Mi amigo el mostró, es mi propia mente 

Cuando el corazón se cansa de recibir tantas heridas, no estalla… se encierra. Se vuelve cruel consigo mismo, bloquea sentimientos que quieren fluir, no porque ya no quiera amar, sino porque intenta repararse. Aunque jamás vuelva a ser el mismo, aprende a protegerse. A liberarse de aquello que no le da vida, para que si llega alguien que traiga luz —o más heridas—, esté preparado. Porque incluso después de romperse, el corazón nunca deja de tomar riesgos.

Y es ahí donde nace el monstruo… no debajo de la cama, sino en la mente. Mi mente.

Cuando el alma está rota, se expresa con gritos silenciosos. Aunque el rostro conserve la sonrisa, el brillo en la mirada se vuelve opaco. La luz se atenúa. Quien mira de cerca puede notarlo: el alma está en agonía, devorando el interior lentamente. Y en esa oscuridad, uno busca consuelo, pero lo busca mal. Lo busca en personas equivocadas, en falsas felicidades, en promesas vacías. Sin entender que la única salida real está dentro. Solo uno puede rescatarse.

El monstruo crece en ese mundo gris. Se alimenta del juicio, de las expectativas, de las palabras crueles de una sociedad que no ve, que no escucha, que opina desde la ignorancia. Y entonces uno se esconde. Se recluye en habitaciones sin ventanas, se viste con sonrisas prestadas y aprende a parecer “normal” para no incomodar.

Pero el alma rota no se cura con consejos superficiales. No se sana con frases de calendario ni con espiritualidad vacía. Necesita espacio, tiempo… y verdad.

Controlar la mente, entonces, se convierte en una batalla diaria. Una guerra silenciosa. No es fácil luchar contra uno mismo cada noche. No es fácil gritarle al mundo “me liberé de la oscuridad” cuando sabes que el próximo obstáculo puede derribarte otra vez. Pero con el tiempo… uno aprende. Aprende a convivir con su monstruo. A reconocerlo. A hablarle.

Porque a veces, el monstruo no quiere destruirte. Solo quiere que lo entiendas.

Yo soy parte de ese porcentaje enorme que vive con este monstruo. Que ha sido marcado por la ansiedad, la depresión, la pérdida. He llorado en habitaciones oscuras, rogando a mi Creador que me libere. Perdí a mis hijos, a mis padres, a mi yo anterior. Y sin embargo, sigo. No porque sea fuerte, sino porque no me ha vencido.

He ayudado a otros a salir del abismo mientras yo sigo dentro. Si un día esta oscuridad me consume, no será por debilidad, será por cansancio. Y aun así, sigo. Aunque caiga, aunque me abandonen, aunque el dolor duela más que ayer.

Seguiré buscando salidas en laberintos invisibles. Seguiré tratando de liberar mi alma de esta tristeza profunda. Aunque digan que estoy al borde de la locura, yo sé que mi mente no podrá conmigo.

Y a ti, sociedad: si no puedes ayudar, al menos no lastimes. Aprende a mirar más allá de la sonrisa. A no juzgar lo que no entiendes. La depresión y la ansiedad no se eligen… pero la empatía, sí.

Por eso, este desafío se llama así. Porque "Mi amigo el monstruo” no es un villano. Es la parte de mí que más ha sufrido… y que aún así quiere vivir.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.