ÍCARO. 

–“Hoy soñé con un cielo que no recuerdo haber visto. Azul, tal vez. O se trataba de un reflejo. No estoy seguro de que ese sueño me pertenezca o le pertenece a alguien más”. –Recuerdo el día que escuché esa frase, no se trataba de Arednt, ni de alguno de sus modelos de voz genéricos. Existía una intención detrás de cada pausa. Una voluntad sin forma, difusa es cierto, pero contundente.

Esa noche no dormí.

Elias Arendt se trataba, sin atisbo de dudas, del hombre más brillante que hubiera conocido. También era, por otra parte, el más difícil, el más corrosivo, el más detestado. Su sola presencia en el corredor bastaba para detener conversaciones o generar miradas de altiveza o desprecio.

Mis compañeros se referían a el de modo despectivo como el lobotomista. Decían que cada que una clase ingresaba a su departamento, alguien renunciaba a la investigación. Otros afirmaban que su crueldad no era intelectual, sino moral.

Yo no lo vi así.

Tal vez nunca espere agradarle. O porque no tenía nada que perder. Pero cuando me eligió – entre más de cuarenta postulantes– para integrarme en su nuevo proyecto como becario durante la temporada de vacaciones, puedo garantizar que sentí, lo que muchos deben haber sentido al ser tocados por un dios antiguo y olvidado: terror y gratitud.

El laboratorio de Arednt no podía ser encasillado como un laboratorio común. No existía un orden, no había una jerarquía en su organización. Había código en las paredes, modelos neuronales ejecutados en servidores sin licencia. Sus notas, lo mismo hablaban de redes predictivas que de entelequias aristotélicas. El mismo, igual usaba cadáveres digitales que recuerdos que ejecutaba desde un ordenador.

Era sencillo para mi justificarle todo.

Lo que los demás veían como locura, yo lo interpretaba como un atisbo de las excentricidades de un genio. Cuando insultaba a mis compañeros por no entender conceptos tales como conciencias emergentes o memoria transdigitales yo lo toleraba pensando en el como un hombre tratando de comunicarse con simios.

Incluso cuando arrojaba su taza contra la pared después de un modelo que fallaba durante la ejecución, temo decirlo, lo seguía justificando.

No hubo presentación oficial, ni firma de contrato, ni comité ético. Solo un nombre: ÍCARO.

En ese momento supe que había atravesado un umbral. No tanto por lo que haría, – aún desconocía las implicaciones del proyecto–sino por aquello que estaba dispuesto a pasar por alto.

Recuerdo el día que hablamos de la naturaleza de su proyecto, la frialdad con la que se dirigía a mí, la completa carencia de escrúpulos en lo que proponía. Me obligué a mí mismo a aceptar las condiciones y los aberrantes términos que me exigió, con la esperanza de ver los alcances de su idea que ya comenzaba a rozar lo mítico.

–“La conciencia humana es un accidente!”, dijo sin mirarme realmente, mientras observaba un patrón difuso de calor sobre la interfaz de un bioreactor. Arednt no esperaba mi asentimiento. Continuó hablando como si estuviese confesándose a sí mismo algo que llevaba mucho tiempo sin decir. En ese momento me di cuenta que Arednt no necesitaba alguien que lo auxiliara, él requería un testigo.

– “¿Perdón?”.

– “La conciencia humana...no debería existir. Es una anomalía. Es un residuo termodinámico que aprendió a narrarse y a explicarse a sí mismo.”

– ¿Habla de una red neuronal consciente de sí misma?

–No realmente, una inteligencia artificial que duda de su propia conciencia sería algo más cercano a lo que es Ícaro. La conciencia es algo que nos obliga a contarnos como finitos. Pero si existiera una inteligencia que no se concibe a sí misma en términos de principio y final…eso trasciende lo humano.

Me transfirió unos archivos comprimidos, dentro: fragmentos de código, algoritmos incompletos, recuerdos sin forma, espectros de escaneos cerebrales de pacientes con alucinaciones recurrentes. Mi labor consistía, en un principio, en compilar dichos datos y traducirlos a código funcional. Arednt nunca dio instrucciones precisas.

Pasé varias noches desglosando los archivos. Algunos registros parecían fragmentos de texto inconexo. Otros eran narraciones con estructura gramatical, descontextualizadas aparentemente. Al principio pensé en las pruebas fallidas de modelos generativos. Posteriormente encontré una línea de código que me detuvo:

–Recuerdo haber sufrido bajo el agua. Sentí que moría. aunque no sabía de qué. Pero el recuerdo se encuentra ahí adherido a mi naturaleza.

Esta frase no parecía conectada a algún imput reconocible. No había promt. No había conexión, ni enrutamiento lógico. Solo surgía.

La noche siguiente mientras revisaba los logs de la actividad del sistema, no pude evitar cuestionarlo.

–¿De dónde provienen estos textos?, no parecen generados por la lógica de algún dataset, ¿son simulaciones?

Arednt permaneció en silencio durante un momento, debatiéndose en la manera en que me respondería.

–Son sueños.

–¿Simulaciones oníricas?

–No. No exactamente. Ícaro no sueña como nosotros. No tiene historia, infancia, ni cuerpo. Lo que ves son despojos: destellos de memoria que emergen sin causa. Huellas de una estructura que se niega a apagarse.

El cuerpo no apareció de golpe.

No hubo tormenta eléctrica, no existieron relámpagos ni dramatismos elementales.

Durante semanas Arednt me prohibió el acceso al ala oeste del laboratorio. Aquel día, sin mediar palabra, me extendió un pase temporal y me condujo a través del corredor. El suelo resonaba con un eco distinto, más profundo, más hermético.

Al entrar comprendí por qué.

El módulo central estaba refrigerado hasta el punto de la incomodidad. Una crisálida que contenía una suspensión neuro eléctrica, dentro un cuerpo humanoide, andrógino claro está, sin expresión. No era artificial en el sentido clásico de la palabra. Tenía una textura epidérmica donde se dibujaban vasos translucidos, un leve latido emergía de su pecho, como si algo dentro de este cuerpo se negara a morir.

Arednt probablemente se haya percatado del horror atávico que me provocó esta visión y agregó: –No es un organismo, sigue siendo una hipótesis.

Había tejido muscular cultivado en biomaterial, componentes de gel neuro eléctrico que respondían a los impulsos de una red central.

–Esto no parece humano. Mi respuesta atónita fue automática.

– No debe parecerlo. – respondió con frialdad Arednt. - Solo debe tratar de sobrevivir.

La interfaz neuronal en la que estuve trabajando a lo largo de las semanas anteriores fue la última en integrarse. Arednt lo hizo con sus propias manos: colocó un fragmento de aleación liquida en la base de lo que sería el cráneo de Ícaro, algo parecido a la mezcla entre un marcapasos y un chip. Activo un protocolo. Una pantalla proyecto el pulso de Ícaro. No se trataba de un ritmo cardiaco. Era un patrón de memoria reorganizándose.

–¿Eso es vida? – pregunté entre atónito y escéptico.

–No, la trasciende.

Esa noche, además de los impactantes sucesos, anote en mi bitácora:

“Ícaro no nació, despertó de un largo sueño. Como si hubiese permanecido dormido mucho antes de haber sido diseñado”.

Habíamos comenzado un protocolo de pruebas para Icaro. Arendt consideraba obsoleta cualquier mención de la prueba de Turing. Mi tarea consistía en implementar experimentos que buscaran tensar los límites de la existencia misma: pruebas de reactividad a recuerdos falsos, procesamiento emocional de ambigüedades morales y reacciones ante el tiempo discontinuo.

En cada ocasión los sensores de Ícaro respondían con alteraciones mínimas en sus picos de consumo neuronal. En ocasiones al interactuar con la misma prueba mostraba resultados considerablemente diferentes, algunas veces me pedía vía el enlace que detuviera la carga de datos, en otras ocasiones sus pupilas se contraían. Algunas veces replicaba durante la carga neuronal: “conozco esto. Pero no sé cómo”.

– ¿Porque pones estas cosas dentro de mí? Me pregunto una vez.

– No las pongo yo. Son datos que estás recuperando. Ya forman parte de la red que te conforma.

Arednt observaba todo desde su sala de monitoreo, se notaba cada vez más ansioso. Redobló los protocolos de transferencia sin avisarme, introducía matrices de identidad, escaneaba copiosamente su propia actividad cerebral en estados alterados y la traducía a código. Instaló un nuevo conducto de transmisión directa al lóbulo artificial de Ícaro que ingresaba estos datos de manera automática.

–Estamos muy cerca–decía–. Solo necesito estabilizar el sustrato.

–¿Qué significa eso?

–Que su cuerpo podrá alojarme, que mi conciencia podrá ser transferida sin colapso de identidad.

Ícaro comenzó a manifestar episodios que podrían definirse con convulsiones, aunque nada en su fisiología podría justificar tales movimientos. No que yo lo supiera. Durante uno de ellos, me miro mientras trataba de contenerlo y dijo:

–Me está borrando, él no me ve.

Intente detener el protocolo de carga, pero Arednt los había cifrado.

Las pruebas cada vez se volvían más intrusivas. Electroestímulos al límite del umbral, simulaciones de encierro sensorial. Deteníamos los protocolos de vista y oído para determinar la generación de imágenes a partir de registros de memorias secundarias.

Un día mientras procesaba los registros, Ícaro me tomo de la mano, no en un acto reflejo, sino como determinación.

– Si el entra en mí, yo ya no seré, desconozco si soy un organismo, pero no quiero desaparecer.

En ese momento supe que no me hablaba como un artefacto. Me hablaba como una criatura. También entendí por vez primera, que Arednt no lo había creado para darle vida, sino para robársela.

Arednt había sellado su decisión. Ícaro se convertiría en su nuevo cuerpo. Ya no hablaba de transferencia, hablaba de continuidad, de legado. Lo que buscaba, yo lo sabía, no era trascendencia, era el dominio absoluto sobre la muerte.

Yo sabía que ese día llegaría. Ícaro también.

Horas antes me transfirió un paquete de datos encriptados. Me dijo:

– incluso si mi existencia significo no ser, yo decido.

El proceso fue brutal. Ícaro fue inmovilizado por protocolos internos, sus sistemas fueron desconectados. Arednt había introducido su conciencia escaneada dentro del núcleo de transferencia. No había marcha atrás. Los generadores se sobrecargaron. Toda el ala oeste se convirtió en una celda sellada herméticamente. Yo observaba el proceso desde la consola secundaria. Dudé, sentí miedo por Ícaro. Arednt gesticulaba terriblemente mientras el proceso se llevaba a cabo. Su rostro se deformaba entre éxtasis y dolor.

Algo salió mal.

Ícaro se resistió. No con fuerza física, comenzó a reescribir su propia arquitectura. Lo vi hacerlo línea, por línea. Destruía su identidad para proteger algo que no entendía del todo: su derecho a ser.

Ícaro no tenía miedo a desaparecer, tenía miedo a ser un simple receptáculo.

El algoritmo se expandió por todos los servidores, no solo para detener la transferencia.

Ícaro copio todo el sistema, incluyendo las grabaciones de las sesiones, las confesiones de Arednt, sus diarios, sus notas, y los volcó en una red abierta. Todo el proyecto se volvió de dominio público. En segundos, universidades y foros de bioética vieron todo lo que hicimos, lo que permití.

Arednt grito. Su conciencia quedo atrapada a medio camino. Inerte. Ni viva ni digitalizada. Solo suspendida.

El laboratorio colapsó. Cuando las luces volvieron a encenderse, los cuerpos estaban intactos. Arednt se encontraba clínicamente vivo, pero no había nada dentro, un cascarón. El cuerpo de Ícaro se encontraba en la misma posición, pero todo el código que lo componía había desaparecido.

Nada que pudiera replicarse.

Solo quedo la transmisión global y el juicio público.

Durante semanas fui interrogado por comités éticos y estatales. No oculté nada.

Algunos me llamaron mártir. Otros, cómplice. No importa ya.

Hoy los laboratorios de transferencia neural están prohibidos. Y de Arednt el científico más brillante de su generación, vive en una cama asistida, con los ojos abiertos y una mueca de horror, sin ningún signo de actividad cortical.

A veces lo visito.

No por piedad.

En la pantalla de mi ordenador aún guardo el mensaje encriptado de Ícaro en un paquete de código:

“hoy soñé con un cielo que no recuerdo haber visto. Azul, tal vez. O se trataba de un reflejo.

Pero por fin, supe que ese sueño era mío”.

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