No fue solo la estética. Aunque claro, era parte del hechizo: el esqueleto alargado, la sonrisa perfecta, la elegancia sin carne, el porte teatral. Jack Skellington no era un monstruo. Era algo más complejo. Más humano, tal vez, que muchos personajes de carne y hueso. Y en mi adolescencia —o tal vez antes, incluso— hubo algo en él que me atrapó. Algo que no supe nombrar en su momento, pero que ahora entiendo.
Jack era el Rey de Halloween, el amo del espanto, el que todos admiraban. Tenía su rol, su mundo, su título. Y, sin embargo, no estaba satisfecho. Había una tristeza en su voz, un vacío detrás de sus gestos grandilocuentes. Esa escena en la que camina solo por el bosque, cantando que está cansado de asustar, que necesita algo más, se me quedó grabada en el pecho. Como si yo, también, aunque no tuviera un título ni un reino, entendiera perfectamente lo que significaba ese vacío.

Jack tenía éxito, pero no sentido. Tenía aplausos, pero no dirección. Y eso… eso era demasiado familiar.
Su fascinación con la Navidad era hermosa. Porque no era solo por los colores o la novedad. Era un deseo desesperado de cambiar de piel. De escapar de lo que era. De probar otra vida, aunque no le perteneciera. Yo también tuve esa pulsión. De querer ser otra cosa. De querer sentir distinto. De disfrazarme de alegría, incluso cuando por dentro todo era gris.
Y, sin embargo, Jack no era un villano. Su error no fue malicia. Fue confusión. Fue exceso de entusiasmo. Fue intentar amar algo sin entenderlo. Fue el clásico acto humano de creer que podemos reinventarnos sin consecuencias. Y ahí también me vi reflejado. En esa mezcla de ingenuidad y torpeza. En ese deseo tan puro de encontrar un lugar propio… incluso cuando ese lugar no es para ti.

Me fascinó Jack porque era trágico sin perder su elegancia. Porque era oscuro, pero con un corazón que palpitaba fuerte. Porque no era perfecto. Porque se equivocaba y aprendía. Porque tenía una tristeza que no escondía detrás del maquillaje, sino que hacía parte del espectáculo. Porque, en el fondo, lo único que quería era sentir de verdad. Ser parte de algo que lo conmoviera.
Y quizá yo también buscaba eso. Sentido. Conexión. Algo más allá del rol que me habían asignado.
Jack me enseñó que incluso los reyes pueden sentirse perdidos. Que incluso quienes parecen tenerlo todo pueden necesitar comenzar de nuevo. Que a veces confundimos el deseo de transformación con el deseo de huida. Y que regresar a uno mismo, después de todo, puede ser el acto más valiente.
Por eso me fascinó. Porque me hizo sentir menos solo. Porque, entre calabazas, esqueletos y villancicos distorsionados, me recordó que está bien no estar bien. Que está bien buscar. Que está bien no entenderlo todo.
Y que incluso cuando fallamos —cuando secuestramos la Navidad, cuando arruinamos lo que tocamos intentando amar—, todavía podemos cantar, levantarnos… y ser nosotros mismos otra vez.
Aunque todos los niños de mi sector le daba miedo Jack, yo me compadecí de el.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.