Mi primer encuentro con Lycanroc 

Nunca pensé que lo diría, pero ese día mi vida cambió. No era un lunes cualquiera, de esos que te arrastras al instituto con ganas de que ya sea viernes. Este lunes era especial, el día que por fin iba a buscar a mi primer Pokémon. Mis amigos, Javi y Sara, ya tenían los suyos. Javi con su fiel Electabuzz, siempre listo para un buen susto. Y Sara con su elegante Ninetales, que brillaba más que el sol. Yo, mientras tanto, seguía con mi mochila vacía, llena de sueños y una pokébola sin dueño.

Mi abuelo, un viejo y sabio profesor Pokémon, me había dado la pista: "Hay un Lycanroc en el Bosque Verde, hijo. Es un poco solitario, pero tiene un corazón enorme. Ve a buscarlo". Lycanroc. Ese Pokémon lobo, majestuoso y rápido como el viento, que me había robado el corazón desde la primera vez que lo vi en la tele. Era mi oportunidad.

El camino al Bosque Verde era largo, pero cada paso me llenaba de una energía que nunca antes había sentido. Me imaginaba a Lycanroc, con su pelaje gris y su mirada penetrante, esperándome. Llevaba mi gorra de Ash Ketchum de la suerte y mi mochila llena de pociones, bayas y, claro, la pokébola. Mis nervios eran una montaña rusa. ¿Y si no le gustaba? ¿Y si me ignoraba?

Al fin llegué al corazón del bosque. Los árboles eran gigantes, y el sol se colaba a duras penas entre las hojas, creando un ambiente medio mágico. Caminé por lo que parecieron horas, escuchando el canto de los Pidgey y el susurro del viento entre los árboles. Empecé a pensar que me había equivocado, que Lycanroc no aparecería. Justo cuando la desilusión empezaba a picarme, lo vi.

Estaba sentado sobre una roca, de espaldas a mí, contemplando el horizonte. Su pelaje se veía suave y su cola se movía lentamente. Era más grande de lo que esperaba, y desprendía una calma impresionante. Mi corazón empezó a latir a mil por hora. Me armé de valor y, con la voz temblorosa, dije: "Hola, Lycanroc".

Se giró lentamente, y sus ojos ámbar se encontraron con los míos. No había agresividad en su mirada, solo una curiosidad profunda. Me sentí como si estuviéramos conectados de alguna manera, incluso sin habernos hablado. Me acerqué con cuidado, extendiendo la mano con una baya que había traído. Él la olió con desconfianza, pero luego la tomó con suavidad.

Nos quedamos en silencio un buen rato, solo observándonos. No sé cómo explicarlo, pero sentí que él me estaba evaluando, decidiendo si yo era digno. De repente, Lycanroc se puso de pie, dio unos pasos hacia mí y, para mi sorpresa, apoyó su cabeza en mi mano. Era un gesto tan tierno que casi se me saltan las lágrimas.

"¿Quieres venir conmigo, Lycanroc?", le pregunté, sintiendo que mi voz se rompía un poco. "Quiero ser tu amigo, tu compañero de aventuras. Quiero que seamos el mejor equipo de la región".

Me miró a los ojos, y en ese instante, supe que la respuesta era sí. Abrió la boca y soltó un aullido suave, pero lleno de fuerza. Metí la mano en mi mochila y saqué la pokébola. Él la miró, y sin dudarlo, tocó el botón central con su nariz. Un destello rojo lo envolvió, y la pokébola se cerró. Un segundo. Dos segundos. Tres segundos. Y luego, un clic.

¡Lo había atrapado! Sentí una descarga de emoción que me recorrió todo el cuerpo. No era solo un Pokémon, era mi compañero, mi amigo. Saqué la pokébola y Lycanroc salió de ella, meneando la cola. Me miró con esos ojos tan suyos y luego lamió mi cara, como si me dijera "por fin estamos juntos".

Ese día no solo encontré a un Pokémon. Encontré a un amigo, un confidente, una parte de mí que no sabía que me faltaba. Y sé que, con Lycanroc a mi lado, cada día será una nueva aventura, llena de desafíos y momentos inolvidables. Mi vida, definitivamente, acababa de empezar.

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