
Hay películas que, como ciertas canciones o cartas no enviadas, se quedan dormidas en el fondo de nuestra memoria. Ahí están, esperando. Y un día, sin que uno lo vea venir, despiertan. Y es entonces cuando te das cuenta de que no era que la película no tuviera sentido… es que tú aún no estabas listo para entenderlo.
Así me pasó con El Hijo de la Novia, aquella joya del cine argentino dirigida por Juan José Campanella. La vi por primera vez en la secundaria, en una de esas clases de formación cívica donde el maestro solo quería que estuviéramos callados. Recuerdo que me pareció lenta, sentimental hasta lo cursi, y que me preguntaba a cada rato cuánto faltaba para que acabara. No entendí qué tenía de especial un hombre cuarentón con una crisis existencial, una madre con Alzheimer, y un restaurante a medio morir. Pensé, desde mi trinchera adolescente, que esa película no era para mí.
Pasaron los años. Pasaron muchas cosas. La muerte de mi abuela. La primera vez que vi a mis padres romperse, no por pelear, sino por la vida misma. Las dudas sobre lo que hago, a dónde voy, quién soy. Y ahí fue cuando, en una madrugada cualquiera, volví a toparme con El Hijo de la Novia. No por accidente, sino porque algo en mí sabía que esta vez la historia me hablaría distinto. Y vaya que lo hizo.
La película no cambió, pero yo sí. Ahora entendí que la crisis del protagonista, Rafael, no era una historia ajena, sino un reflejo brutal de cómo nos arrastra el tiempo sin pedir permiso. Entendí el amor en la vejez, cuando ya no se tienen recuerdos, pero sí se conserva la promesa. Entendí lo difícil que es ser hijo cuando los roles se invierten y eres tú quien cuida a quien te enseñó a caminar. Y entendí que uno puede tenerlo todo, trabajo, pareja, rutina y aun así sentirse perdido.
No sé si fue la fotografía cálida, los diálogos tan humanos, o la forma en que Norma Aleandro encarna la ternura desde el olvido… pero esta vez lloré. Y no de tristeza, sino de reconocimiento. Como si alguien hubiera puesto en palabras lo que no me atrevía a pensar.
Hay películas que necesitan que uno viva un poco para poder verlas de verdad. Como quien necesita romperse para entender el arte del remiendo. El Hijo de la Novia fue para mí una de esas películas. De esas que uno no comprende… hasta que la vida se encarga de prepararte para sentirla.
Y es entonces cuando el cine deja de ser solo entretenimiento: se convierte en espejo, consuelo y lección. Y uno agradece, tarde pero agradece, que existan historias así.
Un poco de contexto sobre El Hijo de la Novia es que es una película argentina estrenada en 2001, dirigida por Juan José Campanella y escrita por él mismo junto a Fernando Castets. Se convirtió rápidamente en una de las películas más queridas del cine argentino moderno, y fue nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera en 2002. Aunque su tono es cálido y está lleno de humanidad, fue creada en un momento profundamente convulso en Argentina ya que la película se sitúa justo antes del estallido económico y social del 2001 en Argentina, una época marcada por la crisis financiera, el desempleo, el hartazgo con la política y una sensación de vacío generalizado en la sociedad. En ese ambiente, muchos argentinos se replanteaban sus prioridades, sus vínculos y el verdadero valor de la estabilidad. El Hijo de la Novia no habla directamente de la crisis, pero la refleja con una sutileza admirable: muestra a un protagonista que parece tenerlo todo, un negocio, éxito aparente, una pareja, pero que en el fondo está desconectado de sí mismo, de su hija, de sus padres y de su propósito.


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