El problema de lo esquemático 

"Eres realmente complicado"

Jane Winslett-Richardson

La vida acuática.

El poder del contexto. Pareciera un poco desesperante concebir la vida como una cantidad de ciclos prefabricados y predecibles. Mejor dicho, es definitivamente desesperante. Angustiante. Está claro que para algunas personas las respuestas enciclopédicas y científicas dan tranquilidad. Yo estoy lejos de percibir la vida de esa manera, por lo cual, mi línea argumental va a estar completamente teñida por un espíritu que resultará para muchos inmaduro. Mientras escribo estas palabras, veo la foto de aquel joven no tan joven que me sonríe y me inquieto. Creo en su sonrisa, pero me perturba. ¿Por qué estás tan feliz, Wes? ¿Cómo puede ser que no parezcas envejecer y que tengas siempre la misma cara? ¿Sos acaso un artista satisfecho? O al menos, ¿sos un artista orgulloso de tu camino? Eso le preguntaría. O le quisiera preguntar, quizás, porque desde ya no tendría las agallas de hacerlo y no me parecería educado. Cuantas preguntas y cuanto caos en esta introducción. Perdón. Honrando al realizador, intentaré ser más claro.

El poder del contexto, decía. Para empezar, esta nota tendrá un contexto teórico muy sesgado. Creo que uno en la vida se mueve como un líquido en movimiento, como un charco de agua en la superficie de un barco que avanza en una tormenta. Sin embargo lo que está a nuestro alrededor nos termina delimitando. La zona en la que nos movemos, queda trazada por una frontera . Conseguiremos movernos de esa zona a otra, sí, pero la vida en sociedad delimita sus áreas. La adolescencia, por ejemplo, tan investigada por especialistas, pareciera tender a discutir inevitablemente con aquello que la llevó hasta ese momento. Necesita de ese desprendimiento para moverse hacia otro lado. Como si fuera el camino de un joven héroe: sale del palacio en el que se crió, entusiasmado, vibrante, y se pierde en aquello que no conoce y está del otro lado del muro. Siente la libertad como una suerte de eternidad. Todo eso otro, todo lo nuevo, brillará durante algunos años mucho más que el lugar de donde viene. Por mi parte, recuerdo haber descubierto a Wes Anderson mientras naufragaba por ahí sin saber a dónde iba, pero sabiéndome (o sintiéndome, por lo menos) en fuga. La cárcel que tanto conocía había quedado atrás. El deber ser, la religión, obedecer por obedecer, los mandatos. Todo atrás (al menos eso uno cree). Los libros acerca de la revolución socialista que me acercaban en la facultad, los textos de Nietzsche, me despeinaban. Todo para mí era nuevo. Y Anderson, llegaba ante mí como un rebelde. Como un atrevido, como alguien en el que yo podía reflejarme aún sin saber que años después me dedicaría al arte. Hoy día, veinte aproximados años después, descubrí hablando con otras y otros alrededor de mi generación que todos en algún momento amamos a Wes Anderson. Todos (o muchísimos) festejamos y disfrutamos Los Excéntricos Tenembaums, Moonrise Kingdom, El Fantástico Mr. Fox, El Gran Hotel Budapest. ¡Cuanta belleza y rebeldía! Un auténtico autor. Representa incluso el triunfo del cine de autor dentro de la industria. Claro que lo festejamos. Claro que sí…pero ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo Wes mostrarás siempre esa misma impoluta cara? Esa simetría tan bien diseñada, esa paleta de colores tan bella y balanceada. ¿Dónde están tus manchas? ¿Es posible que un gesto que en algún momento fue rebelde, se vuelva conservador por el paso del tiempo y la transformación de su contexto?

Se ha estrenado en mayo del 2025, hace menos de un mes, The phoenician scheme ("El esquema fenicio"). He de aclarar, antes que nada y luego de haberme explayado sobre tantos vericuetos teóricos y sensoriales acerca de la vida y el señor Anderson, que la película me gustó. Me gustó bastante, me hizo reír en el cine a carcajadas muchísimas veces con guiños muy valiosos al humor de antes, a la comedia de Buster Keaton, Chaplin, los Monty Python, o La Pistola Desnuda. Es más. Para mí hoy día la comedia es algo a festejar y es un gesto en sí mismo revolucionario. Incluso supo hacerse homenaje al propio humor de Wes Anderson a lo largo de su carrera, y recuperando entonces recursos absolutamente abandonados en sus últimas predecesoras La crónica francesa y Asteroid City (la edad nefasta de Wes). ¡Me gustó! Sí. Pero a las tres horas me olvidé que había ido al cine. "¿Por qué nos pasa ésto?" Pensábamos con mi pareja.

The phoenician scheme trata acerca de todo lo que tiene que hacer un indecoroso inversor y empresario llamado Zsa-zsa Korda (Benicio del Toro, excelente, querible, patético) para llevar adelante un enorme negocio, recuperando el vínculo con su única hija mujer, y perseguido por espías. Como en todas las películas de Anderson, la lista de intérpretes increíbles y deslumbrantes nombres propios, es extensa. Desearía estar en un set de filmación del realizador para espiar su estrategia, pero sin dudas mantiene una línea de dirección actoral prolija, arriesgada, fiel a sí misma, identificable y única. O bien opera constantemente sobre sus actores en set, o bien la claridad de dicha dirección es tácita y está sostenida por su propio filmografía anterior y por la claridad de su guion. Es decir, si jugáramos a imitar el estilo de actuación de Wes Anderson, todos, con más o menos herramientas, podríamos hacerlo. Ese detalle, lejos de ser un desatino, es un tesoro. No importa quién se sume al elenco, como por ejemplo sucede en The phoenician scheme con el dúo de Tom Hanks y Bryan Cranston (que efectivamente son un dúo cómico de apenas una escena). Todos los actores o actrices juegan a la perfección las reglas de juego de Wes Anderson y sus fábulas. Desde sus comienzos hasta la actualidad, Anderson vuelve verosímil todo lo que relata. El esquema de Anderson compuesto por lo estético, lo sonoro, lo rítmico, el montaje, lo fotográfico y lo actoral, trabaja en perfecta sinestesia con lo narrado. Sí, Anderson no falla. Pero claro. Anderson no falla. ¿Es posible que lo perfecto conmueva? ¿Estamos en tiempos donde al arte le basta nada más que con virtuosos recursos?

No tengo ni idea que es el arte, ni mucho menos qué define lo bueno y qué define lo malo. Seguramente tenga que ver, además del lazo más subjetivo entre la obra y el individuo (en donde se extiende la mayor infinitud y existe lo más insondable), con el contexto. El poder del contexto. Todos cambiamos, todos somos espectadores de algo, los espectadores cambian, y entonces las obras deberían cambiar. Para atender a su mutante y nuevo espectador, y por sobre todas las cosas, porque el autor debería haber cambiado. Debería haber entrado en crisis, haber podido discutir consigo mismo, volver a ser un insoportable adolescente al menos un mes de su vida. Si Wes Anderson es un humano como todos, lejos de su traje impecable y su eterna jovialidad facial, debe haberse roto. Debe haber sufrido los avatares de la vida. Estoy seguro de eso. Pero nada de eso pareciera sobrevivir en sus obras. Y si lo está, permanece lejano y demasiado escondido detrás de artilugios bellos y un cine de forma. Su creatividad está intacta, su virtuosismo y talento es innegable, pero no alcanza con eso para queramos serle fieles. Para que queramos acompañar a sus personajes en sus aventuras o desventuras.

Y si pudiera él salir de su hermetismo intelectual y estético, porque estoy convencido que es un ser mucho más sensible que lo que sus pretensiones admiten, comprendería que el espectador actual desea ser conmovido. Emocionado, sacudido por una risa explosiva que se entremezcle con el espanto, destrozado en el centro del alma, aterrado. Por la edad estimada, cualquiera de sus espectadores es consciente que la humanidad padeció una pandemia; todos sus espectadores sufrieron de alguna manera u otra el miedo a perder la vida que llevaban en esos casi dos años de quiebre radical; todos acceden hoy en día a una constante información multitemática que ronda entre la tercera guerra mundial, el retorno de la ultra derecha, el potencial choque de un meteorito que terminará con todo y la incontrolable evolución de la IA. Seguir hablándole a sus espectadores de la misma manera que le hablaba cuando estrenó Rushmore en 1999, no es fidelidad a sí mismo. Es terquedad. Y la terquedad, el conservadurismo, lamentablemente, es la mayor enfermedad del arte. No sé qué es el arte, pero sin dudas debe permitirse volverse deforme, errado, insostenible, sincero. ¿Por qué sonreís tanto Wes? ¿Por qué secás tan rápido tus lágrimas o tus manchas de sangre?

Chesi

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 3
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.