"Entendí Asesinos por naturaleza cuando crecí"
Cuando vi Asesinos por naturaleza (Natural Born Killers) por primera vez, era un adolescente curioso y confundido. La película me pareció extraña, violenta, excesiva, casi insoportable. Tenía la estética de una pesadilla: imágenes saturadas, cortes abruptos, momentos psicodélicos, y dos protagonistas imposibles de entender. ¿Cómo era posible que una pareja de asesinos seriales fuera mostrada con esa aura de ídolos pop? Me sentí desorientado. La apagué, tal vez la juzgué, pero algo quedó rondando en mi cabeza.
Pasaron los años y volví a verla. Ya no con los ojos de un adolescente que busca entretenimiento, sino con la mirada de alguien que empieza a entender el funcionamiento brutal —y muchas veces absurdo— del mundo adulto. Entonces, todo cambió. Asesinos por naturaleza no era solo una película sobre violencia; era una película sobre nosotros: sobre la sociedad, los medios, el morbo, y nuestra complicidad silenciosa con todo aquello que decimos detestar.
Dirigida por Oliver Stone en 1994, basada en un guion original de Quentin Tarantino (modificado profundamente por Stone), la película sigue a Mickey y Mallory Knox, una pareja que emprende un sangriento viaje por carretera, dejando un rastro de cadáveres y cámaras encendidas detrás. Pero el verdadero foco no está solo en ellos, sino en cómo los medios de comunicación los convierten en celebridades, cómo el crimen se transforma en espectáculo, y cómo el espectador —nosotros— consume esa violencia como parte de su dieta diaria.
Hoy lo entiendo: no es una película que glorifica el asesinato, sino que glorifica nuestra hipocresía colectiva. Nos horroriza la violencia, pero seguimos las noticias como si fueran series de Netflix. Decimos condenar el odio, pero viralizamos el escándalo. Nos indignamos ante la sangre, pero no podemos dejar de mirar. Asesinos por naturalezaentendió eso antes que muchos. Y lo mostró sin pedir disculpas.
Al crecer, también comprendí lo arriesgada y adelantada que fue su propuesta estética. La película no solo contaba algo, sino que lo hacía desde la locura misma del sistema que critica. Mezcla animación, imágenes en blanco y negro, falsos programas de televisión, cámaras de seguridad, sitcoms, flashes psicodélicos, y nos sumerge en un carnaval de estímulos que refleja la sobrecarga sensorial en la que vivimos. En ese sentido, Asesinos por naturaleza fue también una advertencia temprana del mundo que hoy habitamos: una era de redes sociales, escándalos en tiempo real, y consumo constante de imagen sin filtro.
Lo entendí cuando crecí, cuando vi que la televisión que antes parecía exagerada, ahora existe en TikTok, en Twitter, en noticieros que rozan el show. Cuando comprendí que muchas veces un asesino serial tiene más cobertura que una tragedia humanitaria. Que la figura del “antihéroe” se ha instalado con fuerza, y que, en medio del caos, la línea entre víctima, agresor y espectador se vuelve cada vez más borrosa.
Asesinos por naturaleza no es una película fácil, ni pretende serlo. Es incómoda, brutal, a ratos insoportable. Pero justamente por eso es tan necesaria. Porque no te acaricia: te golpea. Te obliga a ver. Te hace responsable.
Y es por eso que creo que hoy más que nunca nos hace falta más cine así: valiente, incómodo, que se atreva a incomodar y señalar. Cine que no busque validación, sino verdad. Cine que no le tema a la controversia, sino al silencio. Cine que, como esta película, no deja indiferente a nadie.
Porque crecer, también es aprender a mirar de frente aquello que preferimos ignorar.


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