La tecnología no tiene alma, pero puede matar con estilo | M3GAN | Migue Calabria | Sentido Critico 

La critica de cine es peligrosa. A veces, luego de un primer visionado, ciertas peliculas pueden parecer decepcionantes por lo que prometen y lo que entregan. Mas precisamente por lo que nosotros creemos que deberían ser y se niegan a serlo. M3GAN entra de lleno en esa categoría.

Si uno se sienta con ganas de pasar miedo, de taparse los ojos con el pulóver o mirar de reojo como cuando de pibe te dejaban ver La llamada escondido atrás del sillón, lo más probable es que salga frustrado. Ahora, si uno afina el criterio, cambia la mirada y acepta que está ante una especie de revival posmoderno de Chucky en clave millennial, el resultado mejora. Sigue sin ser brillante, pero se vuelve, al menos, disfrutable y hasta por momentos… ¿irónicamente fascinante?

La trama no se anda con vueltas: Cady, interpretada por Violet McGraw, una nena que queda huérfana tras un accidente vial, es enviada a vivir con su tía Gemma, interpretada por la bella Allison Williams, una ingeniera robótica que trabaja en una empresa de juguetes tecnológicos. Con la misma lógica con la que a uno se le ocurre armar un mueble de IKEA sin leer el instructivo, Gemma decide que es una buena idea usar a su sobrina como tester para su nuevo invento: M3GAN, una muñeca humanoide con inteligencia artificial diseñada para ser la compañera ideal de cualquier niño. Lo que sigue no es muy difícil de adivinar: M3GAN se toma su rol demasiado en serio y comienza a eliminar, uno por uno, a todo aquel que represente una amenaza para la estabilidad emocional de su "amiga". Una psicokiller hecha y derecha, pero con microchip.

Desde lo narrativo, la película escrita y dirigida por Gerard Johnstone navega un terreno complicado. Pretende ser una historia de ciencia ficción con tintes de horror, pero también coquetea con el humor negro, la sátira social y el comentario sobre nuestra dependencia de la tecnología, donde empieza a tropezar. En su afán por querer abarcar tanto —terror, comedia, crítica social, espectáculo— termina por no destacar en nada.

Técnicamente, sin embargo, el film se sostiene. La construcción visual de M3GAN es impecable: su diseño es perturbadoramente adorable. Tiene algo de androide japonés y algo de influencer de TikTok, con esos ojos enormes y ese peinado prolijito que grita “soy inofensiva” pero que esconde una cuchilla emocional afilada. La mezcla de animatrónica, efectos visuales y actuación física (gracias a la labor corporal de Amie Donald, una niña bailarina que le pone el cuerpo al personaje) da como resultado una criatura que se mueve con una mezcla rara de elegancia robótica y amenaza latente. El CGI está medido, y eso se agradece: hay una decisión estética de mantener un realismo físico que refuerza el verosímil, incluso cuando la muñeca baila antes de matar, como si fuera parte de un show de talentos satánico.

Ahora bien, ¿funciona como película de terror? La respuesta honesta es NO, ni por asomo. Los momentos de susto son predecibles, los asesinatos están filmados con cierta timidez (casi sin gore explícito, pensando quizás en el PG-13 norteamericano) y la tensión dramática nunca termina de crecer. Lo que sí funciona —si se lo permite el espectador— es su costado más lúdico, más juguetón. M3GAN canta canciones pop mientras apuñala, se transforma en una especie de niñera vengadora que responde con lógica algorítmica a dilemas humanos complejos. Hay algo fascinante en verla enloquecer, en cómo su programación empieza a desbordarse sin perder la compostura. Su frialdad da miedo, pero no del que acelera el pulso, sino del que genera una sonrisa torcida. Es más probable que soltemos una risa que un grito pero eso no es necesariamente malo.

Uno de los grandes aciertos de la película es entender que el horror contemporáneo también puede construirse desde la artificialidad. M3GAN no da miedo porque sea verosímil que una muñeca mate, da miedo —o, mejor dicho, incomoda— porque refleja con bastante acidez cómo depositamos en la tecnología el rol de criadora, de contenedora emocional, de compañía. La escena en la que Cady prefiere pasar tiempo con la muñeca antes que con su tía no es tan exagerada como parece: hay una crítica al desapego adulto, a la delegación de afectos en pantallas que educan, entretienen y, en este caso, asesinan. Es un espejo negro, pero con pestañas postizas y Bluetooth.

Claro que el guion, firmado por Akela Cooper (la misma de Malignant, otra rareza que dividió aguas), no siempre logra manejar el equilibrio tonal que requiere esta propuesta. Hay diálogos que rozan el ridículo y giros argumentales que se resuelven con una liviandad que resta tensión. La construcción de personajes secundarios es débil, y hay decisiones narrativas que parecen tomadas a las apuradas. Aun así, hay algo de encanto en su torpeza. Como esos capítulos de series viejas que uno mira sabiendo que son malos, pero que igual disfruta por nostalgia o por cariño a sus limitaciones.

En una segunda visión —como la que motivó esta crítica— M3GAN mejora. No porque crezca como obra, sino porque uno aprende a verla por lo que es y no por lo que esperaba que fuera. Si se la encasilla como cine de terror, queda a mitad de camino. Si se la piensa como una comedia negra disfrazada de slasher tecnofóbico, funciona. No deslumbra pero entretiene, no revoluciona el género pero deja algunas postales memorables. Esa coreografía bizarra en los pasillos, ese canto meloso a capella antes de una muerte, ese diálogo robótico con tono maternal… son pequeños detalles que construyen un ícono pop efímero, de esos que inundan TikTok pero se esfuman antes de llegar al DVD (si es que alguien sigue comprando DVDs).

La secuela ya llego, y uno no puede evitar sentir cierta curiosidad. Si algo dejó claro esta primera entrega es que M3GAN no busca ser seria, busca ser viral: No le hace falta generar miedo, solo le hacen falta los hashtags correctos

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