Ser como El Gran Pez 

La primera vez que vi El gran pez fue en mi adolescencia, y me cautivó por muchas razones que, con el tiempo, he logrado comprender mejor. Recuerdo regresar junto a Edward Bloom a Ashton, ese pequeño pueblo del sur donde todo parecía posible si él lo contaba. Edward Bloom, con su aire extravagante, relataba su vida como si fuera un cuento de hadas: me fascinaban sus historias imposibles, su manera de convertir lo ordinario en épico. En contraste, Will, su hijo, me resultaba molesto. No entendía cómo alguien podía cuestionar a un hombre que claramente tenía magia en las venas. ¿Por qué no simplemente dejarse llevar?

Ahora que soy mayor puedo comprender entonces a Will, pero sobre todo entiendo aún más a su padre.

Hoy entiendo a Will. Entiendo su necesidad de certeza, su deseo de saber quién fue realmente su padre más allá de las leyendas. Cuando uno crece, comienza a buscar respuestas, raíces, verdades que no sean decoradas con fuegos artificiales. La infancia acepta la fantasía con facilidad; la adultez, en cambio, necesita pruebas. Y también entiendo que su desdén no venía del desprecio, sino del amor: querer conocer realmente a alguien es una forma profunda de quererlo.

Pero con el paso de los minutos —y de los años— también terminé entendiendo, incluso más, a Edward Bloom.

Big Fish es una película sobre las historias, sí, pero sobre todo es una película sobre el crecimiento. Y de todas las metáforas que nos regala, me parece que la del pez dorado es mi favorita.

Edward cuenta que un pez puede crecer tanto como el espacio en el que vive. Si lo dejas en una pecera, será pequeño. Si le das más espacio, puede volverse enorme. Y esa es toda una declaración sobre cómo vivir. Porque Edward no se conforma con una vida pequeña, con una rutina contenida. Él busca siempre más: se va de su pueblo, se enfrenta a lo desconocido, conoce lo extraordinario. No por vanidad, sino porque intuye que la única manera de crecer es saliendo de la comodidad. De lo contrario, uno se queda del mismo tamaño para siempre.

Esa es la enseñanza que me llevo ahora, como adulta: que hay que ser como el gran pez. Atreverse a nadar en aguas más profundas, a cambiar de hábitat, a cruzar límites. La magia de Edward Bloom no está solo en su forma de contar historias, sino en su manera de lanzarse a la vida como si fuera una aventura constante. Y al final, esa visión contagia. Incluso Will, que tanto lo cuestionó, termina entendiendo que detrás de cada historia había una verdad. Que no importaba si todo sucedió tal cual lo contó su padre. Lo importante era que él vivió como si así hubiera sido. Y ese es quizás todo el realismo que alguien pudiese necesitar.

Ahora, cuando pienso en Big Fish, no me fijo tanto en qué fue real y qué no. Me fijo en la valentía que se requiere para vivir, en la capacidad de embellecer la vida sin negarla, y en ese impulso de salir de la pecera cada vez que el mundo se vuelve demasiado chico.

Porque crecer duele, pero también libera. Y porque, en el fondo, todos queremos ser como el gran pez.

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