Mi amigo el monstruo: Escamas en la piel... Amistad en el corazón. 

Recuerdo que de niña, en la pequeña ciudad donde crecí, los niños solíamos jugar en el parque con las bicicletas y patinetas, cantábamos “la rama” de casa en casa cerca de las fiestas de Navidad, llevábamos una radio grabadora con casetes para bailar coreografías de moda y nos reuníamos por las tardes, en casa de alguno de los vecinos, para contar historias de terror.

El temible Demogorgon: monstruo icono de Stranger Things | RICARDO GUEVARA

Algunas historias eran repeticiones de lo que los abuelos o tíos contaban en casa, otras, las de los chicos más ingeniosos, eran inventadas, pero eso no era relevante, lo genial era reunirnos, apagar luces, llevar una linterna y escuchar cómo los pequeños “Aluxes” vigilaban desde los árboles las siembras de sus amos, cómo la hermosa Xtabay, con su larga cabellera y su vestido blanco, seducía a los hombres en la selva para llevarlos a un destino fatal, sin faltar los vampiros, hombres lobo, abducciones extraterrestres, etc.

Vampiro - Seres Mitológicos y Fantásticos

Todos preparábamos nuestras historias y esperábamos el turno para contarlas… todos, excepto Manu. Él sólo escuchaba, no reía, no sudaba, no se asustaba, de hecho, en ocasiones no asistía a nuestras “sesiones de terror”. “Es que es un gallina”, decía Ernesto, “A lo mejor le dan pesadillas”, lo defendía Marisol. Pero a mí, algo en mi interior, me decía que era algo más.

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Nunca lo averigüé, el tiempo pasó, crecimos y cada uno tomó su camino, pero el cariño de ese grupo de amigos nunca se olvidó. Yo dejé mi ciudad para ir a estudiar a la Universidad y ya no regresé, sólo en vacaciones para visitar a mis padres, pero mi vida la hice en una ciudad más grande, con presiones, estrés, tráfico… A mis 30 años estaba a punto de explotar, así que decidí tomarme un descanso… Pasaría unos días en contacto con la naturaleza.

No quería playa porque hay mucho turista, no quería selva porque odio los mosquitos y el calor, así que dije “algo tranquilo”, una cabaña en un bosque, tal vez un lago, clima fresco y pues, a buscar en internet. Encontré mi opción, reservé, contraté actividades en un tour, empaqué y sin mucho pensar, estaba registrando mi entrada en un conjunto de cabañas a las afueras de un pintoresco pueblecito, cerca de un bosque.

Cabañas cerca de la CDMX | mag21

No pude evitar escuchar la conversación de una pareja que estaba registrándose igual que yo:

- Sí Jorge, estoy segura que esos ataques fueron en este bosque, no me quiero quedar.

- Pero aquí hay guardabosques Nora y no vamos a ir solos por ahí, en la noche.

- ¿Y si algún animal se mete al área de cabañas?

Y sí, así soy yo y tuve que “meter mi cuchara” e intervenir en la conversación:

- Ehhh, disculpen, hola… ¿Han habido ataques de animales en estas cabañas?

- Hola, no señorita, no es tan “así”. Mi esposa escuchó que en este bosque unos campistas se perdieron y fueron atacados por una bestia, en la noche. Pero son rumores hasta donde yo sé.

- Si me disculpan, puedo aclarar los rumores, como Gerente de las cabañas, no quiero que mis huéspedes se asusten. La semana pasada, un grupo de senderistas dijo haber visto en el lago, en la madrugada, un monstruo verde, como una lagartija gigante, que salía del lago y bueno, salieron asustados del lugar y llegaron al pueblo con esa historia y… mucho alcohol en la sangre también. De manera que les garantizo que no corren ningún peligro.

- ¡Vaya historia!, ¿Ya ves Nora?, no hay nada que temer, siempre y cuando no se te suban las copas o empezarás a ver monstruos verdes.

- ¡Ay ya Jorge!, no te burles, gracias señor por la aclaración y una disculpa señorita por preocuparla.

- No hay problema, de todas maneras no creo ir de noche y sola al lago.

- Y para su tranquilidad, en la caseta de la entrada al bosque, siempre podrán encontrar a Manuel, nuestro guardabosque.

Con más tranquilidad, me instalé en mi cabaña y revisé las actividades contratadas por tres días. Esa tarde y noche eran libres, así que tomé un rico baño y me dispuse a cenar algo de la pequeña cafetería del lugarcito.

El menú no tenía mucho: café, refrescos, sandwiches, hamburguesas, postres…

Imágenes de Cafetería, fotos de Cafetería sin royalties | Depositphotos

- Te recomiendo el pay de manzana, es delicioso y además, si no mal recuerdo, siempre te han gustado los postres.

- ¿Ehh?, perdón… ¿Te conoz…?, ¿Manu…el?… ¡Manuel!, pero… ¡Wow!, ¡Qué gusto!, ¿Cuánto ha pasado, más de diez años?

- Algo así, hola Sara, te vi hace rato cuando llegaste, pero no estaba seguro. ¿Tomando unos días de descanso? Has venido a un buen lugar.

- Sí, buscando tranquilidad, la necesito. Pero ¿Y tú, qué haces aquí?

- Aquí trabajo, soy guardabosque. Tengo varios años trabajando en protección ambiental.

- Te sienta bien el uniforme. ¡Dios! me acaban de caer tantos recuerdos encima.

- Ya tendremos tiempo para platicar, disfruta tu cena, yo debo regresar a mi puesto.

- Claro, sí, nos estamos viendo.

Fue tan bonito ver a Manu de nuevo, recordar nuestras travesuras de niños con solo mirarlo. Ahora era muy alto, delgado pero musculoso, casi lampiño, su tez clara y esos ojos de mirada profunda y misteriosa, con uniforme, muy formal. Tenía que encontrar un espacio en mis actividades para tomarme un café con él.

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Las actividades del primer día incluían un paseo por el bosque para conocer flora y fauna, conocer unos jardines y un invernadero y una sesión de pesca en el lago. Yo me enamoré del lago y como teníamos unas horas libres antes de la cena, decidí regresar… sola, imprudentemente sola.

Sentada en la orilla, sintiendo el aire fresco en el rostro, cerré los ojos para dejar mi mente en blanco pero no pude, “algo” hacía ruido, “algo” se movía cerca de la orilla. Abrí los ojos y me pareció ver que unas curvas de algo o un tronco, flotaban sobre el agua. Me acerqué curiosa, avance unos pasos, el nivel del agua no estaba profundo, avancé un poco más. Una voz en mi cabeza me decía “Hasta ahí, no avances más”, pero pobre voz, nunca le hago caso y pronto me arrepentí de no hacerlo.

Sentí como si una soga se aferrara a mi tobillo y tirara muy fuerte de él, me jalo, perdí el equilibrio y pronto estaba sumergida, lo que fuera que sujetaba mi tobillo me estaba jalando al centro del lago, lejos de la orilla. El agua estaba fría y yo tragaba cada vez más, intentaba cambiar de posición para poder nadar, pero la cosa ya no solo enroscaba mi tobillo, sino que ahora tenía aferrada mi pierna hasta la rodilla.

¡Vaya manera de estar tranquila! Pensé. ¡Sara, tienes que salir de esta!… ¿Pero, cómo?, mi visión se nublaba, sólo veía burbujitas y ocasionalmente el cielo, cuando lograba sacar la cabeza y respirar un poco… entonces, lo vi, claramente, mágicamente y a la vez un poco aterrador.

Era un hombre, por lo menos su estructura lo parecía, pero su piel estaba cubierta de escamas verdes, su nariz y boca eran los de un reptil, entre sus dedos tenía ventosas, era un monstruo que se movía en el agua con gran facilidad y que peleaba con lo que sea que sujetaba mi pierna, para liberarme.

Sentí entonces como la presión en mi pierna desaparecía, pero estaba muy cansada, empecé a hundirme, pero solo un poco. Fuertes brazos escamosos me llevaron a la orilla, una voz tranquila y confortable me susurraba “Estarás bien querida Sara” y unos ojos que yo conocía, profundos y misteriosos, pero a su doble de tamaño, me miraban dándome confianza. Me desvanecí.

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No sé cuántos minutos estuve inconsciente, pero fue la voz de Manuel la que me traía de vuelta:

- ¿Sara, Sara? Despierta, ¿Cómo te sientes?

- ¡Cof, cof!, Agggghhh, ¡Jum, jum!

- Eso, saca la sensación del agua, tose, así, muy bien.

- Manu, ¿Qué era eso, qué me estaba jalando?

- “Eso”, es la razón por la que no debes andar sola en el lago. En realidad era una enorme serpiente, son semiacuáticas y de hecho, en el agua son mucho más fuertes. En particular, esa decidió pescarte.

- Pero… Había algo más ¿verdad?, algo… o alguien, que me salvó.

- Bueno, sí, alguien, pues yo, tuviste suerte que estaba haciendo una ronda y te escuché gritar.

- No Manu, no eras tú, era… otra cosa, un ser… con escamas verdes.

- Ahhh, seguro escuchaste la historia de los campistas borrachos y alucinaste. Mira, estás en shock, vamos te llevo a tu cabaña a reponerte del susto, te llevaré la cena.

- Pero Manu, yo sé lo que vi…

- Claro, claro. Después de que duermas un poco me cuentas de nuevo, ¿vale?

- ¿Te sientes mejor? Te traje pan dulce y un capuchino, ¿Está bien eso?

- Sí, gracias, muy bien. Manu… yo sé lo que vi, en el lago. No eras tú.

- Sí Sara, era yo, ya deja de darle vueltas al asunto.

Manuel se sentó en la orilla de la cama para acomodar la charola, levantó la cabeza y me miró de una manera que expresaba protección y… resignación. Resignación porque sabía que yo no iba a parar de hacerle preguntas hasta que me aclarara lo que realmente había pasado, porque lo estaba entendiendo, desconcertada, incrédula, pero eran esos mismos ojos, más pequeños sí, pero los mismos ojos que me miraron cuando me rescataron en el lago.

- Sí eras tú ¿verdad?, pero diferente.

- Sí, era yo… pero diferente. ¿Recuerdas que de niños, cuando nos reuníamos para contar historias de terror, yo simplemente no participaba? Bueno, eso era porque yo sí conocía a un monstruo, uno de verdad, uno que podía ver frente al espejo, que me aterraba y avergonzaba, que no era malo, pero que definitivamente era un fenómeno que ningún otro niño querría como amigo, ese monstruo era yo mismo.

- Pero… ¿Cómo?, ¿Qué tienes, una enfermedad?, ¿Qué eres?

- No es una enfermedad, no se contagia, no se cura. Es una condición física con la que nací, mis padres consultaron a brujos, shamanes, ancianos de tribus, pero nunca a médicos porque temían que me retuvieran para hacer investigaciones. Yo cambio al contacto con el agua profunda, mi piel se cubre de escamas, mi nariz y boca se aplanan como las de un reptil, mis dedos se unen con ventosas y mi capacidad pulmonar bajo el agua es extraordinaria, ningún ser humano podría aguantar tanto sin respirar pero yo sí y sigo siendo humano.

- Entonces ¿No tienes ninguna explicación?

- Mis padres tienen una teoría. Cuando mi madre estaba embarazada de mi, en los primeros meses, fueron a explorar unas cavernas, recuerda que ambos son Antropólogos. En dichas cavernas habían “ojos de agua” termales y a mi madre le pareció fabuloso remojarse un poco en esas aguas y ya una vez adentro, se percataron que de lo profundo latía un extraño resplandor. No llevaban equipo de buceo y prefirieron no arriesgarse, así que simplemente salieron del lugar.

¿Qué había en esas aguas? No sabemos, pero entonces nací y cuando me dieron mi primer baño que no fue con “pañitos húmedos”, sino remojado en agua… ¡Sorpresa!

Mis padres se asustaron muchísimo, pero yo era su hijo y no iban a abandonarme, me protegieron y me mantuvieron con “bajo perfil”, explicándome que yo era “especial” y que nunca, nunca debía nadar cerca de otros niños.

- Pero tú no eres un monstruo Manu, tú eres bueno, siempre lo has sido… ¡Me salvaste la vida!

- Pero el ser humano puede llegar a ser muy cruel ante lo que no entiende o ante lo que no se ajusta a lo que “debe ser”, yo mismo llegué a pedirle a mis padres que me mataran.

- ¡No!, no digas eso. ¿Quiénes lo saben?

- Muy pocos, mis padres, mis abuelos y algunas personas que, por diversas circunstancias se enteraron, como tú. No podía dejar que la serpiente te ahogara, cuando para mi era muy sencillo salvarte.

- Entonces, estar cerca de la naturaleza y alejado del ser humano te ha mantenido seguro, entiendo.

- Así es, agradeceré tu discreción.

- No te preocupes y cuentas conmigo para lo que necesites que yo pueda darte.

- Suficiente tengo con tu comprensión y que no intentes pegarme un tiro o salir de aquí corriendo y gritando.

- Porque te conozco Manu, con o sin escamas, eres una gran persona y además, el verde te sienta bien, je, je, je.

- ¿Ves, cómo no iba a salvarte? Si eres una de las mejores comediantes que conozco. Ya en serio, gracias por seguir siendo mi amiga a pesar de, bueno, mi secretito.

Pasamos horas platicando, de él y su peculiar condición, de mi y mi vida loca, intercambiamos teléfonos, los siguientes días fueron geniales y regresé a casa con una nueva visión del mundo. ¿Era magia o una mutación? No lo sé y no me importa, Manu es Manu, mi amigo de la infancia, mi héroe salvador.

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Han pasado 2 años desde ese día. Años en los que no ha transcurrido ni un mes sin que nos mandemos un correo, un WhatsApp o nos hagamos una llamada en Navidad o Año Nuevo y nos hemos encontrado varias veces. Manu es mi monstruo de cabecera y mi amigo, lo quiero y algún día, cuando tenga hijos, les contaré una historia de un monstruo que no será de terror y, si él está de acuerdo, les presentaré a su “tío lagartija” para que los enseñe a nadar.

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