Esta película, al igual que muchas otras, pude verla sólo cuando fui lo suficientemente grande para buscarla por mi cuenta. “El joven manos de tijera” (1990. Tim Burton), es un monstruo creado a la semejanza de Frankestein, pero, no bastó con su brutal nacimiento, debía tener otra “desventaja”. Sin manos con las cuales manipular los objetos o tocar a otro ser vivo sin causarle daño, sus dedos eran tijeras toscas y filosas que al igual que su solitario origen amenazaban a quien llegará a acercarse.
En este relato pretendo mostrar un punto de vista realista en cuanto a un encuentro con uno de los personajes más famosos de Tim Burton podría suscitarse.

¿Tijeras en vez de manos?
Hay que ser mayor para acercarse a semejante creación del hombre. Ha bajado de la colina que lo separa de la normalidad social, y su apariencia inspira peligro en cuanto el choque de las navajas anuncia su llegada. Hay pánico por el desconocido, los niños son los primeros en temer, pues han visto en los ojos de sus padres la preocupación que el monstruo causa en ellos. Los curiosos y dueños de su propia seguridad son los únicos que quedan alrededor de la creatura. ¿Pero quién en verdad lo ayudará a integrarse?
El próximo movimiento está en “manos” de las personas que simpaticen con él. En esta historia yo me he acercado, he visto al chico frente a mí siendo acorralado por los ojos y voces que imploran una respuesta para su apariencia. El pobre chico se arrincona hasta llegar a una esquina de la que la multitud no lo deja salir. No ha dicho una palabra, es tímido y tiene miedo. Por un buen tiempo me pregunto de dónde habrá venido. Yo no suelo gritar como los demás pero tampoco puedo dejar de mirar esas tijeras unidas a sus brazos.
Finalmente alguien tuvo la idea de llamar a una ambulancia.
—¡Este chico ha sido víctima de tortura! —dice alguien entre la bola de personas.
Quizá esas palabras fueron las que me hicieron reaccionar. Mire su rostro, tampoco se veía del todo “vivo”, su cara estaba llena de cicatrices que le atravesaban de un extremo a otro, está pálido y su atuendo es grotesco. Después de un tiempo parece que temerle ya no es una reacción lógica, él se ve más asustado de nosotros. “Quizá este primer encuentro también es una tortura para él”, me dije.
Pero lejos de poder hacer algo, yo me alejé. No soy una persona que guste de meterse en los asuntos ajenos, siendo que la timidez también me invade en la mayoría de mis interacciones sociales, me senté en la banqueta de una calle lejana a ver la conclusión de la situación, desde un espacio libre de alboroto y pedidas de alguna clase de respuesta a preguntas que en realidad no tenía ganas de tratar de responder, pues siento que son innecesarias. Las conjeturas sólo serán verdaderas cuando el chico se digne a hablar por su cuenta.

Finalmente la autoridad hizo aparición, apartando del joven de piel grisácea a todas las señoras chismosas de la colonia. La ambulancia tardó horas en aquel rincón entrevistando al muchacho. Yo me había cansado de esperar al pasar la primera hora, me levanté de la banqueta y entré a mi casa, la cual se encontraba relativamente cerca del lugar. Acerqué una silla a la ventana que daba a la calle y esperé hasta quedarme dormida.
El sonido de alguien llamando a mi puerta me despertó, ya estaba oscuro, prendí la luz y bajé para abrir la puerta.
Mí sorpresa al ver a dos oficiales con el muchacho frente a mí me confundió bastante, me tallé los ojos pensando que aún estaba soñando.
Los oficiales revisaron al muchacho, parecía estar bien además de ese pequeño detalle con sus manos. Ni una sola palabra pudieron sacarle de la boca, excepto que con uno de sus “dedos” me había señalado a la distancia cuando entraba a mi casa.
En resumen, se habían deshecho de su problema viniendo a dejármelo a mí. Y aunque tenía curiosidad por conocer su vida, fue mi propia timidez la que no me dejó rechazarlo.
Al principio fue difícil, nadie parecía aceptarlo, era extraño, desconocido, diferente y bien dice Lovecraft que los humanos tememos a lo desconocido. Mis noches no eran las mismas, los rumores de las señoras de mi cuadra eran exagerados, pero más me valía mejor poner seguros en mi puerta cuando era hora de dormir. Se habían inventado que con aquellos dedos metálicos él había acabado con sus padres, con sus vecinos y ahora venía por nosotros.
Con el tiempo se volvió una presencia menos incómoda, se volvió un hermano menor para mí, le mostraba las películas que me gustaba ver y a él le encantaron. El silencio se volvía acogedor, pues después de tanto tiempo viviendo sola, tener a alguien más en casa que escuchara todo lo que tenía que decir era algo que la soledad nunca pudo darme. En su extrañeza pude descubrir su increíble agilidad con aquellas tijeras que al principio parecieran un estorbo, un obstáculo. Porqué él no deseó nacer así, pero aprendió a vivir con lo que le fue confinado.

Edward me enseñó que todos tenemos algo que ofrecer al mundo, que si al principio nos vemos rechazados, no es por el mero hecho de existir, es que hay que buscar la solución en lo más profundo de los problemas que nos pudieran afligir. Ahora hasta me reúno con las señoras de mi calle para oír los chismes que cada semana se inventan mientras mi amigo el “monstruo” les corta el cabello blanquecino.
Aprender a no juzgar.
Es fácil mirar y hacer conclusiones, dejarnos guiar por lo que la mayoría dice en un momento de confusión, pero es necesario hacer conclusiones propias, en este caso imaginario tuve que convivir con el muchacho a quien todos rechazaban en un principio y de hecho llegué a temer al principio, sin embargo, pasar tiempo con él me dio lo necesario para comprender la imagen tan errada que tenía en un inicio. Gracias por existir Edward.
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