Es menester hablar del cine de Wes Anderson sin aclarar que ya no es lo mismo que hace diez años atrás. Cada vez que se estrenó un filme posterior a EL GRAN HOTEL BUDAPEST (2014), hasta sus más devotos seguidores han sentido la necesidad de aclarar que no alcanza solamente con la belleza estética, pulcra, cuidada y superficial para la composición de una obra bien recibida por la crítica, el espectador canónico y por el público al que apunta un producción de tal magnitud. Más allá, debo decir que a mi parecer, su cine no solo se conforma y se sostiene por los aspectos formales. Presenta, usualmente, ciertas temáticas que se repiten a lo largo de su filmografía dentro del plano del contenido, y en el caso de EL ESQUEMA FENICIO (2025), no es la excepción.
No necesariamente desde su ópera prima BOTTLE ROCKET (1996) —de la cual he escrito en BOTTLE ROCKET: la primera película de Wes Anderson— pero sí desde RUSHMORE (1998), aquellos patrones que se repiten han sido de manera sistemática, usados hasta el hartazgo, obteniendo resultados destacables y consagratorios hasta fuertes críticas hacia su manera de concebir el cine. Las repetidas referencias al teatro filmado de Georges Méliès de principio del siglo pasado, pasando por el más performático Stanley Kubrick y tomando algo de la colorimetría del francés Jacques Demy y sus musicales; Wes Anderson ha podido constituir un estilo propio y distingible con tan solo el visionado de algún plano de cualquiera de sus películas.
En EL ESQUEMA FENICIO presenciamos, otra vez, la incursión de varias estrellas de Hollywood interpretando grandes o pequeños personajes en la narración. Algo que ha estado presente desde uno de sus mejores filmes THE ROYAL TENENBAUMS (2001) y es una de las características que más destaca en su cine. Los nombres suelen repetirse a través de las películas y casi todos los actores y actrices que aparecen han actuado anteriormente en alguna de sus obras. Benicio del Toro, quien interpreta al protagonista de esta historia, ya había trabajado con el director en la reciente LA CRÓNICA FRANCESA (2021). Otros actores que reinciden pueden ser Tom Hanks, Bill Murray, Willem Dafoe, Bryan Cranston, Scarlett Johansson, entre otros.

Las presencia de variedad de personajes deriva de la cantidad de actores mencionados que intervienen en la trama. Las historias que Wes Anderson lleva a cabo, siempre están constituidas por muchos personajes, y justamente eso es algo que daña de alguna manera la narración. No todos los personajes influyen de manera sustancial en sus historias. Se hace presente la idea de que existen por el simple hecho de estar encarnados por alguna estrella del momento y la futura posibilidad de cortar entradas.
La infinidad de personajes ingresan a escena de manera teatral, algunos con pequeñas apariciones, otros para quedarse resonando en la historia. Una coreografía marcada que denota un gran trabajo de dirección de actores, y del cual deviene una de sus mayores características. Sumado a las personificaciones y estética que han construido varios personajes emblemáticos a largo de los años, como el caso de Gwyneth Paltrow en THE ROYAL TENEMBAUMS, pasando por Bill Murray en THE LIFE AQUATIC WITH STEVE ZISSOU (2004) hasta Ralph Fiennes en EL GRAN HOTEL BUDAPEST.
Se produce, a partir de esto y nuevamente, un relato episódico. La infinidad de personajes difícilmente se encuentran en la narración —excepto, obviamente, en el final— y cada uno de ellos protagoniza una secuencia en la historia que puede o no tener reverbero en el núcleo narrativo de la historia, pero que sí constituye un episodio en el cual, por uno u otro motivo, los personajes principales se modifican.
Cada uno de los episodios están determinados por el humor característico de Wes Anderson. La comicidad se genera por la desgracia, por los infortunios que sufren los personajes y juegan con el borde, con el límite, la orilla del humor con la fatalidad. Lo cómico surge más del tono que de los chistes. Hay situaciones absurdas tratadas con total seriedad, y en el otro extrema significativo, situaciones serias llevadas a un tono más disparatado y descabellado.

Las historias que aborda en sus películas suelen estar configuradas alrededor de alguna temática familiar. Particularmente, la parte más humana de su cine, que demuestra que la estética milimétricamente pautada solo existe en pos de narrar los deterioros en los vínculos familiares, las desmesuras humanas y el desperfecto de la existencia. Lo ha hecho en THE ROYAL TENEMBAUMS, en THE LIFE AQUATIC WITH STEVE ZISSOU y lo vuelve a hacer en EL ESQUEMA FENICIO.
Su nueva película gira en torno a Anatole “Zsa-Zsa” Korda (Benicio del Toro), un excéntrico magnate que sobrevive milagrosamente a una serie de atentados, incluido el estallido de su propio jet privado al principio del filme. Tras salir ileso de ese episodio, el protagonista toma una decisión inesperada: dejar como única heredera de su vasto imperio a su hija Liesl (Mia Threapleton), una joven que lleva años recluida en un convento y con la que no mantiene vínculo alguno desde hace tiempo. Pero el anuncio de la sucesión desata una serie de tensiones y maniobras familiares, sobre todo con Nubar (Benedict Cumberbatch), el medio hermano de Anatole, quien no parece dispuesto a quedarse de brazos cruzados ante el nuevo orden.
Los conflictos de la historia se despliegan alrededor de, principalmente, estos tres personajes. Un padre, su hermano y una hija, con una historia disfuncional en el pasado que presenta resonancias en el presente, y que necesitan ser resueltas para que los personajes puedan seguir adelante con sus vidas. Liesl es víctima de las decisiones tomadas en el pasado por su padre ausente, y la necesidad de saber qué es lo que sucedió con la muerte de su madre. Inesperadamente, el tío Nubar tiene mucho que ver con lo sucedido, y el cariño que poco a poco va tomando hacia Anatole hace que se acerque a su forma de vivir la vida.

En definitiva, EL ESQUEMA FENICIO funciona como una síntesis amplificada de todo lo que define el universo de Wes Anderson: la acumulación de personajes, la fragmentación del relato, la estética embellecida hasta la exageración y ese humor que bordea lo melancólico. Pero también condensa sus debilidades más marcadas: la desconexión emocional, el uso reiterado de ciertos recursos formales como sello más que como necesidad narrativa y una sensación de que todo se sostiene en el artificio. La película se puede ver con cierto agrado y para obtener una armonía visual; no se puede negar que ofrece momentos de auténtica apariencia estética y algunas escenas que logran conmover, aunque eso suceda más por acumulación que por profundidad.
Lo que se ha repetido incansablemente luego de los últimos trabajos del director, es la certeza de que el cine de Anderson ya no interpela del mismo modo. Tal vez por la repetición de su reconocible estética o por su monotonía en las temáticas y recursos a tratar. Quizás porque su estilo ha dejado de ser lenguaje para convertirse en ornamento. La pregunta que sobrevuela es si todavía puede haber algo vital dentro de esa simetría perfecta. Y si esa vitalidad no depende, precisamente, de aceptar que el desorden y el vacío también tienen un lugar dentro del encuadre y de la historia.
Películas mencionadas en este artículo:
Lisardo Quevedo | Director de cine | Creador de contenido
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