Mi amigo el monstruo
Cuando era pequeño, nadie me creía cuando decía que había un monstruo viviendo debajo de mi cama. No era un monstruo común, de esos que gruñen y asustan. Se llamaba Grolf, y era mi amigo.
La primera vez que lo vi fue una noche de tormenta. Los truenos me despertaron, y al asomarme por el borde de la cama, vi dos ojos grandes y brillantes mirándome. Me quedé paralizado, pero él me susurró con una voz suave:
—No tengas miedo, solo me escondo de los truenos. ¿Puedo quedarme aquí?
Asentí con la cabeza, y desde entonces, apareció cada vez que había tormenta. Pronto no sólo venía cuando llovía: se aparecía cuando yo estaba triste, cuando me sentía solo o cuando tenía miedo de hablar en clase. Grolf me escuchaba, me contaba historias de su mundo —un lugar subterráneo lleno de cuevas de cristal y lagos de estrellas— y, sobre todo, me hacía reír.
Durante años fue mi secreto, mi confidente. A veces dejaba dulces en mi mochila, o escribía mensajes con letra torpe en mi cuaderno: "Tú puedes hacerlo."
Pero un día, dejé de verlo. Ya no se asomaba bajo la cama, ni dejaba dulces, ni escribía en mis libros. Busqué por todas partes, incluso hablé en voz alta en mi habitación, esperando que apareciera. Nada.
Pasaron los años. Me hice mayor. Me olvidé de Grolf, como uno se olvida de un sueño cuando se despierta.
Hasta que, una noche, volviendo del trabajo bajo la lluvia, me refugié en un callejón para no empaparme. Entre sombras y relámpagos, vi dos ojos grandes y brillantes.
—Grolf... —susurré.
Él sonrió.
—Sabía que aún te acordabas.
—¿Dónde estuviste?
—Donde siempre: esperando a que recordaras quién eras. A veces los monstruos no desaparecemos... solo nos volvemos invisibles hasta que nos vuelven a necesitar.
Y así, una vez más, mi amigo el monstruo caminó a mi lado.
Y desde ese día, Leo y Grolf volvieron a encontrarse muchas veces más. No siempre en su habitación como antes, sino en lugares inesperados: detrás de una estantería en la biblioteca, entre los arbustos del parque o incluso escondido dentro de un abrigo grande en el cine.
—¿Dónde has estado todo este tiempo? —le preguntó Leo una tarde mientras compartían un helado sentados en una banca.
Grolf chupó con cuidado su cucurucho, dejando caer un poco de crema en su bufanda.
—Esperando a que recordaras cómo mirar con los ojos del corazón.
—¿Y qué significa eso?
—Significa no olvidar la magia —dijo Grolf, limpiándose la bufanda con una servilleta arrugada—. Cuando crecemos, a veces dejamos de ver lo invisible.
Leo sonrió. Entendía lo que su amigo quería decir. No era que Grolf se hubiera ido… era que él había dejado de creer.
Desde entonces, Leo aprendió a ver el mundo de nuevo como cuando era niño: con curiosidad, con risa, con valentía. Empezó a escribir cuentos sobre Grolf y a leerlos a otros niños. A veces, cuando alguien tenía miedo o estaba triste, Leo susurraba:
—No te preocupes. Quizás también tienes un monstruo amigo… solo que aún no lo has encontrado.
Grolf lo acompañaba a veces en silencio, escondido en los rincones de la escuela, dejando pequeñas notas o dibujos en los escritorios de los niños que lo necesitaban. Su favorita decía: "Tienes un corazón fuerte. No lo olvides."
Y aunque ya no vivía debajo de su cama, Leo sabía que Grolf siempre estaría cerca. A veces, por las noches, escuchaba un suave gruñido desde el armario o veía unos ojos brillantes en el reflejo de la ventana. Sonreía y decía:
—Buenas noches, Grolf.
Y el monstruo respondía con una voz muy bajita:
—Buenas noches, Leo. Dulces sueños… y no dejes de soñar.
Porque en el fondo, todos necesitamos un amigo como Grolf.
Uno que nos recuerde que la magia no se va. Solo espera.


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