"Erebos mi amigo monstruo de las tinieblas" La primera vez que lo vi, fue un martes de lluvia, Estaba recostada en el v 

La primera vez que lo vi, fue un martes de lluvia, Estaba recostada en el viejo sofá, viendo cómo el humo del cigarrillo dibujaba fantasmas en el techo. El apartamento olía a derrota: restos de pizza fría, sudor y silencio. Entonces, *apareció*. No surgió de la nada; más bien, "siempre había estado allí" , agazapado en el rincón donde la luz de la lámpara se rendía. Era alto, desgarbado, con piel como de lodo mojado y ojos que eran pozos sin fondo. No tenía boca. En su lugar, una hendidura, como una herida que nunca cicatriza, sin aliento y apenas un susurro.

—¿Vas a gritar? —pensé, pero no dije nada.
Él inclinó la cabeza. Tampoco habló.

Así comenzó nuestra coexistencia. Lo llamé Erebos, porque parecía hecho de fango y lágrimas secas. su aspecto fantasmal coincidia con la del Dios griego de la oscuridad y la sombra.
, No era agresivo; solo existía, como yo.
Por las mañanas, mientras yo me miraba en espejo empañado, él se reflejaba detrás de mí, una mancha difusa. Por las noches, cuando el insomnio me invadía , él se sentaba a los pies de la cama, inmóvil. A veces, creía oír un zumbido bajo, como el rumor a penas audible.
Una madrugada, embriagada por los efectos del sueño y el whisky barato, rompí el pacto de silencio:
—¿Qué quieres?
Erebos, mencioné el nombre que de forma burlesca le había otorgado, (mi Dios Griego). Él extendió una mano larga, de dedos como raíces. Señaló mi pecho.
—¿El corazón? ¿El alma? ¿O solo esta puta soledad?
La hendidura en su rostro se abrió levemente. No era una sonrisa. Era "hambre"Descubrí su verdadera naturaleza por accidente.
Volví a casa tras ser despedido, traía conmigo con un nudo de rabia en la garganta. Mi amigo el monstruo se acercó, lentamente, y posó sus garras sobre mis hombros. Sentí un frío glacial. Y entonces, algo se desprendió de mí: la ira, el miedo, la vergüenza… flotaron hacia su boca y desaparecieron. Un alivio viscoso me inundó. Él retrocedió, satisfecho.
Así funcionaba: se alimentaba de emociones podridas.
Comencé a llevarlo a lugares donde el dolor fermentaba. Al "Bar de la esquina" , donde los parroquianos ahogaban las penas en ginebra. Mi amigo el monstruo se deslizaba entre las mesas, absorbiendo divorcios, deudas y sueños rotos. Los clientes solo sentían un escalofrío pasajero. Nadie lo veía, salvo yo. Él era mi parásito, mi cómplice, mi antidepresivo particular.
Eres un vampiro de mierda —le dije una noche, acariciando su brazo escamoso.
Él emitió un susurro que resonó en mis huesos. Como un "Gracias"
Pero todo monstruo tiene un precio. Cuanto más me vaciaba, más ligero y hueco me sentía. Las emociones buenas —la risa, la nostalgia, incluso el amor— empezaron a escapárseme como agua entre los dedos. Mi ex vino a buscar unas cajas.
—Has cambiado —dijo, mirándome fijamente --Pareces… de cartón.
Intenté abrazarlo, pero mis brazos cayeron inertes. Mi amigo el monstruo observaba desde la cocina, oscilando como una sombra espesa.
—¿Qué te pasa? —preguntó , con lágrimas en los ojos.
—Estoy limpia —musité—. Vacía
El se fué, y esta vez no sentí dolor. Erebos se deslizó hacia mí y lamió el aire donde sus lágrimas habían caído.
La crisis llegó en abril. Una niña desapareció en el barrio. Todos buscaban, pegaban carteles, lloraban. Yo paseaba con mi amigo el monstruo por el parque, donde la desesperación olía a jazmines marchitos. De repente, él se detuvo. Frente a nosotros, la madre de la niña gritaba contra un árbol, golpeando la corteza con los puños sangrantes. La ola de angustia era física.

El monstruo tembló. Sus ojos-pozo brillaron con un apetito feroz. Avanzó hacia ella.
—¡No! —le agarré del brazo. Su piel quemaba—. ¡Esta no es tu comida!
Por primera vez, me miró con algo parecido a la furia. Un gruñido rasgó el aire. Necesito!!!
Forcejeamos. Era absurdo: un hombre mediocre luchando contra una criatura de sombra. Pero cuando sus garras se cerraron sobre mi cuello, no sentí miedo. Solo cansancio.
—Está bien —susurré—. Tómala. Tómalo todo.
Cerré los ojos. Esperé el vacío final.
Pero no llegó.
Al abrirlos, él retrocedía. La hendidura en su rostro goteaba una sustancia negra y espesa. Señaló a la madre, luego a mí. Tú… eliges.
Comprendí. Yo le había enseñado a distinguir. Él ya no era solo hambre; era conciencia.
La niña apareció a la mañana siguiente, dormida en un columpio. Mi monstruo no volvió al apartamento. Ahora lo veo a veces en la calle, acechando a políticos corruptos o a hombres que golpean a sus mujeres. Se alimenta de su podredumbre, sí. Pero deja intactas las lágrimas honestas.
A veces, en las noches más quietas, siento un roce frío en la nuca. Es él. Se desliza a mi lado, y por un instante, la soledad sabe menos amarga.
—Hola, monstruo —murmuro.
Él no responde. Pero en el espejo, cuando la luz falla, veo su reflejo junto al mío: dos fantasmas habitando el mismo desastre.
Y tal vez, en este mundo roto, eso sea lo más cercano a la amistad. Erebos mi amigo monstruo de las tinieblas

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