Los mayas, creadores del cero y maestros del maíz, se consideraban hijos de Hunab Ku. Eran guiados de día por Itzamná, señor de los cielos, y arropados de noche por el gran Oniros.
Los pueblos mayas miraban al sueño como algo más allá que solo imágenes fugaces, o algo sin propósito; lo veían como un tesoro, la llave que abría el pasado y la pieza forjadora del futuro. Al ser uno de los tesoros más grandes y, sobre todo, al alcance de cualquier ser soñador, se hizo necesario un la presencia de un protector. Este ser existente en lo tangible del universo y a su vez de lo intangible sería el protector del futuro de las almas del pueblo, habitando donde los inicios culminan y los finales nacen. Su nombre era símbolo de protección entre los guerreros de piel de latón y rugido de jaguar, describiéndole como la bestia temida por Ah Puch Wayak y, a su vez, como el amigo de los niños. Muchos nombres adornaban a este ser tan especial para el pueblo, pero todos figuraban hacía aquel primer soñador.
Cuando caen las noches y el pueblo duerme, las sombras acechan. Serpientes con alas y demonios cambiaformas rondan las casas en busca de alimento. Cada sueño emite estelas de luz imperceptibles para el ojo terrenal, pero, para aquellos ojos que cruzan los puentes entre la vida y la muerte, son un llamado a un festín listo para devorar. Seducidos por el aroma y la estela del sueño joven, iban tras los niños, almas soñadoras, reinas del futuro de la civilización. Con sus feroces garras y deseos de corrupción, iban dañando el sueño de los infantes conforme avanzaba la noche, metiéndose bajo sus techos y apagando la luz de cada sueño. El cielo nocturno había sido abrazado por los gritos ensordecedores de los niños en peligro.
De pronto, las nubes se apartaban y la luna se iluminaba. Una silueta de ojos brillantes y cuerpo estelar hacía su presencia. Desgarrando cada sombra, abría su paso, protegiendo a los infantes y convirtiendo a cada ser maligno en una estrella brillante. Era de mano dura, pero de visión bondadosa, dándole una segunda oportunidad a cada ser viviente. Cuanto más corrompido estaba el ser, más fuerte era la luz de dicha estrella, siendo estos los faros estelares que hoy nos guían durante la noche.
En la batalla final contra Ah Puch, el rey del inframundo, Wayak sabía que no existiría retorno. Decidida por su misión, emprendió su último viaje, entre las sombras devoradoras de sueños tomó a Ah Puch por los brazos y desgarrándolo por todo el cielo nocturno, dejando auroras boreales grabadas en el firmamento. Fue la noche más larga que el cielo maya jamás tuvo. Su legado quedó escrito en la noche estrellada, un recordatorio de que incluso en la sombra más profunda, siempre habrá una luz que guíe el camino. Al sacrificar su vida, Wayak selló a Ah Puch, asegurando que el mal no prevaleciera y dejando una marca de esperanza en el cielo nocturno.


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