Lecciones de que el cine me regalo al crecer 

El cine ha sido para mí mucho más que entretenimiento; ha sido una ventana a emociones, aprendizajes y momentos que marcaron mi camino.
Recuerdo cuando salía de la universidad y me dirigía al teatro ABC, donde cada semana disfrutaba de una película diferente.
Aunque ahora no recuerdo los nombres de esas historias, sí guardo en el alma las sensaciones, las enseñanzas y la magia que viví en ese pequeño refugio.
Aquel lugar se convirtió en mi espacio de encuentro conmigo misma, con la ternura, la reflexión y los sueños.
Era como entrar en otra dimensión, donde las luces se apagaban, y solo quedábamos la historia y yo

A veces, cuando sentía que el mundo me dolía o cuando quería huir de mi madre y los problemas de casa, buscaba refugio en el cine.
Me quedaba allí, viendo pasar las horas, esperando que llegara la noche y el silencio.
Era mi forma de respirar, de sentirme libre por un rato, de olvidar lo que pesaba.

Con el tiempo me di cuenta de que aquellas películas no eran solo ficción, sino espejos de lo que vivía o temía.
Había escenas que, en su momento, me parecían simples, pero años después cobraban un nuevo significado.
El cine me ayudaba a ver lo invisible, a encontrar respuestas, a abrir puertas internas que ni siquiera sabía que estaban cerradas.

Además, recuerdo que las películas que más me gustaban eran las de terror, esas que me ponían la piel de gallina y aceleraban mi corazón.
Especialmente las de zombis, que me fascinaban por su mezcla de miedo y aventura.
Buscar esas historias me hacía sentir valiente, como si pudiera enfrentar cualquier cosa, incluso lo desconocido que asusta.
Esas películas me enseñaron que el miedo también es parte del crecimiento y que enfrentarlo puede ser una aventura maravillosa.

Cuando salía del teatro ABC, a veces iba sola y otras con mi amiga Anabel.
Caminábamos nerviosas por esas calles, con la imaginación encendida, pensando que en cualquier momento aparecería un zombie o algo aterrador.
Nos reíamos y bromeábamos entre nosotras, diciendo: “Ni más veo una película de terror” — pero al pasar los días, ya estábamos de vuelta en la sala, buscando otra historia que nos hiciera sentir esa mezcla de miedo y emoción que tanto nos gustaba.

Con los años fui comprendiendo que ese gusto por el cine no era solo por pasar el rato, sino porque me conectaba con emociones profundas.
Había películas que parecían hechas para mí, como si los personajes dijeran en voz alta lo que yo callaba.
Tal vez por eso me gustaban tanto, porque me acompañaban sin juzgarme, porque me hacían sentir menos sola y más comprendida.

Hoy, cuando pienso en todo lo que esas películas significaron para mí, me doy cuenta de que el cine me formó tanto como los libros o las conversaciones importantes.
A veces, una escena o una frase se quedaban dando vueltas en mi mente durante días, haciéndome ver la vida desde otra perspectiva.
Gracias a esas historias, aprendí a observar, a imaginar, a sentir con intensidad.
Y aunque el tiempo ha pasado, sigo creyendo que cada película que nos toca el alma deja una semilla que florece cuando menos lo esperamos.

Cada vez que entraba en una sala, algo dentro de mí se abría.
A veces salía con el corazón apretado, otras con una sonrisa inmensa.
Pero siempre salía distinta.
Me gusta pensar que, en cada película que amé, dejé una parte de mí.
Y que, sin saberlo, también recogí trocitos de quienes la hicieron, de quienes soñaron esas historias.
Ver cine fue y sigue siendo una forma de descubrirme.
Y ahora, al escribir esto, reconozco con ternura que esas películas que me acompañaron y me ayudaron a crecer.

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