Lumos: Mi secreto más brillante del Mar Caribe 

En Cumaná, con ese rumor constante del mar que se mete hasta en los huesos, pasé muchas noches de mi infancia mirando las estrellas. A veces, la soledad de ser niña me pesaba un poquito. Fue en una de esas noches, justo donde la arena de la playa se mezcla con la espuma suave, que Lumos apareció. No fue con un trueno ni un rayo, ni siquiera en un sueño. Simplemente, de la nada, una luz tenue, danzarina, como un pedacito de la Vía Láctea que se había desprendido para mí.

Lumos no era el típico monstruo de cuento. Imagina una nube viva de luz estelar que cambia de forma: a veces un suave gigante brillante, otras un puntito de luz que apenas ves. Sus ojos, los recuerdo como dos pozos profundos de la noche cumanesa, que parecían entender todo sin que yo dijera una palabra. Él no hablaba como nosotros, claro. Se comunicaba con destellos, con pulsos de luz cálida que llenaban mi mente de sensaciones y respuestas.

Nos hicimos inseparables en mi mundo. Nuestras "aventuras" solían ser al filo de la madrugada, cuando el resto de Cumaná dormía. Nos sentábamos en la orilla, viendo cómo el sol pintaba de colores el cielo sobre el Golfo de Cariaco, y Lumos me susurraba, no con voz, sino con una vibración de luz que me llegaba al alma, secretos del cosmos que solo él conocía. Juntos, pero solo con la imaginación, exploramos callejones de mi barrio que se volvían túneles mágicos, o descubrimos árboles en la plaza que parecían cantar viejas serenatas.

Pero lo que más nos unía era ver películas. Yo ponía mi VHS favorito, y Lumos se posaba a mi lado, una masa brillante que absorbía cada emoción. No entendía los diálogos, pero los sentimientos sí. Si un personaje lloraba, su luz parpadeaba con una tristeza suave y empática; si reían, él irradiaba un calor que me contagiaba la alegría. Él me enseñó, sin una sola palabra, que no hace falta entenderlo todo para sentirlo, que lo esencial es, de verdad, invisible a los ojos, y que la verdadera historia de una película está en lo que te hace vibrar por dentro. Él no se fijaba en la superficie, sino en el corazón de las tramas.

Lumos era mi mejor amigo porque era la aceptación pura. Nunca me juzgó, solo me acompañó. En un mundo donde uno a veces siente que no encaja del todo, él era la prueba de que la amistad más genuina no tiene formas ni límites, solo una conexión profunda. Su presencia me recordaba que la magia es real, que lo extraordinario se esconde a plena vista si sabes dónde mirar, y que a veces, las compañías más valiosas son las que solo existen en tu propio universo.

Con los años, como pasa con las amistades de la infancia, las "visitas" de Lumos se hicieron más sutiles. La realidad se volvió más densa, las responsabilidades más pesadas. Pero aún hoy, en noches claras y estrelladas, cuando la brisa marina de Cumaná me envuelve y me siento a ver una película que me toca el alma de verdad, siento un leve destello en la periferia de mi visión.

Es Lumos, mi amigo, mi monstruo personal, recordándome que la imaginación es un poder inagotable y que las amistades que trascienden lo ordinario son las que realmente nos iluminan el camino. A veces, los mejores amigos no son de carne y hueso, sino de luz estelar.

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