Yo lo vi caer.
Lo vi con mis propios ojos. Estaba allí, entre la multitud, bajo la sombra de ese coloso, cuando el mundo decidió que él ya no merecía existir.
Escuche los gritos. Eran muchos. La gente miraba hacia arriba como si estuvieran presenciando un milagro o un gran espectáculo. Algunos aplaudían y saltaban, otros grababan. Mientras que yo… yo no podía moverme en absoluto, tampoco podía decir palabra alguna. Solo observaba conteniendo las lágrimas en mis ojos. No al monstruo. No al supuesto enemigo. Observaba a un ser gigante, cubierto de heridas, aferrado a la cima del Empire State como si estuviera buscando una montaña que no le arrancaran, como si ese pedazo de concreto fuera lo más parecido a su selva o como si esa montaña lo fuera a llevar a casa. Era muy triste de ver.
Luego lo vi mirar al cielo. Al sol que apenas se asomaba entre la niebla gris de la ciudad. El mismo cielo que estaba en su hogar. También, vi cómo sostenía a la mujer con una delicadeza que no parecía posible en esas manos gigantes. El era tierno, no quería matarla. Quería protegerla porque el también tenía un corazón y un alma.
Y entonces, llegaron los aviones.
Pequeños, rápidos, despiadados. Volaban como enjambres entrenados para matar. Disparaban sin tregua, como si él fuera una amenaza, como si no llevara días siendo la víctima. Y él no atacó. No se defendió. Solo resistía. Como si supiera que no había forma de escapar, pero se negara a soltar lo único que aún lo hacía sentir vivo. También la vi a ella y mi corazon se rompió. El gran Kong también había dominado su corazón. Tampoco quería verlo morir, pero eso era inevitable.
Cuando finalmente cayó, lo hizo con una lentitud trágica. No fue un desplome… fue una rendición.
El cuerpo del rey descendió, y el suelo tembló. Y el silencio fue más violento que los disparos.
Y ahí estaba yo, viendo cómo el mundo celebraba la muerte de algo que ni siquiera había intentado entender. No era una bestia. Era una criatura de otro mundo, sí, pero más noble que todos nosotros juntos. Mis lágrimas empezaron a salir en ese instante.
Nosotros lo sacamos de su hogar.
Nosotros lo encadenamos, lo exhibimos, lo usamos como espectáculo. Y cuando se cansó de ser un prisionero, lo llamamos amenaza. Luego lo matamos.
Lo miré ahí, inmóvil, su cuerpo roto en la base de una torre que jamás debió escalar, en una ciudad que jamás debió pisar. Y sentí vergüenza.
Vergüenza de ser parte de la especie que lo destruyó.
Vergüenza de saber que, si hubiera podido hablar, probablemente solo habría dicho que tenía miedo. Que no entendía dónde estaba o lo que pasaba. Que solo quería volver a casa.
Vergüenza de que alguien tan grande, tan inmenso, haya sido vencido no por la fuerza, sino por la crueldad humana disfrazada de progreso.
Yo lo vi caer.
Y desde entonces, el rugido no se ha ido de mi mente. No por lo fuerte que fue, sino por lo que decía en silencio:
"No soy el monstruo. Ustedes lo son."

Luego de terminar de presenciar esa escena entre lágrimas, decidí apagar el televisor. Con solo siete años la película había marcado mi corazon de modos que no podía explicar. Y me hizo analizar sobre la naturaleza de los mounstro, y si no somos los humanos, en ocasiones, los peores monstruos que existen.




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