¿Quién de nosotros no ha deseado, alguna vez, presenciar un milagro?
La mayoría de las personas asocia la palabra “milagro” con algo improbable, tal vez irreal. Pero la familia Beam, lo experimento cuando su pequeña hija, Annabel de tan solo cuatro años es diagnosticada con una enfermedad extraña. El problema es cuando la madre descubre que puede ser mortal, lo que infunde mucho miedo y pierde no solo el sueño, sino la fe y esperanza en la existencia de un ser Divino, perfecto y misericordioso, que puede hacer la diferencia. ¿Una locura, cierto?
Lo que comenzó con síntomas que parecían simples: dolor abdominal, náuseas persistentes, insomnio. Pronto se convirtió en algo mucho más grave. Iniciaron los viajes a urgencias, los tratamientos costosos, y las largas esperas para ver especialistas. Desde su tranquila vida en una granja de Texas, esta familia creyente fue lanzada de lleno al caos de la incertidumbre médica en la gran ciudad.
La madre, Christy Beam —interpretada por Jennifer Garner en la película cristiana Milagros del Cielo—, es una mujer profundamente comprometida con su fe. Su esposo, un veterinario respetado, y sus tres hijas conforman una familia fuerte y unida. Pero cuando Annabel se agrava, incluso Christy comienza a dudar espiritualmente.
Esta dura enfermedad lleva a la madre a una crisis de fe. Pero a lo largo de la historia se desencadena una serie de acontecimientos milagrosos, personas entorno a la pequeña niña que fueron fichas claves para la sanación de esta; desde una simple recepcionista que se compadece y busca una cita en la apretada agenda de un médico muy reconocido de la ciudad, hasta una taxista que la asiste llevándola al hospital, alentando a ambas a continuar con las largas jornadas de terapia hospitalaria. A pesar del deterioro físico, Annabel sigue mostrándose dulce y animada, incluso con la suficiente voluntad para consolar a su compañera de cuarto, que enfrenta un cáncer terminal.
Pero en medio del sufrimiento, llega un momento devastador para la madre y su familia: la niña le confiesa que ya no quiere vivir, y que el dolor se ha vuelto insoportable. Por tal motivo deciden llevarla de regreso a casa para vivir en paz lo que parecían ser sus últimos días de vida.
Entonces ocurrió lo inesperado: Un día, su hermana mayor invita a Annabelle a trepar el enorme árbol que hay en la propiedad. Durante el juego, una rama se rompe y Anna cae de cabeza al interior hueco del árbol. Un accidente terrible. Bomberos y rescatistas tardan cinco horas en sacarla, mientras la comunidad entera ora sin cesar sin querer esperar lo peor. Y contra toda lógica médica, la niña sale apenas con rasguños.
Pero el verdadero milagro no fue solo que sobreviviera. Tras el accidente, los exámenes médicos revelaron algo difícil de creer: La pequeña ya no tenía rastros de la enfermedad. Se había curado completamente.
Esta historia es la representación vivida de nuestra vulnerabilidad y mortalidad. Son aquellas circunstancias que nos hacen reconocer que hay algo más allá de todas las cosas visibles, lo que no sabemos es como estos milagros son activados por Dios, que todo lo puede: será con oración, ayuno, con votos, con propósitos nuevos o simplemente por el conceso de toda una comunidad, pueblo o nación que se une y se rinde por una causa justa ante él y lo glorifica.


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