburón ya no está solo en el agua. Está en mí.

Hoy, a mis 37 años, Tiburón no solo ya no me da miedo: se convirtió en una de mis películas favoritas. Durante mucho tiempo tuve en mi cuarto el póster colgado, casi como una especie de talismán, una forma de convivir con lo que alguna vez me asustó. Me compré remeras, tazas, y hasta disfruto de volver a verla como quien se reencuentra con un viejo conocido. Ese tiburón, que antes me alejaba del mar, ahora es mi puente hacia el cine que transforma, que sacude y que permanece. Mi miedo se volvió admiración. Y Tiburón pasó de ser un monstruo a ser un clásico, y de ahí, a ser parte de mi historia.

Cuando me preguntan cuál es mi película favorita, no dudo: Tiburón. Pero cuando la recomiendo, sé que no a todos les genera lo mismo. Algunos me dicen que es muy larga, que hay silencios eternos, planos extraños, y que la música no les parece gran cosa. Incluso hay quienes la encuentran tediosa. Y está bien. Tiburón no tiene el ritmo acelerado de las películas actuales, ni efectos digitales espectaculares. Pero para mí, ahí está su magia: en la tensión que se construye de a poco, en la mirada del director que insinúa más de lo que muestra, y en cómo algo tan simple como dos notas musicales puede quedarse con vos para siempre. Tiburón no busca gustarle a todos; se queda con quienes están dispuestos a sumergirse en su atmósfera.

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