¿Cuántos tiros tiene una escopeta?  

De morro entendía a Moko y Flama, el pinche gusto por no hacer nada, quedarse echado jugando videojuegos y así crecí hasta que de repente, me di cuenta que lo que estudie no me gustaba del todo, que no podía quedarme echado haciendo nada y que como Ulises el repartidor, me sentía encerrado entre mi vida y un cuadro.

Ulises como muchos es un niño obligado a crecer, anhela como Holden Caulfield, tener la labor de ser quien cuide que los otros niños no caigan al precipicio que se esconde entre el centeno. Es hasta hoy que el ansía del desempleo, las responsabilidades adultas y el vacío existencial, me permiten decir que hasta ahora entiendo “Temporada de Patos” de Fernando Eimbcke.

Siempre me gusto ver películas pero con toda la presunción y pesadez que conlleva la siguiente frase, puedo decir que el cine me empezó a gustar hasta que vi “Temporada de Patos”.

Tenía tal vez 12 o 13 años, acostumbraba los domingos por la tarde sentarme en la sala y ver las películas que rentaba o compraba en bolsita del mercado, no recuerdo en que formato llego “Temporada de Patos” a nuestro DVD, pero una tarde de domingo, como en la película misma fue cuando entendí que en el cine había algo más que escapismo.

Mi papa se durmió, a la fecha estoy seguro que nunca la intento volver a ver, tal vez no pasaron ni 15 minutos cuando ya roncaba, eso termino por darle mayor privacidad a mi experiencia.

De repente ya no era la cosa de fantasear con blandir una espada o volar, de repente pensaba es que yo también he estado como Moko o Flama, entendía lo chingón que era quedarse un fin de semana a jugar videojuegos con tu cuate, querer avivarse al de las pizzas, estar medio enamorado de la vecina, pero también no saber que tanto es querer a tu cuate.

Ulises para mi no era el villano pero si era ese personaje que venía a romper la armonía, la luz se podía haber pero Ulises era el extraño, era el elemento que hacía que la película fuera diferente a una de mis tardes de puberto.

El final, los flashbacks a la perrera y el viaje de Ulises en el cuadro me producían una nostalgia de algo que no había vivido, algo que no entendía pero una parte de mí, sabía que algún día estaría ahí.

A medida que fui creciendo le agarre el gusto a no hacer nada, pero nada de nada, me encanta estar en una terminal de autobuses o en un aeropuerto, esa espera la domino por completo, es un momento donde la vida se congela, así como esa tarde domingo en Tlatelolco o ese viaje dentro del cuadro.

Hoy que parece que el mundo no me permite quedarme quieto, que si tomo una siesta me despierto apresurado por obtener algo, entiendo a Ulises y entiendo a Temporada de Patos.

Aquella tarde sin luz es un momento donde el mundo se volvió más simple para todos los que estuvieron en ese departamento, todos de alguna forma entraron al cuadro de los patos, quedaron congelados por unos instantes, en un tiempo donde no había responsabilidades, mudanzas, familiar ojetes, rompimientos o expectativas a cumplir más que apreciar ese momento entre la infancia y la adultez sin importar la edad y pensar que todo lo demás me vale pito.

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