A veces el cine te entiende antes que tú 

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No estoy seguro de cuándo comencé a observar películas de la misma manera que escucho a un viejo amigo que ha tenido muchas experiencias en su vida. Quizás fue en el momento en que comprendí que hay escenas que no duele por lo que muestran, sino por lo que evocan en nosotros. Vamos al cine en busca de un relato, y a veces nos topamos con un reflejo. Un reflejo que es sincero, pero que tampoco brinda explicaciones. Simplemente muestra lo que hay. Y te deja ahí, sin más.

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Existen películas que me han hecho experimentar emociones que no sabía describir. Otras han arruinado mis días, no por su tristeza, sino por su precisión. Algunas solo las comprendí años más tarde, cuando ya había pasado por suficientes experiencias como para asimilarlas. El cine, cuando es genuino, no siempre es entretenido. A veces provoca una pausa. Otras, resulta incómodo. En ocasiones, plantea preguntas que uno no deseaba contestar.

No sera lo mismo ver El rey león a los ocho años que a los treinta. De niño lloré por la muerte de Mufasa. Como adulto, lloré porque Simba se sentía perdido. Porque me vi huyendo como él. Porque entendí que hay un tipo de soledad que solo se siente cuando uno pierde la noción de su propia identidad. Y a veces, elegimos olvidar a propósito. Porque recuerda duele más.

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Por ejemplo, Her no trata de un romance con una inteligencia artificial. Habla de cómo, en ocasiones, elegimos amar aquello que no puede tocarnos porque tememos ser realmente vistos. También he buscado refugio en lo que no espera nada de mí. En lo que solo responde pero nunca cuestiona. Por ello, esa película me impactó en un momento posterior. No en el instante en que la vi, sino cuando la viví.

He reflexionado mucho sobre cómo el buen cine no solo narra historias, sino que se infiltra en la tuya. Las películas, de alguna forma, te esperan. Acechan hasta que estés preparado. A veces las vuelves a ver un par de veces y parecen ser completamente distintas. Sin embargo, no fueron ellas las que cambiaron, fuiste tú. Porque el sufrimiento agudiza la percepción. Porque ciertas heridas amplían nuestra visión.

No deseo escribir sobre cine solo para criticar lo que ocurre en pantalla. Quiero escribir sobre lo que me sucedió a mí mientras la película seguía proyectándose. Quiero relatar cómo una frase mal traducida me impactó más que un desenlace trágico. Cómo una toma sostenida me hizo sentir como si alguien me estuviera observando desde mi interior. Quiero escribir como quien recuerda. Como quien confiesa.

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Quizás por eso regreso a ciertas películas. No porque sean perfectas, sino porque me abrazan. Porque en su ritmo, en su silencio, en sus personajes dañados, encuentro fragmentos de mí. Y eso es suficiente. Eso lo justifica todo.

No se trata de si una película es buena o mala. Se trata de si te ha revelado algo que no sabías cómo expresarte a ti mismo.

Y en esos momentos, no requieres de un grupo que decida.

Tampoco de un espacio para exponerlo.

Ni siquiera de una razón para plasmarlo en palabras.

Solo te hace falta un folio, o una pantalla.

Y permitir que se exprese a través de ti.

Como lo hacen los mejores amigos.

Como lo hacen las grandes películas.

#entretitnaypensamientos.

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