Un amigo de otra característica  

Nadie lo ve, pero él está ahí, en los pliegues del silencio, en las sombras suaves del atardecer. Mi amigo el monstruo no gruñe ni acecha. No tiene colmillos afilados para devorar ni garras para desgarrar. Tiene, en cambio, una mirada profunda como el fondo del mar y una voz que suena a ramas movidas por el viento.

Apareció una noche de lluvia, cuando las lágrimas y las gotas se confundían en mi ventana. Yo tenía miedo —no de él, sino de todo lo demás— y entonces lo sentí. Primero fue un susurro, luego un calor leve en el pecho. Cuando me di vuelta, estaba sentado a los pies de mi cama: enorme, desproporcionado, con piel de nubes tormentosas y ojos como faroles cansados. No dijo su nombre, porque los monstruos verdaderos no necesitan presentaciones. Se sientan contigo, simplemente, y entienden.

Desde entonces, me acompaña en mis días invisibles. Cuando siento que no encajo, él me cuenta historias de otros monstruos que también se sentían fuera de lugar. Cuando el mundo me empuja, él me empuja de vuelta, pero con dulzura. Tiene un don especial para encontrar belleza en lo roto y sentido en lo que parece absurdo.

Hay noches en que no hablamos. Simplemente respiramos juntos, mirando el techo como si fuera el cielo. Él no se impacienta con mi tristeza, no intenta borrarla, solo la sostiene conmigo, como si cargar con ella fuera también su tarea.

Un día le pregunté de dónde venía. Me miró con ternura y dijo: “Vengo del lugar donde van los miedos cuando aprenden a escuchar”. Desde entonces supe que no era un monstruo para temer, sino un monstruo que entiende. Que guarda cicatrices parecidas a las mías.

A veces me lleva a pasear por lugares que no existen: bosques donde los árboles cantan, desiertos donde florecen pensamientos, acantilados donde los silencios tienen voz. En esos viajes extraños me enseña a mirar de otra manera, a ver lo invisible, a abrazar lo imperfecto.

También tiene días tristes. Se encoge en un rincón, enmudece. En esos momentos soy yo quien lo abraza. Le acaricio la espalda con cuidado y le digo: “No estás solo”. Y aunque no diga nada, sus ojos brillan como si eso bastara.

La gente piensa que los monstruos son lo que hay que temer. Pero yo aprendí que a veces los monstruos son los únicos que se quedan cuando todos los demás se van. Mi monstruo no vive debajo de la cama, sino dentro de mi alma. Y aunque es grande, gris y extraño… es mi amigo. El mejor que he tenido.

A veces pienso que no lo inventé yo, sino que él me inventó a mí. Que vino a buscarme cuando aún no sabía quién era. Porque quizás los monstruos también se sienten solos, y necesitan a alguien que los mire sin miedo, que los abrace sin huir.

Y así vamos, él y yo: dos rarezas caminando juntas, incomprendidas por el mundo, pero profundamente comprendidas por el uno y el otro.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.