Hay algo profundamente conmovedor en esas historias donde un niño —o una niña— se encuentra con un monstruo y, en vez de huir, se queda. No sé si es por nostalgia o porque alguna vez me sentí así de pequeño, pero siempre me han tocado este tipo de cuentos. Desde Mi amigo el gigante hasta Un monstruo viene a verme, el cine ha sabido mostrar cómo detrás de lo temible muchas veces se esconde algo más humano de lo que pensamos.
Recuerdo cuando vi Un monstruo viene a verme por primera vez. Me sorprendió que no era una película de miedo, sino una película sobre el dolor. Ese monstruo-árbol enorme no daba miedo. Más bien, parecía una especie de guía. Cada vez que aparecía, lo hacía para contar una historia que ayudaba al protagonista a entender lo que le dolía de verdad. No era una criatura cualquiera. Era, más bien, una parte de él mismo. Una que no sabía cómo expresar.
Algo familiar pasa en Mi amigo el gigante. La protagonista es una niña huérfana, sola en un mundo que no la entiende. El gigante, en el fondo, también está solo. Cuando se encuentran, hay una conexión inmediata, como si ambos supieran lo que significa sentirse distintos. Me movio el corazon cómo la película transforma esa diferencia en fortaleza, y esa soledad en amistad.
Y claro, imposible no mencionar Monstruos S.A.. Siempre me ha parecido genial cómo Boo, una niña pequeñita, cambia por completo la forma en la que los monstruos ven el mundo. Para ella, Sulley no es un monstruo. Es su amigo peludo. Y ese pequeño cambio de perspectiva lo cambia todo.
Supongo que estas historias nos llegan porque, en algún momento de la vida, todos hemos sentido que llevamos un monstruo dentro. Uno que no queremos ver, o que no sabemos cómo enfrentar. Pero cuando dejamos de temerle y lo escuchamos, descubrimos que también puede cuidarnos.
Las películas sobre niños y monstruos no son solo entretenidas. Son espejos de emociones encontradas. Nos recuerdan que la imaginación no es una fuga, sino una forma de entender lo que nos duele. Y que, a veces, lo más valiente no es pelear con el monstruo… sino sentarse a hablar con él.
Puede ser que el monstruo sea una representación de los miedos que no queremos enfrentar. Siempre huimos, o nos escondemos. Desde pequeños, nos enseñaron que lo desconocido es peligroso, que lo grande, lo oscuro, da miedo. Que los monstruos se deben vencer. Pero casi nunca nos dijeron que, tal vez, esos monstruos también tienen algo que decirnos.
A veces el monstruo no tiene forma clara, pero se siente: como esa ansiedad que no sabes de dónde viene, como ese pensamiento que te persigue en la noche, o ese recuerdo que tratás de enterrar y vuelve una y otra vez. Uno aprende a esquivarlo. A hacer como si no estuviera. Pero sigue ahí.
En esas historias donde un niño se sienta frente al monstruo en lugar de correr, hay algo muy real. Algo que nos toca. Porque no siempre se trata de pelear con lo que duele. A veces se trata de quedarse quieto, escuchar, y entender por qué está ahí.
Y quién quita, tal vez ese monstruo no era tan terrible como pensábamos. Tal vez solo necesitaba que alguien lo viera. Tal vez, incluso, estaba de nuestro lado desde el principio.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.