Mi amigo el monstruo (A Monster Calls) no es simplemente una película sobre un niño y una criatura fantástica. Es una obra que toca el alma, que nos obliga a mirar dentro de nosotros mismos y a preguntarnos cómo enfrentamos el dolor, el miedo y la pérdida. Dirigida por J.A. Bayona y basada en la novela de Patrick Ness, esta película es un viaje íntimo y conmovedor por el mundo emocional de un niño que se está enfrentando a la verdad más dura de todas: la de decir adiós.
La historia gira en torno a Connor, un niño de 12 años con una vida complicada. Su madre está gravemente enferma, su padre está lejos, su abuela es fría y estricta, y en el colegio sufre constantes abusos. Aislado y lleno de emociones que no sabe cómo manejar, Connor se encuentra con una criatura mágica: un monstruo gigante con forma de árbol que llega cada noche a las 12:07 para contarle tres historias. Pero no son cuentos para entretener; cada historia lleva una lección difícil, una verdad incómoda que va preparando a Connor para contar su propia historia, esa que lleva enterrada y que ni siquiera él quiere admitir.
Este monstruo, aunque imponente y a veces aterrador, no viene a destruir ni a castigar, sino a ayudar. Su misión es clara: guiar a Connor hacia la verdad, aunque duela. Y en ese proceso, la película nos recuerda que el dolor no siempre se manifiesta en lágrimas o gritos; a veces se oculta detrás del silencio, de la rabia o de la indiferencia.
A través de una combinación poderosa entre animación, drama y realismo mágico, la película transmite un mensaje profundo: no hay una forma correcta de sentir. Cada persona vive el duelo a su manera, y los sentimientos que parecen “malos”, como la ira, el miedo o incluso el deseo de que todo termine, son parte natural del proceso humano.
El monstruo, en realidad, es la representación de esa parte interior que todos llevamos dentro. Esa voz que nos empuja a enfrentar lo que nos duele, a decir lo que nos da miedo decir. A veces, necesitamos que algo gigante nos sacuda por dentro para poder entendernos a nosotros mismos.
Mi amigo el monstruo nos recuerda que está bien sentir, que está bien tener miedo, y que incluso en medio de la oscuridad, hay espacio para la comprensión y la aceptación. No es una película para entretener únicamente: es una experiencia para sentir, para llorar, y tal vez, para sanar.
Al final, esta historia no solo es un consuelo para quienes han perdido a alguien, sino también una guía silenciosa para aprender a soltar. Nos enseña que la verdad, por dolorosa que sea, tiene un poder liberador. A veces no se trata de vencer el miedo, sino de abrazarlo. A través de los ojos de un niño, comprendemos que la imaginación no es solo un escape, sino una herramienta para sanar. Ver esta película es como mirar de frente a una herida profunda y, en lugar de huir, sentarnos junto a ella y dejar que nos transforme poco a poco.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.