El fin de semana pasado, sin planearlo mucho, decidí ir al cine. La verdad, hacía semanas que no salía. Entre el trabajo, las obligaciones y las mil excusas que uno se inventa para no despegarse de la rutina, ir al cine se había vuelto casi un lujo olvidado. Pero ese sábado, algo en mí dijo “sal, despeja la cabeza”, y terminé caminando hacia el centro comercial más cercano.
La cartelera no ofrecía nada que me llamara especialmente la atención. Superhéroes, explosiones, comedias románticas… lo de siempre. Estaba a punto de irme cuando mis ojos se detuvieron en un póster diferente. Mostraba a un enorme monstruo peludo, de color azul oscuro, con grandes garras y unos ojos inmensos que, lejos de dar miedo, transmitían una extraña ternura. El título decía: “Mi amigo el monstruo”.
Me quedé mirándolo un momento, indeciso. La gente pasaba a mi lado, apurada, y yo seguía ahí, preguntándome si debía comprar la entrada. La imagen del monstruo me resultaba familiar, como si representara algo que había sentido antes, pero no podía explicarlo. Finalmente, por simple curiosidad —o quizás por necesidad— compré la entrada y entré.
La sala estaba casi vacía. Tal vez diez personas repartidas entre las butacas. Me senté en una esquina, lejos de todos, como suelo hacer. Las luces se apagaron y la pantalla cobró vida.
La película contaba la historia de Leo, un niño de unos diez años, callado, tímido y solitario. En la escuela, los otros chicos se burlaban de él; en casa, su madre hacía lo posible para criar a Leo sola, tras la reciente pérdida de su padre. Todo en la vida de Leo parecía gris, hasta que, una noche, siguiendo unos extraños ruidos, descubrió a Gruff: un monstruo enorme, de pelaje azul, colmillos afilados y unos ojos que escondían un profundo dolor.
Al principio, Leo tuvo miedo, como cualquier niño al encontrarse con una criatura salida de sus peores pesadillas. Pero pronto descubrió que Gruff no era lo que parecía. No era un monstruo que asustaba, sino uno que protegía. Un ser incomprendido, escondido del mundo porque la gente solo veía su apariencia y no su verdadero corazón.
Lo curioso fue que, mientras la historia avanzaba, me di cuenta de que Mi amigo el monstruo no era solo una película infantil. Era un espejo. Un espejo de todos esos miedos, traumas e inseguridades que cargamos y que preferimos ocultar, como si fueran monstruos escondidos bajo la cama. La película mostraba que esos monstruos, lejos de ser nuestros enemigos, podían ser nuestros aliados, si los aceptábamos y aprendíamos a conocerlos.
Me vi reflejado en Leo. Recordé mi infancia, cuando también fui un niño solitario, más amigo de los libros que de las personas, escondiéndome de los demás para evitar sus burlas. Recordé mis propios "monstruos": el miedo al rechazo, la ansiedad, las dudas que me perseguían como sombras. Durante años, traté de ignorarlos, de esconderlos, como si negarlos los hiciera desaparecer.
Pero ahí estaba Gruff, en la pantalla, recordándome que esos monstruos no desaparecen. Que lo único que logras al ignorarlos es vivir con miedo. Pero si los enfrentas, si los aceptas, descubres que pueden convertirse en parte de ti, que te fortalecen, que incluso te protegen.
La película terminó y, al salir de la sala, escuché a un niño pequeño decirle a su mamá:
—Mamá, yo también quiero un monstruo amigo.
Su madre sonrió y le revolvió el cabello. Yo, en cambio, sonreí por dentro, porque entendí algo que ese niño todavía no sabía: todos ya tenemos un monstruo amigo. No siempre se ve como Gruff, ni tiene pelaje azul, ni colmillos. A veces, se ve como el miedo que nos impulsa a ser valientes, como la tristeza que nos enseña a valorar los momentos felices, o como la inseguridad que nos obliga a superarnos.
Desde ese día, cada vez que me siento caer en la rutina, en el estrés o en las inseguridades, recuerdo a Gruff. Recuerdo que mis monstruos no son enemigos, sino parte de mi historia. Y sonrío, porque sé que, en el fondo, nunca estoy solo: siempre está conmigo mi amigo el monstruo.


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