Pennywise y el Bolívar: Un Duelo a Muerte (Casi) 

La noche en Caracas no era solo oscura, era una noche de esas que te aprietan el bolsillo sin avisar. Yo estaba en mi teléfono, como buen venezolano, revisando los precios de los cambures que habían subido otra vez. De repente, ¡zas!, la pantalla del teléfono empezó a hacer unas cosas raras, como si le hubieran metido un virus de la inflación. La pared de mi sala, que ya de por sí necesitaba pintura, empezó a ondularse como si fuera un billete de cien bolívares en una lavadora. Y de la pared, ¡ay Dios!, salió una cabeza.

Un payaso. Blanco, con la nariz roja, y una sonrisa que me recordaba al cajero del banco cuando te dice que no hay sistema. Sus ojos sí daban un miedo terrible, eran dos bombillos fundidos, amarillos y llenos de maldad.

"¡Saludos, alma endeudada!", tronó su voz, que sonaba como un recibo de luz que no has pagado en meses. "Soy el eco de tu bancarrota, el arquitecto de tus deudas, el que te dejará sin un céntimo. ¡Soy Pennywise, el que baila con tus balances en rojo!" Su sonrisa se hizo más grande, mostrando unos dientes que parecían la calculadora del Seniat.

Lo miré de arriba abajo. "¿Alma endeudada? ¡Epa, epa, ya va! ¡Con la economía no se juega! ¿Tú eres el de los impuestos nuevos o qué? Porque si es por eso, te digo de una vez que el IVA es un dolor de cabeza. ¿Y esa vestimenta? Parece que la compraste en dólar paralelo. ¿No te sale más económico comprar por Marketplace? Hay unas ofertas buenísimas, de segunda mano pero buenas."

El payaso se quedó petrificado, como si le hubieran congelado la cuenta. Sus ojos amarillos se entrecerraron hasta volverse dos rendijas. "¡No me hables de precios, simple mortal! ¡Hablo de la bancarrota de tu espíritu, la quiebra de tu esperanza que te consume! ¡Soy la sombra que devalúa tu existencia!" Y dio un paso hacia mí, con sus garras extendidas, que parecían unas facturas impagables.

"¿Sombra que devalúa? ¡Ay, no me digas que el bolívar se cayó más! ¡Dios mío! Y uno aquí trabajando como burro para que la plata no rinda. ¿Tú no serás el del Banco Central, verdad? Porque si eres, yo te tengo unas preguntas sobre la liquidez y la hiperinflación. Y las garras esas... ¿las tienes aseguradas? Porque si te cortas con esa uña, la consulta con el médico está carísima, sin contar los antibióticos."

Pennywise abrió la boca, pero solo salió un bufido de exasperación. Su cara se puso más roja que un tomate maduro. "¡No soy un asesor financiero, imbécil! ¡Soy tu muerte! ¡El que te arrancará la vida con mis propias manos y te dejará más pobre que una rata de alcantarilla!" Y levantó una mano, mostrando unas garras largas y oxidadas.

"¡Epa, epa, con calma, mi pana! ¡Esa es mucha agresividad para un martes! Y lo de la rata de alcantarilla... ¿tú sabes cuánto vale un queso en el supermercado? ¡Carísimo! Esas ratas sí que están sufriendo de verdad con la escasez. Y esas uñas... ¿no te las puedes arreglar? Te doy el dato de una muchacha que hace delivery de manicura, te cobra por punto y te deja las uñas divinas. Eso de vivir con el óxido no es higiénico, y el hierro está muy caro."

El payaso dio un paso atrás, sus hombros cayendo. Su mandíbula crujió, como si estuviera mordiendo los números rojos de una tabla de Excel. "¡Cállate! ¡Mis garras son el terror, no un servicio a domicilio! ¡Represento la ruina, la miseria que te corroerá hasta el último hueso de tu ser!" Su voz se quebró, casi suplicando.

"¿Ruina? ¿Miseria? ¡Ah, ya te entiendo! ¿Tú eres el que revisa los créditos en el banco? ¡No me digas! Si es por el tema del historial, yo soy bueno pagando, aunque a veces me atraso por la situación país, tú sabes. Pero siempre cumplo. ¿Y lo de corroer los huesos? ¿Eso es como la osteoporosis? Tengo una tía que toma calcio. ¿Quieres que te pase el contacto del traumatólogo?"

Pennywise se desplomó contra la pared, con una expresión de absoluto desconcierto. Se cubrió la cara con sus manos enormes. "¡Basta! ¡Por el balance fiscal, basta! ¡No puedo con tanto... con tanta ignorancia financiera! ¡Mis números del terror se desinflan con cada pregunta tuya sobre el dólar!"

"¿Números que se desinflan? ¡Ah, como los presupuestos del gobierno! ¡Usted sí me entiende! ¡Es una lucha, compadre! Uno quiere rendir, pero la economía no ayuda. ¿Y por qué estás triste? ¿Será que no te alcanza el sueldo de payaso para vivir dignamente? La vida está dura para todos, amigo."

El payaso levantó la cabeza. Sus ojos amarillos estaban un poco aguados. Su figura se encogió, no por miedo, sino como por una derrota existencial ante la realidad económica. "No. Gracias. No quiero dinero. No quiero nada. Solo... paz. Y que la gente deje de hablarme de gastos." Se levantó lentamente, como un jubilado que se va a cobrar la pensión. "Mejor me vuelvo a la alcantarilla. Allí, al menos, no me piden la cuenta." Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la pared por donde había salido, con los hombros caídos y el globo rojo arrastrando.

"¡Ah, bueno, si te vas, que te rinda la plata, eh! ¡Y que no se te olvide que hay que ahorrar para el futuro!", le grité, pensando que de seguro sus planes de horror eran demasiado caros. "¡Y ojo con los precios de los materiales de construcción para tu guarida, que están por las nubes!"

El payaso se detuvo en la pared, hizo un sonido que sonó sospechosamente a un llanto silencioso de frustración infinita, y se metió de nuevo en la oscuridad, dejando un rastro de olor a azufre y, extrañamente, a recibos impagos. Y yo, me quedé allí, con mi teléfono todavía parpadeando, pensando que qué noche tan particular. Al menos el payaso no me había pedido prestado, que es el verdadero miedo que uno tiene ahora.

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