Fui a ver Entrenando a mi dragón en su versión live action sin haber visto antes la famosa película animada, y la verdad es que salí del cine con una sonrisa enorme. Me pareció una película super linda, cuidada en cada detalle, y con una historia que, aunque no conocía previamente, me atrapó de principio a fin. Es de esas películas que te hacen bien, que sentís que podés recomendar sin dudar, porque transmite ternura, valores positivos y tiene un ritmo entretenido que no aburre ni siquiera por un segundo.
Uno de los puntos más fuertes para mí fue Chimuelo. No puedo poner en palabras la ternura que genera este dragón. Está hecho con un nivel de realismo impresionante, pero sin perder esa expresividad que lo vuelve adorable y querible desde el primer momento. Las escenas entre él y Hipo son lo mejor de la película: su conexión, cómo se van conociendo y entendiendo, está muy bien lograda.
En general, la película tiene una estética muy cuidada. Los escenarios, la música, el vestuario... todo ayuda a construir ese mundo vikingo fantástico en el que se desarrolla la historia. Y lo más importante: logra equilibrar bien la aventura con el corazón. Es decir, no se queda solo en la acción o en los efectos, sino que transmite un mensaje hermoso sobre la empatía, la amistad y la posibilidad de cambiar formas de pensar establecidas.
Me gustó mucho que no necesitás haber visto la versión animada para disfrutarla. Sentí que entendí perfectamente el mundo y a los personajes. No me sentí “afuera” en ningún momento. En resumen, Entrenando a mi dragón en live action me pareció una película muy bien lograda, sana y conmovedora. Ideal para todas las edades y perfecta para reconectar con ese lado tierno que a veces dejamos de lado.



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