El cine documental en nuestro país tiene una vasta herencia y una trayectoria inigualable. Para cada temática hay uno o más registros audiovisuales que testimonian o dan cuenta de una perspectiva singular. Cada artista, cada realizador, se toma frente a la cámara con algo que está sesgado por su mirada particular y nos lo comparte, lo universaliza y lo intercambia con nuestras impresiones. Bien sabemos que no se trata de un género en sí, sino de una forma de ver, que puede teñir otros géneros y moldear los aspectos ficcionales de una historia. Una herencia que nos remonta a fines del siglo XIX en nuestro país y que ha transcurrido por distintas aristas, estilos y géneros. Ahora bien, en nuestro país, el género documental también posee un enorme recorrido, siempre más bien ligado a registrar la realidad, o una parte de ella, sin soslayar la mirada política del momento. En algún punto, entonces, los documentales nos permiten anoticiarnos y acercarnos a nuestra propia historia como pueblo, como ciudadanos de un país.

El crítico y director de cine Raúl Beceyro (2022) nos dice que en muchos documentales se trabaja desde la clandestinidad, desde una zona marginal, retratando lo que cotidianamente no vemos, o no queremos ver. Se trata de un registro de una cámara “excéntrica” (p. 32), una cámara que debe posarse donde puede, no donde quiere, debe ubicarse al margen de la realidad, donde se puede materialmente. En ese sentido, Beceyro manifiesta que la cámara es incómoda, se le dificulta tomar el protagonismo. Sin embargo, algo de ello aparece en el rol de la primera persona, que para el crítico es fundamental y ha ocupado un vasto espacio en el cine documental argentino del último tiempo. El director es quien dirige su mirada hacia lo que le interesa y nos invita a verlo del modo en que él lo ve; es el director el que se involucra hasta los huesos con su propia cámara para brindarnos su perspectiva. Es un cine, por tanto, subjetivísimo, parcial y singular. Cuando lo singular y la historia social se chocan, obtenemos resultados maravillosos.

Es en ese sentido que hemos elegido, azarosamente y no tanto, 3 producciones audiovisuales del estilo documental realizadas en los últimos cinco años, para pensar cómo cada uno de estos directores plasma con sus imágenes una visión íntima, personal, de una historia social y general. Lo particular se enlaza entonces con lo universal, con las vivencias ubicadas en el inconsciente colectivo, pero que llevan nombre y apellido. Se trata de Adiós a la memoria (2020) de Nicolás Prividera, Telma, el cine y el soldado (2023) de Brenda Taubín y Tres cosas básicas (2023) de Francisco Matiozzi Molinas.
En estas tres producciones mencionadas de estreno reciente ocurre una particularidad. Son documentales que se interrogan respecto a acontecimientos político-sociales de nuestro país luego de cierto tiempo. Es como lo que Freud denomina como “nachträglich” -efecto retardado-, el cual da cuenta de una temporalidad cuyos efectos tienen lugar a posteriori. Hechos que en ese posteriori se actualizan simbólicamente dejando lugar a una elaboración otra, de matiz diferente, evidenciando la imposibilidad de transmitir alguna reflexión al momento de los eventos. Siguiendo las pistas de Badiou en Condiciones (2002) se trata de un “acontecimiento” en tanto quiebre, una discontinuidad en el desarrollo de la historia, un aparecer del que nada se puede decir en la cercanía debido a su carácter indecidible e innombrable, y que escapa a toda inscripción. Acaso esto permita observar cómo, en los distintos documentales aquí presentados, hay algo de una re-construcción en retrospectiva.

Tenemos el caso de Nicolás Prividera, a quien Roger Koza se refiere como “el heredero” de Pino Solanas (“La hora de los hornos” o la crónica para la liberación de Pino Solanas | Ministerio de Cultura). Con su obra Adiós a la memoria (2020) propone un diálogo entre la pérdida de memoria de su padre a partir de un deterioro cognitivo y la necesidad de tener en la memoria a su madre desaparecida en la última dictadura cívico-militar, todo ello a partir de “poner en imágenes lo que no se podía poner en palabras”. Imágenes, imágenes varias, recortes, archivos y ficciones, montajes y desmontajes. Entre esos hilos, Prividera marca un relato que da cuenta de un pequeño fragmento -el suyo-, una pequeña mirada de un período tan oscuro al que merece seguir echando luz a través de estos testimonios. De un padre que se encargaba de llevar registro fílmico de todo lo que acontecía pero que, de la época de la dictadura, no tiene ninguno. Es una construcción poética de aquello a lo que sólo puede accederse a partir del borde.

En esos bordes, Brenda Taubin presenta Telma el cine y el soldado (2022). En este caso, es el cine el que rastrea un pedazo de historia; el que, como recurso, hace una búsqueda poética y emotiva de una huella muy singular. A partir de ciclos de cine organizados por Brenda, se encuentra con Telma, una mujer cuya hija intercambiaba cartas con un soldado de Malvinas. Telma quiere contactarse con este hombre, y busca retratar esta búsqueda a través de la cámara y los ojos de Brenda. Gracias a su trabajo con el cine y con un grupo de jubilados, logra restituir un fragmento del pasado, saldar una deuda y actualizar el presente de distintas personas que, a través de una carta enviada en la guerra de Malvinas, quedaron unidas en el recuerdo. Es un encuentro que posibilita otro, muchos años después, acaso un esfuerzo por paliar una pregunta, una herida sin costura que trasciende el tiempo. En eso, las imágenes en movimiento se constituyen como potencia de una reelaboración posible, una vez más.

El rosarino Francisco Matiozzi Molinas estrenó este año Tres cosas básicas (2023), imprescindible documental -pequeño a la vez que enorme-, el cual hace un recorte muy singular sobre un acontecimiento atroz como la última dictadura cívico-militar de nuestro país. Nos manifiesta desde un comienzo que aquello que lo movilizó fue la desaparición forzada de sus tíos. Sin embargo, no veremos allí su historia sino otra que elige contar, acaso más conocida y que hoy, con los hechos del presente que sin duda aterran por su discurso, tienen un valor innegable. Toma los hilos del centro clandestino de detención llamado “Quinta de Funes” (cuyos represores se encuentran dentro de la Causa Guerrieri IV. Curiosamente, la actual vicepresidenta electa osó tergiversar o minimizar el rol de uno de los condenados) y el testimonio de Tulio Valenzuela, militante montonero allí secuestrado, quien escapa a México, denunciando y haciendo públicos los crímenes de lesa humanidad que se estaban llevando a cabo planificadamente. El título de dicho documental es tomado de una carta que Valenzuela le escribe a su hijo todavía no nacido. Hijo que luego serían mellizos; uno de ellos todavía sigue sin saber su verdadera identidad. Realizar un fragmento tan particular habla de un trazo humano muy notable por parte de Francisco, el director, quien se apropió de historias (no tan) ajenas y deja, en su final, una serie de imágenes, de rostros que cambian en el tiempo. Estas imágenes de esos rostros familiares, de esas infancias, juventudes y adulteces de esta pareja cuyas vivencias se recogen aquí, configuran un mensaje abierto y bien dirigido a aquel mellizo que todavía esta familia está buscando. Se cierra una obra pero se abre, a su vez, un pedido para todos.

En estos casos, la manera en que se presentan estos largometrajes que se constituyen como documentales acarrea la particularidad de construir memoria más allá de recordar hechos acontecidos en forma de reproducción directa. Interesa más bien poner el foco en la construcción, lo cual también da cuenta de un artificio, de un armado singular que pone en tensión la propiedad intrínseca de lo documental. Acaso este también tenga algo de ficcional en tanto implica una mirada, como decíamos anteriormente, particular de quien se encuentra detrás de la cámara y quiere transmitir un decir a través del diálogo con quienes se encuentran delante de la misma. Son “sombras heredadas” entonces. Se trata de registros para recordar, registros en nombre propio, inevitablemente a posteriori, para no olvidar. Y como no hay respuestas totales, se trata, entonces, de seguir buscando, en las imágenes, alguna conjetura posible.
Bibliografía consultada:
- Badiou, A. (2002) Condiciones. Siglo XXI editores.
Beceyro, R. (2022). Cinco ensayos sobre cine documental. Ediciones UNL.
Freud, S. (1976) Obras Completas, Vol. I. Amorrortu editores.




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