"Intensamente": la película que no entendés hasta que crecés… y duele 

Cuando la vimos por primera vez, creímos que era una peli para chicos. Colores brillantes, personajes graciosos, emociones que tienen forma y voz. Alegría es simpática, Tristeza es torpe, Furia grita, Temor salta, Desagrado se queja. Y Riley… solo es una nena confundida.

Pero cuando la volvés a ver de grande —cuando ya te pasaron cosas, cuando te dolió el pecho y no sabías por qué, cuando lloraste por algo que no podías nombrar—, Intensamente se convierte en otra cosa.

Te das cuenta de que la historia no es sobre una nena que se muda.
Es sobre nosotros mismos, en esa etapa de la vida en la que empezamos a dejar de ser niños, y de a poco, empezamos a perdernos un poco también.

Porque ¿Quién no intentó esconder la tristeza para no preocupar a los demás? ¿Quién no se forzó a estar bien, a sonreír, a decir "todo bien" cuando en realidad se estaba cayendo a pedazos?

Alegría, en un principio, representa eso: el mandato de estar bien. La urgencia por reír, por sostener la imagen de felicidad, por tapar cualquier indicio de angustia. Pero con el tiempo entendemos que Alegría sola no alcanza. Que hay momentos donde lo más necesario es permitirnos llorar, frenar, abrazar la tristeza sin miedo.

Y ahí aparece Tristeza, esa emoción tan negada, tan incómoda. Pero también tan honesta, tan humana. Es Tristeza la que permite que Riley conecte con sus padres. Es Tristeza la que hace que alguien se acerque a consolar. Es Tristeza la que activa el amor.

De grandes también entendemos el duelo silencioso que atraviesa Riley. Porque no está llorando solo por una mudanza. Está despidiéndose de una etapa de su vida. De su casa, de sus amigos, de su infancia. Está empezando a comprender que crecer implica perder, que ya no todo es simple, y que los recuerdos felices también pueden doler cuando ya no vuelven.

Y después está él. Bing Bong.

El amigo imaginario que la lleva lo más lejos que puede… y luego se despide.
No hay escena más devastadora y hermosa que esa. Porque Bing Bong no es solo un personaje. Es la infancia misma, que sabe que tiene que irse para que podamos seguir. Y se va en silencio, con una sonrisa, pidiendo que la niña que fuiste nunca lo olvide del todo.

Intensamente no es solo una película. Es un espejo emocional. Es una lección sobre salud mental mejor que cualquier libro. Es una invitación a dejar de negar lo que sentimos, a permitirnos estar mal sin sentir culpa, a entender que no hay alegría verdadera sin atravesar la tristeza.

De grandes, la película deja de ser para niños.
Se vuelve para todos aquellos que alguna vez se sintieron perdidos, desconectados, cansados de fingir que está todo bien.

Y al final, cuando Riley logra poner en palabras su tristeza y los padres la abrazan… entendemos que no era solo ella la que lo necesitaba. También nosotros.

Porque crecer es, muchas veces, aprender a decir:
“No estoy bien. Y necesito que alguien me escuche.”

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