El viaje de Chihiro 

Hay películas que uno ve de chico y no logra digerir. A veces por miedo, a veces por incomodidad. A mí me pasó con El viaje de Chihiro, la joya animada de Hayao Miyazaki. La vi por primera vez a los ocho años. Me la presentó un primo mayor como “una historia hermosa, mágica”. Pero lo que yo vi fue algo oscuro, extraño, incluso perturbador. Unos padres convertidos en cerdos por glotonería, un tren que atravesaba un mar inmóvil, un espíritu que devoraba sin saciarse nunca, y una bruja con rostro de abuela pero voz de tirana. Recuerdo que la apagué antes de que terminara. Me dio miedo. Me pareció triste. Incomprensible.

Años después, ya adulta, la volví a encontrar. Esta vez, con los ojos que da el tiempo, la experiencia, y sobre todo, el dolor de crecer. El viaje de Chihiro ya no me pareció confusa, ni oscura. Me pareció honesta. Brutalmente honesta.

Porque lo que le pasa a Chihiro no es solo entrar a un mundo fantástico de espíritus: es dejar atrás su infancia. Es la historia de una niña que pierde su nombre, su identidad, y debe recuperarla atravesando pruebas que no eligió, enfrentando miedos que no entiende, y encontrando aliados en los lugares más insólitos. La magia no está en los dragones ni en las casas de baños, sino en cómo todo ese universo refleja lo que significa crecer: perderse, vaciarse, volver a empezar.

Con los años entendí que ese “mundo de los espíritus” no es otro que el mundo simbólico del paso a la adultez. Un lugar donde todo cambia de forma, donde las reglas son ajenas y muchas veces crueles. Chihiro tiene que desprenderse de sus padres (literal y simbólicamente), aprender a trabajar, a confiar, a tener coraje. Ya no puede ser la niña que llora porque se mudaron: tiene que ser quien salva a sus seres queridos y a sí misma.

Y ahí está uno de los mensajes más poderosos de la película: para salir del mundo de Yubaba, lo único que Chihiro necesita es saber quién es. Recordar su verdadero nombre. En un sistema que le impone otra identidad, que le borra el pasado, Chihiro se salva con algo tan simple y tan difícil como no olvidarse de sí misma.

El viaje de Chihiro también me abrió los ojos a sus múltiples niveles de lectura. La bruja Yubaba, por ejemplo, no es solo una antagonista: es la figura de un poder autoritario que explota a los demás, que premia la ambición y castiga la duda. El oro que ofrece Sin Cara no es otra cosa que la tentación del ego, el deseo de ser aceptado a cambio de cualquier cosa. Y los padres de Chihiro, convertidos en cerdos por su avidez, son una crítica feroz al consumo sin límites, al olvido de lo esencial.

Ahora entiendo por qué me incomodó tanto de niña: El viaje de Chihiro no es una película pensada para tranquilizar. Es una película que perturba porque muestra lo que cuesta crecer. Nos hace ver que muchas veces, para sobrevivir, hay que callar, obedecer, disimular… pero que en algún momento, para seguir adelante, hay que recordar quiénes somos.

Las películas de Miyazaki están hechas para madurar con nosotros. Para revelarse en otras capas, con otras luces. Y eso me parece un gesto profundamente humano.

Hoy si tengo que pensar en una obra que me haya interpelado desde lo más íntimo, elijo esta. Una película que me asustó cuando era chica y me emocionó cuando fui grande. Que me hizo pensar en lo fácil que es perderse y en lo valiente que hay que ser para encontrarse.

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