El reflejo oscuro del subconsciente  

Recuerdo perfectamente aquella mañana. Estaba en la cocina, preparándome el desayuno como suelo hacerlo todos los martes. Es el único día de la semana en el que la casa se queda en silencio más temprano, cuando todos salen a cumplir sus rutinas. Solo quedábamos Gallinita y yo. Ella es una pequeña ave que encontramos un atardecer, mientras regresábamos a casa por el sendero polvoriento con algunas personas. Desde entonces, se quedó con nosotros. Pone huevos y cacarea unas cuantas veces al día desde su casita acondicionada, que instalamos cerca del patio de la azotea.
Encendí la televisión como siempre, mientras ponía agua a hervir. En las noticias matutinas todo parecía igual: el clima, la violencia en las calles, algunos comentarios sarcásticos que ya ni causan gracia, y ese tipo de cosas repetitivas que uno ya escucha por costumbre. Gallinita empezó a hacer ruido, aleteando inquieta, pero de pronto se quedó completamente inmóvil, como una estatua. Yo también me quedé paralizada al oír un sonido que provenía del televisor, uno extraño, suave, casi hipnótico. Era como si una brisa hablara a través de piedras milenarias en un lugar que parecía ser de meditación .
La imagen que apareció en pantalla mostraba un lugar que me llamó poderosamente la atención: un templo de contemplación, rodeado de naturaleza, donde el viento producía melodías al rozar las rocas. Sentí que algo dentro de mí se encendía. Al día siguiente, sin pensarlo demasiado, ya tenía la maleta lista. Me lancé a la aventura y me subí al avión.
Mi intención inicial era simplemente excursionar, como suelo hacer cuando necesito calmar mi alma. Quizás me dejé influenciar un poco por los anuncios que comenzaron a llegar a mi móvil después de haber visto aquella noticia. La verdad, no me importaba. A veces el universo te guía de formas misteriosas y yo decidí seguir esa intuición.
Mientras me adentraba en el lugar, con cada paso sentía una mezcla de tranquilidad y soledad. El silencio pesaba como el cielo antes de una tormenta, pero al mismo tiempo me envolvía en una paz que no lograba entender. Nunca imaginé que entre las piedras y los ecos de ese sitio encontraría a alguien que, hasta ese momento, creía que solo existía en las películas.
Allí estaba. Wanda Maximoff. La Bruja Escarlata.
En el mundo moderno, solemos etiquetar como "monstruo" a todo aquello que escapa de nuestra comprensión. Una figura deformada, una amenaza, una mezcla entre humano y animal. En el cine, a Wanda se le presenta como una villana, una amenaza que en su dolor atrapó a inocentes y deseó poderes que no le pertenecían. Pero cuando la vi, parada frente a mí, no había monstruo. Había una mujer.
Sí, era poderosa, que lucho por su mantener su vida ideal. Podía sentir su energía como una corriente eléctrica en el aire. Pero también se notaba el cansancio en sus ojos, el dolor acumulado, las heridas que nadie más ve. Me paralicé por un segundo, lo admito. Pero luego me inundó la empatía. Porque detrás de todos sus errores, seguía siendo una persona que amó y perdió. Una madre con los brazos vacíos. Una mujer marcada por la guerra y la manipulación.
No sé cuánto tiempo estuvimos ahí. Hablamos como si nos conociéramos desde hace años. No la juzgué ni me atreví a actuar como una terapeuta. Simplemente la escuché. A veces, eso es todo lo que uno necesita. Sus palabras eran densas, como si cada sílaba pesara toneladas. Me compartió sus pensamientos sobre los universos, sobre el dolor de ver a sus hijos felices en otro mundo al que no pertenecía. No la justifiqué, pero tampoco la condené. Porque nadie puede decirle a otro cómo debe sanar sus cicatrices.
Y justo cuando comenzábamos a conectar en un nivel más profundo, sonó la alarma de mi despertador.
Abrí los ojos y seguía en mi cama, con mi pijama de algodón lila bebé. Todo había sido un sueño. Pero lo recordaba con una nitidez que me perturbaba. ¿Cómo podía algo tan irreal sentirse tan auténtico?
Me quedé unos minutos acostada, reflexionando. Los últimos tres años de mi vida habían estado marcados por pérdidas, cambios y momentos oscuros. Quizás ese sueño no fue solo una fantasía, sino una representación simbólica de una parte de mí que aún no había sanado. Me vi reflejada en Wanda. En su rabia contenida, en su tristeza negada, en su desesperación por recuperar algo que se le había arrebatado.
Dicen que el cuchillo más afilado es la lengua. Y es cierto. Cuando hablamos desde nuestras heridas no curadas, podemos causar más daño del que imaginamos. Y me di cuenta de que, si yo no hubiese tenido cierto sentido moral, quizás también habría tomado decisiones oscuras.
El sueño fue, en el fondo, un espejo. Uno que no esperaba, pero que necesitaba. Porque todos tenemos dentro una bruja escarlata, una parte rota que clama por ser vengada, escuchada, entendida, y quizás... perdonada.

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